La deuda (Losers 1) 16 #2
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—Habéis sido mejores amigos durante años —aclaró—. Tú eres tranquilo y él es… No es… Pero creo que tú le ayudas a serlo. Te mira como si quisiera escucharte, y yo no creía que Lucas quisiera escuchar a nadie, así que… sí, tiene sentido.

La expresión de su rostro cuando Lucas se había metido mi polla en la boca había sido tan sexy que estuve a punto de correrme en el acto. Parecía embelesada, dividida entre el deseo y la fascinación.

El silencio se prolongó entre nosotros. Estuvo a punto de darse la vuelta, pero luego dudó, como si hubiera algo más que quisiera decir.

—¿Por qué lo hiciste, Jess? —le pregunté—. ¿Por qué fuiste con ellos?

Le creí cuando dijo que ella no había causado toda esa destrucción, pero aun así había entrado por la fuerza, había estado allí con ellos todo el tiempo.

Apartó la mirada y apretó los labios con pesar.

—No lo sé. Iban todos. No me dijeron exactamente qué… —Sacudió la cabeza, interrumpiendo su excusa.

Quería sacudirla. Quería suplicarle que pensara por ella misma, joder, que dejara de esforzarse tanto por complacer a los demás hasta el punto de no tener en cuenta su propia opinión.

Pero no podía hacerme responsable. Otra vez no. Sabía que no debía hacerlo.

Me incliné y le di un beso en la frente. Se apoyó en mí, con los ojos cerrados, y dejó escapar un pequeño suspiro.

Esperaba que aún sintiera la tensión del orgasmo frustrado. Esperaba que eso la mantuviera despierta, que el deseo desesperado de tocarse dominara todos sus pensamientos hasta que lo único que pudiera hacer fuera fantasear y estar al borde del clímax.

—Esta noche no puedes tocarte —le dije, y ella se tensó—. Las chicas malas no pueden correrse.

La rebeldía se reflejó en su expresión. Por un momento, a pesar de lo agotado que estaba, casi agradecí la oportunidad de volver a castigarla. Pero entonces resopló, frotándose el culo con cuidado.

—Vale —aceptó.

—Esperaba una respuesta mejor que esa.

Si ella me presionaba, yo también la presionaría.

Su expresión se tensó mientras luchaba consigo misma, sin duda sopesando los riesgos y las ventajas de seguir con su actitud brusca.

—Sí, señor —logró pronunciar al final.

Los demás estaban en el porche cuando salí. Jason y Vincent estaban sentados en el banco debajo de la ventana, con el rostro desencajado. Lucas estaba en el escalón de la entrada, con un cigarrillo entre los dedos, mirando hacia el garaje.

Me senté a su lado y le di un golpecito en el costado.

El aire nocturno era agradable y me refrescó enseguida, pero la frustración seguía pesándome en el pecho como si fuera plomo.

Durante unos minutos, ninguno habló. Habíamos lidiado con esta mierda casi toda nuestra vida, de una forma u otra.

Estábamos acostumbrados. Pero algunos días, todo resultaba demasiado agotador.

La energía pura y rencorosa que me había mantenido en movimiento durante mi adolescencia se estaba agotando, dejándome lleno de amargura e impaciencia.

Quería vivir , joder. ¿Era mucho pedir?

—Tengo una competición dentro de dos semanas —dijo Jason con la voz entrecortada—. Dos putas semanas, tío…

—Estarás listo —le dije, girándome para mirarlo por encima del hombro—. Arreglaremos el Z a tiempo. Te lo prometo.

—Tenemos que devolvérsela a Alex —dijo Lucas. Me ofreció el cigarrillo y lo acepté, disfrutando del calor al inhalar—. Tenemos que devolverle el golpe, y con fuerza.

—Vaya que sí —dijo Jason—. Debería romperle los dedos a ese hijo de puta por esto.

No teníamos la necesidad de empezar a correr riesgos cuando estábamos tan cerca de marcharnos de este pueblo.

Pero no responder a esto era un riesgo mayor que no hacer nada.

Alex no necesitaba represalias para seguir persiguiéndonos.

Si pensaba que podía salirse con la suya, vendría de todos modos y seguiría llevando las cosas cada vez más lejos.

Teníamos que dejarle claro que no podía. Pagaría un precio alto.

Vincent suspiró y el banco crujió cuando se puso de pie.

—De acuerdo. Creo que me voy a la cama a tener pesadillas de verdad y no toda esta mierda. Despertadme temprano. Ayudaré a limpiar el garaje.

Pero yo negué con la cabeza.

—Ve, duerme. Por la mañana Jess puede ayudar para ganarse el viaje de vuelta a su coche. Intenta descansar un poco.

Los pasos de Jason y él se perdieron en la distancia cuando entraron y subieron las escaleras con dificultad. Me pregunté si Jess ya estaría dormida o si estaría despierta, desobedeciéndome…

O si estaría despierta, cumpliendo mis órdenes y sufriendo por ello. Era un pensamiento agradable.

