17
Jessica
No creía que pudiera dormir. La habitación desconocida estaba llena de formas y olores extraños, y las paredes crujían y se asentaban a mi alrededor. Durante muchos años había evitado incluso acercarme a esta casa, y ahora iba a dormir en ella.
Tumbada, con el culo dolorido, el clítoris palpitándome y más vergüenza de la que podía gestionar.
La puerta estaba cerrada, así que, a menos que Jason tuviera cámaras debajo de las sábanas, no había absolutamente nada que me impidiera desobedecer las órdenes de Manson y correrme. Pero no lo hice. Ni siquiera estaba segura de por qué, solo que algo me detenía cada vez que mi mano rozaba la zona.
Me quedé allí tumbada, retorciéndome, incómoda, reproduciendo en mi cabeza una y otra vez lo que me habían hecho hasta que se convirtió en un bucle obsceno pero delicioso. Lucas escupiéndome el semen de Manson en la boca, el calor de la lengua de Jason, el escozor de la mano de Vincent…
Cerré un poco mis doloridos ojos para que descansaran. Lo siguiente que supe fue que la pesada cortina de la ventana estaba enmarcada por la luz y podía oír el canto de los pájaros en el exterior.
Era por la mañana.
Me senté, estiré los brazos y moví los hombros. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien, pero me dolía el culo solo con moverme, como si tuviera una quemadura en ambas nalgas. Como no me había duchado la noche anterior, seguro que estaba hecha un asco.
Cogí el móvil de la mesita de noche, sorprendida de que aún le quedara batería.
Tenía un mensaje de Danielle.
DANIELLE
Hola tía!!! ¿Estás bien? Siento haberte dejado tirada, cariño, ¡porfa, dime que no estás en la cárcel ni nada de eso!
Al final del mensaje había un emoji de risa. Apreté el teléfono con tanta fuerza que me tembló la mano y lo dejé caer sobre la cama para no lanzarlo al otro lado de la habitación.
Sabía lo que estaban tramando desde el principio y no me había dicho nada. ¿Habían planeado dejarme aquí? ¿Habían planeado dejar que yo cargara con toda la culpa?
Dudo que esperaran que «asumir la culpa» fuera justo… eso.
Me levanté e hice la cama, intentado dejar las almohadas y las sábanas exactamente como las había encontrado.
Aquí todo olía a Jason, su aroma impregnaba cada superficie.
Su enorme equipo informático ocupaba más espacio que la cama y tenía montones de libros apilados debajo del escritorio.
Fundamentos de la arquitectura de software , Diseño orientado a los dominios , Ingeniería de la observabilidad …
y montones y montones de mangas y cómics de superhéroes.
Me había dicho que no tocara nada de lo que había allí, pero no pude contener mi curiosidad y abrí el armario para echar un vistazo.
Así que ahí estaba el desorden: montones de cajas de aparatos electrónicos, cables sueltos y ropa, todo apilado en un equilibrio precario.
Decidí que era mejor volver a cerrar la puerta antes de arriesgarme a que se cayera todo.
Parecía que no había nadie más despierto en la casa, o si lo había, no hacía ruido alguno. Me puse los zapatos y abrí la puerta del dormitorio, pero casi la cerré de golpe cuando vi a la enorme pitbull de color gris sentada en el pasillo, esperándome.
La miré y ella me miró. Anoche parecía que quería morderme los tobillos, pero esta mañana me miró con sus grandes ojos marrones y luego empezó a mover la cola contra el suelo.
—Ah, no eres tan mala, ¿a que no? —le pregunté.
Me agaché para rascarle debajo de la barbilla. Sin duda era muy cariñosa y enseguida se acercó más, casi tirándome al suelo.
—Ay, cariño, no eres una de esas perritas que caben en un bolso, pero eres una monada.
Mientras le acariciaba la barriga, eché un vistazo al pasillo y vi al otro perro en lo alto de la escalera. Me miró con recelo y me ladró con incertidumbre antes de volver a bajar las escaleras, contoneándose.
Bueno, al menos uno de ellos quería ser mi amigo… Probablemente uno de los únicos amigos que me quedaba después de la noche anterior.
Entré en el baño, me miré en el espejo y gruñí. Me lavé bien la cara con agua tibia y me desenredé el pelo con los dedos. Seguía pareciendo un gremlin salido del bosque, pero qué más daba.
Antes de salir del baño, me levanté el vestido para mirarme el culo en el espejo.
No solo lo notaba como si me hubiera quemado por el sol, sino que también tenía ese aspecto.
La piel estaba al rojo vivo y mis dedos dejaban marcas pálidas cuando lo tocaba.
Joder, cómo dolía. También me trajo recuerdos de cómo me sentí al agacharme por esa ventanilla con la boca llena y recibiendo azotes en el culo, y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
No estaba deseando volver a recibir otra azotaina como aquella. Pero las otras partes, las que me habían hecho gemir de placer, las volvería a experimentar con mucho gusto.
Respiré hondo y exhalé despacio.
Tenía que encontrar a Manson para poder volver a mi coche. La pitbull —¿se llamaba Jojo?— seguía esperándome en el pasillo cuando salí y me acompañó hasta las escaleras. Había dos habitaciones más, una de ellas justo al lado del baño.
