La deuda (Losers 1) 17 #2
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Para cuando terminé, el sudor me manchaba la ropa y me dolía la cabeza por la necesidad de tomarme un café. Lucas seguía ignorándome, pero una vez que Manson colgó, bajó las escaleras para revisar mi trabajo.

—No está mal —dijo, echando un vistazo alrededor de los coches—. ¿También has limpiado debajo?

Asentí con la cabeza, secándome el sudor de la frente.

Él me observó mientras lo hacía, con los labios entreabiertos como si tuviera algo más que decir pero lo hubiera olvidado por completo.

Miré detrás de él y crucé la mirada con Lucas una fracción de segundo antes de que volviera a darme la espalda.

—Muy bien —dijo Manson—. Ve a recoger tus cosas, te llevaré a tu coche.

El Bronco rebotaba mucho mientras Manson conducía por la carretera, con los enormes neumáticos retumbando en cada bache y cada socavón. Tenía la radio a todo volumen y el aire acondicionado a tope, pero llevaba la ventanilla bajada para poder sacar el brazo y sentir la brisa.

No podía soportar estar sentada allí todo el rato en silencio.

Cuanto más tiempo pasaba, más pensaba en todas las cosas pervertidas que él podría hacerme ahora que estábamos solos y más apretaba los muslos.

El largo baño que pensaba darme una vez llegara a casa tendría que incluir también a mi vibrador.

Seguro que su regla de «no tocarme» no se aplicaba a hoy. Había sido una buena chica.

Cerré los ojos y me regañé mentalmente. Él no tenía por qué decirme lo que tenía que hacer. Ninguno de ellos tenía por qué hacerlo.

Lo miré de reojo. Era distinto al chico que había sido en el instituto. Ahora tenía mucha más confianza en sí mismo y su forma de hablar pausada y sus movimientos cuidadosos revelaban un control obsesivo sobre su imagen.

—Entonces… ¿Cuándo empezasteis con todo eso de la mecánica? —le pregunté cuando ya no pude aguantar más el silencio.

Se enderezó un poco, como si hubiera estado sumido en sus pensamientos y yo lo hubiera sacado de ellos.

—Lo de la mecánica —repitió, riéndose—. Somos, ante todo, un taller de tuneo.

Construimos coches para competiciones, velocidad y potencia; podemos añadir piezas, cambiar motores, fabricar piezas a medida y asesorar a los clientes sobre cómo sacar el máximo rendimiento a su vehículo.

Cuando tengamos un espacio más grande y los fondos necesarios, esperamos añadir también un dinamómetro al taller.

No tenía ni idea de qué era eso, así que sonreí y asentí.

—Pero, eh…, no es que fuera un sueño de la niñez —continuó—.

Supongo que me metí en ello de forma natural.

Cuando conseguí esta bestia… —Le dio una palmadita cariñosa al volante—.

Era mi vía de escape, de libertad. Podía subirme a un vehículo que era totalmente mío y alejarme de aquella puta casa.

Pero, como seguro que recuerdas, la bestia era una mierda por aquel entonces.

Me eché a reír al recordar aquellos momentos.

—Oh, créeme, lo recuerdo. Como aquella vez que intentaste arreglarla en el aparcamiento del instituto bajo una lluvia torrencial, ¿te acuerdas?

—Sí, eso pasaba muy a menudo. Pero como no tenía dinero para pagar a alguien para que la arreglara, tuve que averiguarlo por mí mismo. Así que aprendí.

—¿Y la has mantenido en funcionamiento todo este tiempo? —Él asintió y yo negué con la cabeza, sorprendida—. Es impresionante, de verdad.

Sus labios se curvaron en una sonrisa que intentó ocultar tras la mano.

—Sinceramente, nunca hubiéramos podido abrir el taller sin el dinero que me dejó mi madre.

No tenía ni idea de que tuviera nada ahorrado, pero supongo que se las arregló para ocultárselo a mi padre incluso cuando estaba…

—Dejó la frase en el aire—. En fin, abrimos el taller cuando nos mudamos a la casa, así que no llevamos aquí mucho tiempo.