—¿De verdad vamos a volver a meternos en esto? —preguntó Lucas.

Tenía los hombros encogidos mientras miraba al otro lado del patio. Le pasé el cigarrillo y le rodeé la espalda con el brazo.

—No. No nos estamos metiendo en nada —dije, después de un momento.

Se encogió un poco más.

—¿Sí? Entonces, ¿por qué está durmiendo en casa?

—Porque no voy a dejar que vuelva sola a casa de noche, Lucas. Tú tampoco lo harías.

Murmuró algo, tiró lo que quedaba del cigarrillo al suelo y lo apagó.

—Mira, a Jessica le gusta fingir que su vida no va a ser el aburrido sueño suburbano que sus padres le han preparado —dije—. Así que molesta a la gente, obtiene la reacción que quiere y se larga. Así es como funciona. Siempre ha sido así.

—Quizá sería diferente si hubiéramos luchado un poco más.

Lo miré sorprendido, pero yo había pensado lo mismo.

Ninguno de nosotros había intentado conquistar a Jessica, simplemente acabamos juntos, chocando como bolas de billar que rebotan sin rumbo fijo sobre una mesa.

No era por falta de deseo, sino por simple realismo.

Ella no estaba hecha para nosotros. No existía en nuestro mundo; lo visitaba, echaba un vistazo como una turista cualquiera y se marchaba en cuanto se volvía demasiado real para ella.

Era la chica que no podíamos tener, por mucho que se acercara. A pesar de los juegos a los que jugábamos, al final la decisión era suya. Era su elección.

Y nunca nos elegiría. No podíamos ser nosotros.

—No hay nada por lo que luchar —dije, como si fuera así de simple—.

Va a irse de Wickeston y pasar a cosas más grandes y mejores.

Encontrará a algún imbécil guapo que encaje con su imagen, se casará en una ceremonia ostentosa y pasará los próximos veinte años teniendo sexo aburrido y haciéndose mejor amiga de su vibrador, antes de divorciarse de él en una crisis a los cuarenta.

Será esa chica que se muda a Las Vegas para empezar de cero y no para de contarle a todo el mundo quién era en el instituto.

Eso es todo. No habrá ningún «nosotros» en la ecuación.

El pecho le resonó ligeramente y, cuando miré hacia él, estaba riéndose entre dientes.

—Estás muy mal. ¿Te has imaginado una vida entera para esta mujer y ni siquiera eres capaz de incluirte un poco en ella? ¿No puedes añadir ni un «qué pasaría si»?

Estaba demasiado cansado para esta conversación.

—Pensaba que no querías involucrarte, así que, ¿por qué te importa?

—Porque no soporto verte tan hecho polvo por esta mierda —respondió—. No puedes olvidarla. Llevas años así y sigues sin poder pasar página.

Bajo la luz del porche, me fijé en algo que antes no había visto en su cuello: arañazos. Largos arañazos rojizos, sin duda causados por las largas uñas rosas de alguien.

Pasé el dedo por uno de ellos.

—¿Te has peleado con un gato hoy? —le pregunté, y él sonrió burlón.

—No empieces.

—Oye, yo no he empezado nada. Tú eres el que la ha llevado en tu coche y se lo ha montado con ella.

—No nos lo hemos montado. No mucho —añadió eso último con una mirada sarcástica en mi dirección—. Al menos yo no le he grabado un puto corazón en el dedo.

Le di una colleja y me levanté.

—Me voy a la cama antes de que acabe haciéndote un corte a ti. No te quedes aquí fuera toda la noche.

—Vale. —Se despidió con un gesto con la mano y yo ya tenía la mía en la puerta cuando, de repente, dijo—: Oye, Manson.

—¿Sí?

—¿Y si quisiera?

Me di la vuelta, con la mano aún en el pomo de la puerta.

—¿El qué?

—¿Y si quisiera… ya sabes…? —Intentaba, con todas sus fuerzas, sonar como si nada—. ¿Y si quisiera quedarse? ¿Con nosotros?

Tomé una gran bocanada de aire.

—¿Y si quisiera quedarse con nosotros…? —repetí las palabras despacio, dándole vueltas, como había hecho tantas otras veces; demasiadas veces—.

¿Y si admitiera que había estado equivocada todo este tiempo y quisiera intentarlo?

¿Y si dijera que había estado ocultando sus verdaderos sentimientos porque tenía miedo al rechazo, pero que está dispuesta a dejar todo eso atrás?

¿Y si mañana se despertara y cambiara toda su vida para estar con nosotros?

Que le den a su madre, que les den a sus amigos, a la mierda sus planes.

¿Y si…? —Sacudí la cabeza y abrí la puerta de un tirón—. Son demasiados «y si…» para mí.