La deuda (Losers 1) 19
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Jess

—¿Vais en serio? Queréis que os pague… ¿Cómo…? ¿Follando con vosotros?

Las expresiones completamente serias que recibí como respuesta me indicaron que había acertado.

Estábamos en la cocina, sentados en una mesa redonda de madera con sillas desparejadas. Teníamos delante vasos con agua fría. Habían dejado abiertas las puertas trasera y delantera, lo que permitía a los perros entrar y salier mientras una bendita brisa fresca recorría la casa.

Vincent se había unido a nosotros o, más bien, nosotros nos habíamos unido a él. Ya estaba en la mesa cuando entramos, comiéndose un bol de cereales Fruity Pebbles un poco adormilado.

Parecía mucho más despierto cuando pregunté.

—No se trata solo de sexo —dijo Manson, que me miraba con una concentración absoluta, como si no hubiera nadie más en la habitación—.

Se trata de sumisión. Se acabó huir, se acabaron las burlas, se acabaron las tonterías.

Tú nos das lo que queremos y nosotros te damos lo que necesitas.

Eres nuestra hasta que pagues tu deuda, así de sencillo.

Negué con la cabeza, incrédula.

—¿Soy vuestra? Por favor. Esto parece el argumento de una mala peli porno. ¿Quién de vosotros hace de mi hermanastro y dónde hay una lavadora en la que pueda meterme?

—A mí puedes llamarme hermano mayor —propuso Vincent, guiñándome un ojo mientras Jason ponía los ojos en blanco.

Jason estaba sentado más cerca de mí y, por el rabillo del ojo, podía verlo mirándome con sus brillantes ojos azules clavados en mí de una forma inquietante.

¿Qué buscaba cuando me miraba así? ¿Debilidad, miedo, excitación? Era demasiado observador y me hacía sentir como si estuviera bajo un microscopio.

—No nos bañamos en dinero, señorita Martin —dijo Lucas.

Estaba despatarrado en la silla, con un brazo colgado sobre el respaldo. Su lenguaje corporal transmitía «aburrimiento», pero su expresión era demasiado intensa como para que eso fuera cierto.

—Francamente, es muy generoso por nuestra parte ofrecerte esto —continuó—. Tus fondos especiales no pueden pagar el alquiler.

—Obviamente, habrá límites —dijo Manson, que no estaba dispuesto a bromear.

Estaba muy serio, con los codos sobre la mesa mientras se inclinaba hacia mí, con mi escandalosa factura delante de él. Pero tenía un brillo en los ojos y su postura era tensa. Estaba disfrutando mucho con aquello.

—Tu palabra de seguridad hace que todo pare —explicó—. Si aceptas el trato, podemos empezar a trabajar en el coche. Tenemos que esperar a que lleguen las piezas; enviar un motor lleva tiempo. Diría que lo tendremos arreglado en cinco, quizá seis semanas. Mientras tanto, pagarás tu deuda.

—¿Haciendo qué exactamente? —pregunté—. ¿Siendo vuestro juguete sexual de turno?

—Si así es como prefieres verlo.

Manson no cedía ni un ápice y eso me molestaba; esa parte de él tan tranquila y perfectamente controlada me frustraba de una manera irracional.

—Harás lo que se nos pase por nuestras enfermizas cabezas —dijo Jason—. No podemos darte un horario por adelantado, princesa. Somos unos chicos ocupados, ya lo sabes. Pero si vas por el pueblo y uno de nosotros decide secuestrarte, más vale que estés preparada.

—Siempre disponible —añadió Lucas—. Cuando y donde queramos.

Se me formó un nudo en el estómago, era como si tuviera una cinta apretada alrededor de la parte baja del vientre.

Era un escenario que sonaba bien en una fantasía, muy bien.

¿Pero llevarlo a cabo? ¿Someterme a ellos?

¿Usar el sexo como pago? ¿Dejar que me follaran cuando y donde quisieran?

Eso no era precisamente sutil. No era fácil de ocultar.

Si pensaba que una noche como esclava de Manson era una locura, entonces ni siquiera podía imaginar lo que significaría para mí algo así.

Me sudaban las manos.

Hice una pausa para beber un buen trago de agua porque tenía la boca seca. El líquido me heló la garganta y temblé al dejar el vaso sobre la mesa.

—Es tu decisión, Jess —dijo Manson—. Tienes opciones.

Sí. No dejaba de recordármelo, haciéndomelo ver como si esperara que eligiera otra cosa.

Pero yo sabía que no era así. Manson quería que aceptara tanto como los demás, pero quería que fuera yo quien eligiera.

No quería que cediera por desesperación.

Quería que reconociera que yo también quería esto, aunque no entendiera del todo por qué.

Podía ir a otro sitio. A otro taller, a otro mecánico.

Podía pedirles dinero a mis padres y me lo darían, pero tampoco quería tener que lidiar con mi madre echándomelo en cara, y sabía que lo haría.

En unos meses no pensaba seguir en Wickeston.

Tenía pensado desarrollar mi carrera profesional y mudarme a un sitio mejor que este.

A un sitio donde nadie me conociera, donde no hubiera expectativas ni rencores.

A un sitio donde pudiera empezar de cero.

Hasta entonces, tal vez… tal vez podría darme el gusto.

—Está bien —acepté cruzándome de brazos, sonreí con aire de suficiencia cuando todos me miraron sorprendidos—. ¿Qué? ¿Creíais que me echaría atrás?