Nuestros primeros proyectos fueron nuestros propios coches, así que cuanto más competíamos y demostrábamos lo que sabíamos hacer, más clientes encontrábamos.

Solo estamos empezando. —Asintió con la cabeza, reduciendo la velocidad al acercarnos a Ellis Road y al puente—.

Una vez que nos marchemos de Wickeston, seguiremos creciendo y mejorando.

Lo dijo con determinación, como si estuviera ordenándole al universo que le diera lo que quería, en lugar de esperarlo y ya está.

Por suerte, mi coche seguía allí, justo donde lo había dejado, al lado de la carretera. Dudaba que lo retiraran por haber pasado allí toda la noche, pero después de la noche que había pasado, no iba a dar nada por sentado.

Manson se detuvo en la tierra junto a él y aparcó.

—Bueno, Jess, no puedo decir que haya sido divertido, pero ha sido… algo.

Nos miramos. Se removió en su asiento varias veces, como si no pudiera encontrar una posición cómoda.

—Supongo que esta podría ser la última vez que nos veamos, así que… que tengas una vida estupenda y mantente lo más lejos posible de mi garaje —se despidió.

«La última vez». Oh, no me gustaba cómo sonaba eso. Ni un poquito.

—Sí —asentí, con la mano sobre la manilla—. Bueno, eh… Adiós.

Dios, tenía ganas de vomitar de lo incómoda que estaba. Fue una despedida horrible, fue… Mierda, no tenía importancia. No podía dejar que me importara.

Salí a toda prisa del Bronco, busqué las llaves en mi bolso y abrí el coche, intentando no mirar hacia atrás durante todo el tiempo. Hacía un calor sofocante y entrar en el coche era como meterse en una lata de conservas caliente.

Arranqué el motor y fruncí el ceño al oír cómo traqueteaba. Puse el aire acondicionado a toda potencia y eché la cabeza hacia atrás mientras esperaba a que el aire fresco llenara el interior del coche.

Pero, mientras estaba allí sentada, desvié la mirada. Manson aún no se había marchado. De hecho, me estaba mirando, con la mano ligeramente levantada, como para llamar mi atención.

Bajé la ventanilla.

—¿Qué le pasa a tu coche? —me preguntó.

Era como si la respuesta ya lo hubiera exasperado y eso que aún no la había oído.

—Nada —respondí.

Hacía un ruido un poco más fuerte de lo habitual, pero eso era normal. Quizá. Llevaba meses haciendo ese ruido, así que, fuera lo que fuese, lo más probable es que no fuera grave.

Suspiró tan fuerte que pude oírlo incluso por encima del ruido.

—Tienes el motor jodido.

Negué con la cabeza.

—No, no lo está, está muy…

Se encendió la luz del motor. El ruido debajo del capó aumentó de volumen, con un golpeteo persistente que solo empeoraba cuando dejaba el coche en ralentí. Sonaba como si alguien estuviera golpeando un tubo de acero repetidamente con un martillo.

Manson me observaba con la boca apretada en una fina línea.

—Vale, eso no es bueno —dije mientras las revoluciones comenzaban a fluctuar aleatoriamente sin que yo tocara el acelerador hasta que el golpeteo se volvió alarmantemente fuerte—. Muy bien, vamos…

Se oyó un fuerte estruendo y el motor se apagó de golpe. Todas las luces del salpicadero se encendieron y me quedé mirándolo, atónita, intentando averiguar qué había pasado.

Abrí la puerta y el olor a aceite quemado me hizo toser mientras Manson abría la suya de un empujón y salía.

—Dios, lo que me faltaba hoy —gemí, mirando la columna de humo que salía de debajo del capó.

Sin decir nada, Manson abrió el capó y lo levantó, echó un vistazo y, de repente, se arrodilló y miró debajo del coche.

Cuando se puso de pie, sacudió la cabeza como si la parte inferior del coche le hubiera insultado directamente. Levantó un trozo irregular de algo cubierto de aceite y me miró como si yo debiera saber qué era.

No lo sabía.

—¿Eso es… malo? —pregunté.

Hizo una mueca.

—Es parte del bloque del motor, Jess. Créeme, es malo.