18
Jason
Ese día había decidido trabajar en el sofá, con las piernas enfundadas en un pantalón de pijama y apoyadas en la mesita mientras miraba fijamente las interminables líneas de código que se difuminaban ante mis cansados ojos.
Haribo estaba acurrucado a mi lado, roncando y dormido, pero se despertó de golpe cuando me sonó el móvil.
Era Manson.
—¿Qué pasa?
Puse la llamada en altavoz y lo dejé en el reposabrazos a mi lado.
Normalmente, me tomaba los fines de semana libres, pero después de la noche anterior, tenía demasiada energía y necesitaba canalizarla en algo útil.
No tenía sentido hacer nada con el coche hasta que nos respondiera la aseguradora, así que mi objetivo para ese día era terminar la página web de este cliente.
—El coche de Jess se ha estropeado —me contó en voz baja, podía notar la tensión en cada palabra—. El puto motor se ha fundido en cuanto lo ha arrancado.
No pude evitar reírme.
—Me encanta cómo funciona el karma. ¿La dejaste allí tirada para que se apañara?
Mi pregunta fue seguida de un largo silencio.
—Mierda, Manson. —Me recosté en el sofá y cogí el móvil, ahora prestándole toda mi atención—. ¿Qué cojones estás haciendo?
—Esperando con ella a que llegue Ted —respondió.
Ted también era conocido como el señor Teddy Tow, propietario y operador del negocio de grúas de Wickeston. La mayoría de nuestros clientes llegaban en la parte trasera de su camión.
—Llevaremos su BMW al taller y…
—¿Y qué ?
Me giré y miré hacia el pasillo. Lucas estaba allí, limpiándose las manos llenas de grasa con un paño. Tenía el ceño tan fruncido que parecía estar grabado en su rostro de manera permanente.
—¿Para qué demonios la estás trayendo aquí? —preguntó, hablando en voz alta para que Manson pudiera oírlo.
—No me deis el coñazo —pidió—. Haríais exactamente lo mismo si estuvierais en mi lugar.
—Ni loco —dijo Lucas—. Me reiría de esa justicia poética y le sacaría el dedo cuando me alejara en mi coche. ¿Por qué cojones no haces eso?
—Tengo que decir que en esto estoy con Lucas —dije—. No es que vaya a arreglarle el coche yo, pero… Joder, tío, ¿después de lo de anoche? Con lo que fantaseo es con la venganza, no con ser su puto caballero andante.
—¿Quién está fantaseando con vengarse?
Vincent entró arrastrando los pies en la habitación, con aspecto de estar agotado, y pasó junto a Lucas. Se dejó caer en el sofá a mi lado, apartando a Haribo de un empujón, y apoyó su cabeza somnolienta en mi hombro.
—Yo —respondí—. Pero no se hará realidad porque, al parecer, Manson cree que Jess es una damisela en apuros. Se le ha roto el coche.
Vincent se rio entre dientes.
—No te preocupes, tío, lo entiendo —le dijo a Manson—. A Jess se le rompe el coche, se queda tirada, necesita ayuda desesperadamente, tú vas al rescate, pim, pam, pum, orgía. A mí me suena a plan.
—Me vais a matar antes de tiempo —gruñó Lucas.
—Creo que Jess llegará antes a eso —comentó Manson, y probablemente tuviera razón.
En mi opinión, Jessica podía irse a la mierda.
Le había dado la mitad de los azotes que se merecía y volver a verla solo iba a hacer que quisiera continuar.
Claro que había estado colado por ella desde segundo y esos sentimientos no habían desaparecido, pero se habían vuelto mucho más complicados.
¿Cómo era posible detestar a alguien y, sin embargo, desearla a rabiar?
Era muy probable que el seguro cubriera los daños de los vehículos, pero aun así era una putada.
Lo que iba a ser mucho más difícil, sino imposible, era presentar cargos contra los tipos que lo habían hecho.
Nuestras cámaras solo habían captado unas breves imágenes de Alex y los demás antes de desconectarse y, teniendo en cuenta que uno de los autores era hijo de un policía, lo más seguro era que intentar ir a por ellos nos trajera más problemas de los que solucionaría.
Pero Lucas y yo ya habíamos empezado a hablar de nuestros propios métodos para vengarnos de esos cabrones. Si querías que algo se hiciera bien, tenías que hacerlo tú mismo.
Quizá ese era también el razonamiento de Manson. Pero no sabía si estaba más centrado en arreglarle el coche o en arreglarla a ella .
Algo me decía que era lo segundo.
—Escuchad, tened paciencia con esto, ¿vale? —pidió Manson, y Lucas y yo intercambiamos una mirada—. No creo que pueda permitirse la reparación.
—Razón de más para mandarla a tomar por culo —dijo Lucas.
—Creía que sus padres eran bastante ricos —dije—. No creo que tenga problemas de dinero.
—Sabes que no siempre es tan fácil. —Me di cuenta de que Manson intentaba bajar la voz, como si no quisiera que ella lo oyera—. No creo que quiera pedirle dinero a sus padres.
—Pues que le jodan —replicó Lucas—. Es como cuando juegas a juegos de mierda y ganas premios de mierda. Jess puede lidiar ella solita con su premio de mierda.
—Oh, venga —dijo Vincent, estirándose para ponerse cómodo—. Estoy seguro de que encontrará la manera de pagarnos.
Algo hizo clic en mi cabeza. Una idea, un recuerdo, algo que me recorrió como la adrenalina y despertó mi energía.
