16
Manson
Jess hizo una mueca de dolor cuando, al subirse las bragas, rozaron su culo enrojecido. Resopló enfadada, mirándonos a los cuatro con los labios fruncidos y los ojos llorosos.
Como si no se lo hubiera buscado ella sola.
—No me mires así —le advirtió Vincent en cuanto su mirada se posó en él—. Te volveré a inclinar tan rápido que te marearás.
Por una vez, tuvo el buen sentido de permanecer en silencio.
Dios, me volvía loco. Cada vez que miraba demasiado tiempo el Mustang —ruedas pinchadas, ventanillas rotas, chapa rayada, abolladuras en todos los paneles—, quería volver a darle unos azotes.
Quería que aprendiera. Me habría sentido mejor si pensara que esta lección serviría para algo, pero estas cosas no se aprenden en un solo día.
¿Por qué demonios había pedido esto? Y mejor aún… ¿por qué había cedido? Estaba que echaba humo, sí, pero normalmente evitaba este tipo de cosas cuando estaba así de enfadado. Me parecía demasiado similar a perder el control.
Pero había pedido un castigo y ¿quién era yo para negárselo? Había elegido enfrentarse a nuestra ira en lugar de huir. Era una muestra silenciosa de confianza que no esperaba, pero que me dejó más confundido que otra cosa.
¿Por qué tenía que presionarme? Sabía muy bien cómo sacarme de mis casillas.
Sabía exactamente qué decir para provocarme.
Con ella siempre había sido una lucha constante entre el odio y el deseo.
Era egoísta, una malcriada y una egocéntrica, y además fingía todo el tiempo.
Fingía tener confianza, fingía sonreír, fingía ser una chica buena y educada.
Pero las chicas buenas y educadas no se ponían cachondas cuando las castigaban. Detrás de ese pelo rubio angelical y esos inocentes ojos verdes se escondía una masoquista que, sin lugar a dudas, ansiaba el dolor. No era algo nuevo y, sin embargo, seguía pareciéndome increíble.
Eso era lo que seguía atrayéndome, lo que nos había intrigado a todos. Jessica vivía con una máscara, y detrás se escondía una mujer salvaje y retorcida, una que deseaba encontrar una vía de escape. Lo ocultaba y luego tomaba decisiones estúpidas para evitar admitir lo que realmente quería.
No podía hacerme responsable de esto. Ese error ya lo había cometido antes.
—Tengo que volver a mi coche —gruñó Jess, pasándose las manos por la cara.
Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos un poco enrojecidos e hinchados. Si hubiera dependido de mí, si de verdad fuera mía, esto solo habría sido el comienzo de su castigo. Si fuera mía, estaría de pie en un rincón, con el culo al aire, esperando la próxima azotaina.
Es lo que ella quería: consecuencias, orden, control, alguien que le arrancase esa actitud suya y la trajese de vuelta a la realidad. Pero a menos que ella lo eligiese, a menos que nos eligiese a nosotros, ¿qué más podía hacer yo?
—¿Dónde tienes las llaves? —le pregunté.
Rebuscó en los bolsillos delanteros de su vestido y al final sacó un pequeño llavero con un cordón rosa. Se lo arrebaté de la mano.
—¡Eh! No puedes…
—Te huele el aliento a alcohol —le dije—. No vas a conducir a ningún sitio. ¿Dónde tienes el coche?
Se cruzó de brazos y apartó la mirada, como si eso mejorara su actitud desafiante.
—En el puente —respondió.
Suspiré con fuerza y me pellizqué el puente de la nariz mientras volvía a mirar los coches. Neumáticos pinchados. Sin ventanillas. Al menos se habían asustado antes de poder empezar a hacer el gilipollas bajo los capós. También teníamos allí el coche de un cliente, pero por suerte se había salvado.
—Estoy demasiado cansado para esto, joder —maldije—. No voy a ocuparme de esto esta noche. Puedes dormir aquí. Te llevaré a tu coche por la mañana.
—¿Qué? —Jess y Lucas me miraron boquiabiertos al unísono.
Lucas intentaba contener la ira, pero una de las venas del cuello le palpitaba con una furia reprimida.
—¿Quieres que se quede en nuestra puta casa? —soltó.
—Me cago en todo. Lo que quiero es dormir un poco —le espeté, y él se calló—. No voy a conducir a ningún sitio esta noche, y desde luego que no voy a acompañarla a casa andando.
Lucas refunfuñó, apartándose de mí y caminando hacia el otro lado del garaje. No le culpaba por no quererla aquí, pero todos estábamos cansados. Lo más probable es que las cosas no mejoraran por la mañana, pero al menos entonces tendría energía para afrontarlas.
—Puede dormir en mi habitación —dijo Jason, que había estado sentado junto a Vincent contra el parachoques trasero del Mustang—.
Yo dormiré en el ático. —Dio una calada al cigarrillo electrónico de Vince mientras se levantaba y una nube de vapor salió de sus labios cuando le dijo a Jess con tono amenazador—: Si tocas algo en esa habitación que no sea la cama, volveré a azotarte.
Se sonrojó aún más y eso me hizo fijarme en las pecas de su nariz. Aparté la mirada para no quedarme mirándola.