La puerta estaba abierta de par en par y la habitación era fría y funcional.
Había una cama, una cómoda y un cesto para la ropa sucia en una esquina, pero nada más.
¿Tal vez era un dormitorio de invitados?
Había algunas cosas encima de la cómoda, pero por muy tentador que fuera, quizá era mejor no husmear y tentar a la suerte.
La siguiente habitación, la que estaba más cerca de la escalera, también tenía la puerta entreabierta. Solo podía ver un trozo de un armario abierto a través de la rendija, pero nada más.
Me quedé fuera de la puerta, escuchando con atención. No se oían voces ni pasos: o los chicos estaban fuera o seguían durmiendo.
Miré a Jojo y vi que me devolvía la mirada, relamiéndose los labios con entusiasmo.
—No es fisgonear si abres la puerta tú —le susurré, señalando la rendija—. ¿Quieres entrar, chica?
Para mi sorpresa, empujó la puerta con el hocico y entró sin vacilar, saltando sobre la cama.
Con solo echar un vistazo, supe que esa habitación tenía que ser la de Manson.
Reconocía la cabeza de toro que había colgada en la pared sobre la cama, pintada de negro con un intrincado diseño dorado.
Todo estaba limpio y ordenado, desde las estanterías junto al armario, cubiertas de discos de vinilo, hasta el escritorio en la esquina, donde había un ordenador portátil y un difusor de aceites esenciales.
Estaba encendido, llenando la habitación con un aroma floral cítrico.
Menudo fracaso en eso de no fisgonear.
Había un tocadiscos sobre una mesa debajo de las estanterías y entrecerré los ojos para leer el disco que había encima. Bauhaus . Nunca había oído hablar de ellos, probablemente porque el álbum había salido en 1980.
—¿No tuviste suficiente con rebuscar entre nuestras cosas anoche?
Me giré rápidamente, llevándome la mano al corazón antes de que se me saliera del pecho. Manson estaba apoyado en el marco de la puerta, mirándome con los brazos cruzados.
Dios mío, ¿por qué tenía ese aspecto? Tan pensativo e irritado, mirándome con los ojos entrecerrados mientras intentaba averiguar qué tramaba. Esta mañana llevaba una camiseta, pero la tela negra que se ceñía a su cuerpo no hacía que fuera más fácil no mirarlo.
—Yo, eh… La perra, ella… Estaba intentando… —Señalé vagamente con la mano en dirección a Jojo, que movía alegremente la cola mientras seguía acurrucada en la cama de Manson.
—Claro —dijo Manson—. Fue Jojo. Supongo que habéis decidido llevaros bien.
—Me alegro de que no me haya comido —respondí.
De repente, me di cuenta de que la tela de mi vestido me rozaba el culo, que había recibido unos buenos azotes. Se me puso la piel de gallina.
—Ladra más de lo que muerde —me dijo, señalando con la cabeza el pasillo para indicarme que lo siguiera—. No creo que Jojo sea capaz de morder a nadie. Haribo es con quien deberías tener cuidado.
Siguiéndolo por las escaleras, pasando la cocina a mi derecha y el salón a mi izquierda, llegamos al porche delantero. El día era cálido y húmedo, pero sentí como si alguien me hubiera metido una piedra en el estómago cuando Manson saltó del porche y cruzó el jardín con paso firme hacia el garaje.
—Eh, tengo que ir a recoger mis cosas… —comenté mientras Manson entraba en el garaje, haciendo crujir los cristales con los zapatos.
Dios, a la luz del día se veía aún peor. Las abolladuras, los cristales rotos, la carrocería destrozada… Debí de poner mala cara porque, cuando se giró para responderme, por un momento, pareció alarmado.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Yo asentí, señalando la destrucción que nos rodeaba.
—Es solo que… Es muy… impactante. A la luz del día.
Hizo una mueca mientras asentía.
—Sí. Es grave. Por eso aún no vas a recoger tus cosas. —Cogió una escoba de la esquina y me la tendió—. Vas a ponerte a limpiar todos estos cristales. Después te llevaré a recoger tu coche.
Agarré el mango de plástico liso de la escoba y suspiré. Al menos no era otra azotaina.
Me puse manos a la obra, barriendo con cuidado los cristales que había alrededor y debajo de los coches.
Manson me observó durante un rato y su mirada intensa me inquietó.
Me resultó más fácil cuando al final se alejó y subió las escaleras al piso superior.
El garaje era espacioso y la zona de atrás parecía ser donde hacían la mayor parte de su trabajo.
Había todo tipo de máquinas cuyo propósito desconocía, cajas de herramientas, pilas de neumáticos y un foso de grasa sobre el que estaba aparcado un coche viejo.
Lucas estaba en el foso, con el ceño fruncido por la concentración mientras trabajaba.
Ni siquiera me había mirado.
Manson estaba arriba hablando por teléfono mientras se paseaba de un lado a otro. Solo pude oír fragmentos de la conversación, pero suficiente como para deducir que estaba hablando con la aseguradora de su coche. Agaché la cabeza y barrí un poco más rápido.