15 #4
—Mira —me ordenó—. Quizá puedas aprender un par de cosas sobre cómo complacer a tus amos.
Mi clítoris parecía latir con vida propia, palpitando bajo la lengua de Jason y ardiendo mientras Lucas me miraba fijamente a los ojos.
La imagen de sus labios carnosos acariciando el miembro de Manson era tan insoportablemente erótica…
Manson gimió con fuerza y sin parar mientras sus embestidas cortas y profundas lo mantenían hundido en la garganta de Lucas hasta que se corrió.
Pero Lucas no se lo tragó. Se volvió hacia mí y me agarró la cara de nuevo.
—Abre —exigió Vincent, tirando del cinturón—. Bebe.
Gemí al obedecer.
Lucas se inclinó hacia mí y escupió el semen de Manson en mi boca. Me goteó por la barbilla, era demasiado como para que me cupiera en la boca.
Era asqueroso…
«Dios, me ponía muchísimo».
Era muy repulsivo…
«Hacía que temblara de placer».
Me las arreglé para tragar mientras Lucas me observaba, con una cruel diversión que le dibujó una sonrisa burlona en la boca.
—Tómate tu medicina —ordenó, usando los dedos para recoger las gotas que me habían resbalado por la barbilla y me los metió en la boca, obligándome a lamerlos hasta dejarlos limpios—. Hasta la última gota.
Me metió tanto los dedos que me dieron arcadas y se me revolvió el estómago. Mi momento de debilidad le dio nuevas ideas. Mantuvo los dedos ahí, hasta el fondo de mi boca y presionándome la parte de atrás de la lengua.
—No me vomites encima, nena.
—Contrólate, Jessica —ordenó Manson, guardándose la polla.
Todos los músculos de mi garganta me pedían vomitar y mi cuerpo se contraía como con convulsiones.
Me recorrió un escalofrío cuando Vincent se asomó por la ventanilla abierta, me dio una palmada en el culo y luego hundió sus dedos en mi interior.
Me penetró con un ritmo rápido y constante, con los dedos resbaladizos por mi excitación, mientras Jason seguía dándome placer con la lengua. Pero la estimulación fue demasiado breve. Vincent retiró la mano y me metió los dedos en la boca junto a los de Lucas.
—Te gusta, ¿verdad? —preguntó Vincent, la saliva me caía de los labios—. ¿Te gusta saborear lo mojada que estás?
Jason gimió contra mí y casi puse los ojos en blanco.
—Buena chica, no hables —dijo Manson.
Al final, dejaron mi boca estar, dejándome hecha un asco y temblando mientras Lucas se ponía de pie y Vincent volvía a meterme los dedos.
—Joder, por favor… —gemí.
El sonido de la humedad de sus dedos penetrándome era tan humillante y fuerte como mis jadeos.
Quería acurrucarme a sus pies. Quería llorar, gritar y patalear con desenfreno.
—Por favor, por favor, lo siento, ¡me portaré bien!
—Eso ya lo he oído antes —comentó Manson, con una pequeña sonrisa en los labios.
—No, no, por favor, lo digo en serio, de verdad, ¡por favor! —Estaba segura de que no podría sentarme en toda la semana, pero necesitaba tanto ese orgasmo que rompí a llorar—. Dios, Jason, por favor, no pares, por favor…
Manson me agarró la cara.
—Cuando invoques a tu dios, más te vale mirarlo —dijo.
Me estremecí y el calor en mi vientre se convirtió en un infierno latente cuando comprendí lo que quería decir. Solo había un dios ante mí, y era el propio Manson.
—Dios, por favor. —Mi voz era débil, suplicante, había llegado al límite—. ¡Por favor, por favor, por favor, deja que me corra, por favor!
Pero la expresión de Manson era despiadada.
Vincent se reía de mis súplicas, un sonido totalmente sádico que me sumió de nuevo en la vergüenza.
¿Dignidad? ¿Qué dignidad? Se había esfumado hacía tiempo, era una especie extinta. Mi cerebro se aferraba a una cosa y solo a una: conseguir alcanzar el orgasmo de alguna manera antes de que Manson me lo impidiera.
Pero era una estúpida por pensar que podía ganar. Este era su patio de recreo y yo su juguete, un desastre desesperado y cachondo que movía las caderas contra la boca de Jason para alcanzar el clímax más rápido.
Manson sonrió y esa sonrisa se ensanchaba con cada bocanada de aire desesperada que soltaba.
—No —supliqué, con la voz temblorosa, notando cómo el coño me palpitaba con una sensación familiar y placentera—. No hagas que pare. Por favor, Dios, no lo hagas parar, por favor.
Manson negó con la cabeza, como si yo fuera muy tonta.
—Las chicas malas no reciben recompensa, Jess. Y tú has sido una chica muy mala.
No tuvo ni que dar la orden. Jason paró, y la falta de contacto me hizo gritar a modo de protesta. Se relamió los labios como si acabara de comer y, en lugar de placer, sentí su mano golpeándome el culo otra vez, reavivando el ardor en mi piel con una velocidad asombrosa.
—Esto es lo que pasa —dijo Lucas mientras yo suplicaba sin sentido—. Esto es lo que te has ganado.
Negué con la cabeza como una loca, jadeando entre lágrimas por el escozor. Tenía la palabra de seguridad en la punta de la lengua, pero no la dije. Les había dicho que podía soportarlo y lo haría. Sabía lo que me merecía, lo que necesitaba. Y necesitaba sufrir.
Solo cuando empecé a llorar, cuando mis súplicas fueron completamente incomprensibles, los azotes pararon.