—Sabía que aceptarías —dijo Jason—. Nunca has sido capaz de rechazar un reto.

—Tienes toda la razón —dije con orgullo, apartándome de la mesa—. Entonces, ¿cuándo…?

—Siéntate. —El tono de Manson no admitía réplica; sus palabras me empujaron como una fuerza física y me dejé caer en la silla al instante—. Aún no hemos terminado. Tenemos que repasar tus límites.

Parpadeé con rapidez mientras lo miraba fijamente.

Había pasado suficiente tiempo viendo porno con tintes BDSM y leyendo erótica subida de tono como para haberme encontrado con el concepto de los límites, es decir, los límites en torno a lo que uno estaba dispuesto a hacer en una escena.

También existían los límites flexibles, cosas que uno no se atrevía a probar, pero que estaba dispuesto a hacer en las circunstancias adecuadas.

Sin embargo, pensaba que mi única experiencia real con todo esto ya había pasado. Un rollo de una noche había llevado a establecer una palabra de seguridad, pero, más allá de eso, no había pasado más. El hecho de que ahora estuviéramos teniendo una conversación así me parecía algo muy serio.

Íntimo. Demasiado íntimo.

—¿De verdad es necesario? —intenté no retorcerme en mi asiento, sin éxito—. Dejémoslo abierto a debate.

—Siempre está abierto a debate —dijo Manson, que estaba sentado justo enfrente de mí y, a pesar de la incómoda intensidad de su mirada, me resultaba imposible apartar los ojos de él—.

Pero si alguno de nosotros quiere meterte en un maletero o taparte la boca con cinta adhesiva, necesitamos saber de antemano si es algo que estás dispuesta a soportar.

—¿Tienes algún problema de salud? ¿O problemas de circulación? —preguntó Vincent.

—¿Y alergias? —añadió Jason—. ¿Tienes algún problema con la silicona? ¿Con el vinilo? ¿Con el látex?

—¿Utilizas algún método anticonceptivo? —preguntó Manson, mirándome como si pudiera sacar la respuesta de mi alma.

—Yo… Eh…

No debería haber sido difícil, pero me trababa con cada palabra que intentaba pronunciar. Era una mujer adulta. No había nada de malo en lo que me gustaba. Entonces, ¿por qué demonios sentía que sí lo había?

—No estoy… en contra… de lo del maletero.

Lucas frunció los labios. Y Vincent murmuró algo que sonó muy parecido a «Gracias, Satanás, por fin he sido bendecido».

—No tengo alergias ni ningún otro problema de salud. Y, por supuesto, uso métodos anticonceptivos. Tengo un DIU —concluí, a lo que Manson asintió con la cabeza.

—Bien, eso es lo básico —dijo—. Ahora necesitamos establecer límites.

Todo lo que se me pasó por la cabeza en ese momento me pareció una buena idea, pero intenté contener el entusiasmo.

—¿Existe algo así como no tener límites?

—No. —La respuesta de Vincent fue tajante—. Eso no es algo que hagamos. Todo el mundo tiene un límite y saber cuáles son nos mantiene a salvo.

—Y evita que a Lucas lo acusen de asesinato. —Jason se rio, a pesar de la mirada fulminante que le dedicó Lucas.

Asentí con la cabeza, pero seguía sin saber qué decir. ¿Por dónde empezar?

—A ver, yo… No quiero ningún hueso roto. Por si aún no había quedado claro.

Vincent resopló, riéndose.

—Joder, adiós a mi idea para la escena de tortura. ¡Es broma! —Se rio aún más al ver mi expresión—. No somos tan intensos, Jess, relájate.

—Sé que puede ser intimidante empezar —dijo Manson, sonando sorprendentemente comprensivo, incluso solidario, y se levantó de su asiento antes de añadir—: Espera, tengo algo que te ayudará.

Salió de la habitación y subió las escaleras.

Los cuatro nos quedamos sentados en silencio, mirándonos como si hubiéramos negociado a regañadientes el fin de una guerra.

Lucas no me miraba, sino que tenía la vista clavada en la mesa que tenía delante, como si su superficie desgastada tuviera las respuestas que buscaba.

—¿De quién fue la idea? —pregunté, mirándolos a los tres.

Jason levantó la mano con una sonrisa arrogante.

—Mía —dijo—. Reconozco que soy muy estricto cuando se trata de cobrar por mi trabajo, y tú nos has dado mucho trabajo. Me parece una compensación justa.

—¿Ser tu juguete es una compensación justa? —Intenté sonar escéptica, pero no lo conseguí; en cambio, mi voz se quebró y la sonrisa de Jason se volvió cruel.

—¿Te soy sincero, Jess? Anoche no fue suficiente —dijo inclinándose hacia mi asiento, con una mano apoyada en la mesa, a su lado.

Miré sus uñas pintadas de negro y esos anillos gruesos, e imaginé esa mano rodeándome el cuello. A pesar de lo radiante que era su sonrisa, su voz sonaba oscura.

—Tengo planes para ti, ya lo verás.

—Tenemos —aclaró Vincent—. Tenemos planes para ti. Y hemos tenido mucho tiempo para pensarlos.

Habían tenido años. Años de discusiones, acoso, lujuria, encuentros cercanos… Mucho combustible para cualquier fantasía sádica que tuvieran conmigo.

Cuando Manson regresó, tenía varias hojas de papel entre las manos que deslizó por la mesa hacia mí.

—Esto debería orientarte —me dijo.