¿Cómo podía enfadarme tanto y luego… luego hacerme sentir así? ¿Cómo era posible mirar a alguien y sentir al mismo tiempo ira y atracción?
—No tocaré nada —prometió.
—Entonces, vamos. —Hice un gesto con la cabeza hacia la casa—. Te enseñaré el piso de arriba.
Me siguió en silencio, con la cabeza gacha y los brazos cruzados. Chasqueé los dedos al abrir la puerta, ordenando a los perros que retrocedieran. Jojo ya estaba moviendo la cola, ansiosa por hacer amigos, pero Haribo miraba a Jess con recelo, ladrando un poco y mostrándose indeciso con ella.
—No muerden —le dije a Jess cuando se apretujó nerviosa detrás de mí para pasar por la puerta—. A menos que yo se lo diga.
—Eso no me tranquiliza mucho —respondió.
Los perros se quedaron en la entrada cuando subimos las escaleras, con sus pasos suaves detrás de mí.
Cuando la miré por encima del hombro, sus ojos vagaban por todas partes, absorbiendo todo lo que podía.
Me habría avergonzado mucho si hubiera visto este sitio cuando nos mudamos.
Estaba sucio, casi en ruinas. Ahora parecía un lugar en el que valía la pena vivir.
Aparté la mirada de golpe, regañándome mentalmente.
Sigmund Freud podría haber desarrollado un complejo completamente nuevo en torno a mi obsesión por alguien tan inalcanzable. Luego podría desarrollar otro en torno al hecho de que no solo quería a Jessica para mí, sino que la quería para nosotros.
Traer a la mujer que quería a la familia que habíamos construido, entrelazar nuestras vidas y desarrollar una relación me parecía algo natural.
Pero para la mayoría de la gente no lo era.
La sociedad quería que las cosas tuvieran una etiqueta, que encajaran en casillas ordenadas y limpias.
El sexo debía ser exclusivo, romántico e impecable.
Los amigos eran solo amigos y nunca amantes, nada podía crecer o cambiar.
Quien eras antes nunca podía separarse de en quién te habías convertido.
Lo odiaba, lo repudiaba. No quería tener nada que ver con esa forma de ver las cosas, con esa postura tan moralista.
Había luchado contra ello, como los demás.
Pero el mundo se aseguraba de recordarme una y otra vez que no encajaba.
Si me liaba con una chica, era heterosexual, pero si salía con un chico, era gay.
Si quería sexo duro, era violento. Si quería elegir mi propia familia y construir mis relaciones a mi manera, era un pervertido.
Si quería defenderme, plantar cara a quienes me hacían daño, era peligroso.
Rechaza las etiquetas que te ofrecen y la gente seguirá intentando encasillarte en ellas. Te meterán en una caja y te exigirán que la aceptes y, si no lo haces, será culpa tuya que la vida sea difícil.
Ahí era donde Jess y yo discrepábamos. Yo había dejado de intentar encajar hacía mucho tiempo y ella seguía aferrada al sueño de la aceptación social.
La habitación de Jason estaba al final del pasillo.
Abrí la puerta y le indiqué que pasara, observándola mientras entraba y miraba a su alrededor.
Tenía una cama pequeña arrinconada en la esquina derecha, pero casi nunca dormía en ella.
Su escritorio y su ordenador ocupaban el resto del espacio, con tres monitores de pantalla plana que se extendían de lado a lado.
La ventana estaba tapada por una cortina tupida.
Unas tiras de LED azules en las esquinas y a lo largo del techo bañaban la habitación con un resplandor neón.
Jess se giró hacia mí, con los labios apretados. La luz de neón hacía que su cabello pareciera casi blanco, con un brillo etéreo.
—El baño está justo al lado —le dije—. Los perros no te molestarán. Se quedan abajo.
Asintió y tragó saliva. No podía culparla por desaparecer, o por bajar la guardia conmigo durante una noche y luego marcharse en cuanto salió el sol. Las casillas eran seguras y fáciles. Al salir del refugio que te proporciona encajar en una etiqueta, el mundo se vuelve mucho menos amable.
Quizá era más sensato por su parte intentar encajar. Estaba siguiendo las reglas que el mundo le había impuesto, por muy malas que fueran.
Acorté la distancia entre nosotros. Al principio ella apartó la mirada, pero poco a poco levantó los ojos y me miró.
Le acaricié la mejilla con los dedos y le aparté el pelo rubio por encima del hombro.
Una parte de mí seguía sintiendo mucha ira, una furia latente en el pecho.
Pero era imposible mirarla sin que se me ablandara el corazón.
Era muy débil con esa mujer. Podría apuñalarme en el corazón y seguramente la perdonaría.
—Entonces… ¿Lucas y tú? —preguntó, con la curiosidad reflejada en su mirada incierta.
—¿Te sorprende?
Entendía sus celos hacia Veronica, porque llevaba años guardándole rencor a esa mujer. Era un tema delicado. Pero no estaba seguro de cómo reaccionaría ante esto. Si el hecho de que Lucas y yo tuviéramos una relación íntima también la ponía celosa, sería una señal de alarma que no podría ignorar.
Pero una sonrisilla se dibujó en su rostro. La ocultó enseguida, obligándose a recuperar su expresión seria.
—No, no me sorprende nada. Tiene sentido.
—¿De verdad? ¿Por qué?