—Ya se nos ocurrirá algo —dije, y Lucas levantó las manos.
—Me bajo del carro. Sois unos putos inútiles. Putos… Pensáis con la polla… Desesperados… —Siguió refunfuñando mientras recorría el pasillo y subía las escaleras.
Se oyó un portazo y las viejas tuberías gimieron cuando se abrió el grifo de la ducha.
Manson suspiró.
—Está cabreado, ¿no?
—Bueno…, sí. Está cabreado —contesté—. Pero si Jess necesita una forma de pagar, creo que tengo una idea.
Cuando llegaron la grúa, Manson y Jess, Vincent ya se había vuelto a dormir. Salí corriendo hacia la verja con Haribo pisándome los talones, abrí a Ted, dejando que la gran plataforma entrara en el patio, seguido de Manson y Jess en el Bronco.
Jess se quedó en el patio mientras Manson y yo ayudábamos a Ted a descargar el BMW en el garaje.
No dejaba de mirarla para ver cómo reaccionaba al ver a Haribo olisqueándole los zapatos.
Despacio, se agachó y le ofreció la mano al perrito, rascándole la barbilla cuando al final él le dio un lametón amistoso.
Rara vez había rencor con los perros, incluso con una criatura tan malhumorada como Bo. Casi me sentí traicionado porque no hubiera intentado morderle los dedos.
—Gracias, Ted. —Manson chocó los puños con el conductor mientras se preparaba para marcharse—. Te debo una.
—Nos vemos —le dije, saludando con la mano a Teddy mientras se subía a la camioneta.
Era un tipo mayor, lleno de marcas en la cara y con el pelo gris, pero con un gran corazón. Vincent y él podían hablar durante horas, nunca se quedaban sin historias y chistes malos que contarse.
Ted se despidió con un saludo militar y nos dedicó una sonrisa en la que faltaban algunos dientes.
—¡Nos vemos, señor Reed! Cambio y corto, Zero Cool.
El motor rugió mientras se alejaba, y el polvo de sus neumáticos se esparció por el patio mientras Manson iba a cerrar la verja detrás de él.
—¿Cómo te ha llamado? ¿Zero Cool?
Me giré. Jess tenía a Haribo en sus brazos como si fuera un bebé. El chucho engreído estaba tumbado allí con la lengua fuera, más feliz que nunca. Pequeño traidor.
—Es de una película —le expliqué, volviendo al garaje—. Hackers , se estrenó en los años noventa. Zero Cool es el alias de uno de los personajes. A Ted le encantan sus películas casi tanto como le gusta contar viejas historias que solo recuerda a medias.
—Era muy hablador —comentó, con una valoración sorprendentemente amable.
Entreabrió los labios y se balanceó un poco, a la espera de que Manson regresara. Tenía los labios rosas, brillantes y jugosos, probablemente pegajosos por el brillo de labios. Hubiera apostado a que sabían tan dulces como un caramelo, a que estaban casi tan buenos como su coño.
Joder. No necesitaba recordar eso ahora mismo, a pocos metros de donde había sucedido.
Había tenido la boca entre sus piernas, había escuchado cada pequeño gemido de placer y dolor, había disfrutado del temblor que le provocaba.
Me volvía loco lo mucho que lo había disfrutado, igual que pensar en la imagen de su culo perfecto inclinado sobre mi coche hacía que la polla se me empalmara.
A juzgar por sus músculos tonificados, era evidente que seguía dedicando tiempo al ejercicio físico.
Me pregunté a qué gimnasio iría, porque, desde luego, no era al mío.
Seguramente era a ese tan bonito que había cerca del cine nuevo, el gimnasio que tenía sauna y solárium.
Llevaba tiempo queriendo probarlo. No por ella, claro está; ella no tenía nada que ver con eso.
—¿Qué le ha pasado a tu coche? —le pregunté, y ella gimió.
—No lo sé —respondió, dejando a Haribo en el suelo—. Hace ruidos raros desde hace un tiempo. Es como si alguien estuviera golpeando el motor desde dentro con piezas de metal. Pero seguía funcionando bien, así que pensé que no era nada grave.
Me eché a reír.
—¿Lleva un tiempo haciendo ruidos raros? ¿Cuánto es un tiempo, Jess?
Se encogió de hombros.
—No sé. ¿Un año? ¿Quizá?
Abrí la puerta del conductor y levanté el capó. Puede que no fuera mecánico, pero sabía cómo funcionaba un coche. Jess se acercó para mirar el motor a mi lado, con los ojos entrecerrados.
—¿Ves eso? —le pregunté, quitando el tapón del aceite y mostrándole la porquería de color negro que se había acumulado dentro—. El aceite de motor no debería ser una pasta. Si el aceite no puede pasar por el motor, se sobrecalentará y se romperá. ¿Cuándo fue la última vez que cambiaste el aceite?
—Seis meses después de comprarlo, creo.
La miré, incrédulo.
—Seis meses después… ¿Quieres decir en el instituto? ¿No has cambiado el aceite en más de cuatro años ?
Manson regresó justo a tiempo para escuchar mi arrebato. Se quedó quieto un momento, con una mirada tan sorprendida como si le hubiera dicho que había alimentado esa maldita cosa con laca para el cabello.
—Estaba ocupada, ¿vale? —contestó—. En la universidad no conducía mucho, a menos que fuera para volver a casa.
—Sí, vale, claro —dije—. ¿En esas clases también copiabas?