La deuda (Losers 1) 15 #2
26%

15 #2

Manson y Lucas intercambiaron una mirada. Entonces Manson se enderezó, crujiéndose las muñecas. El movimiento me provocó un cosquilleo. Di un paso atrás, solo para tropezarme con Lucas y darme cuenta de lo cerca que había estado todo el tiempo.

—¿Cómo nos va a compensar la putita? —preguntó, su aliento me cosquilleaba en el cuello, caliente y peligrosamente cerca.

Mantuve la mirada clavada en Manson, pero podía ver a Lucas por el rabillo del ojo, asomándose por encima de mi hombro mientras me observaba.

—Creo que me gustaría verla suplicar. ¿Qué opináis, chicos?

Dios, el hecho de que esto me excitara tanto como me avergonzaba era muy confuso. Probablemente había algún estudiante de psicología por ahí que podría escribir toda una tesis estudiando mi pervertido cerebro.

Manson asintió con la cabeza ante la idea de Lucas mientras se acercaba a mí, con la mano en mi nuca para atraerme hacia él. Iba sin camiseta, con cada músculo definido por un ligero brillo de sudor.

—Me encantaría —dijo, clavándome los dedos en el cuello—. Creo que me gustaría verla suplicar piedad.

—Le doy un minuto antes de que se ponga a lloriquear como una niña pequeña —dijo Jason, que seguía apoyado contra su coche, con el rostro ensombrecido bajo la capucha, pero levantó el brazo y me hizo un gesto con el dedo—. Ven aquí.

Oh, joder.

Instintivamente di un paso atrás, pero me choqué con Lucas.

—¿A dónde crees que vas? —me susurró en el oído—. Te ha dicho que vayas, así que mueve el culo y ve.

Manson me empujó hacia delante, usando la mano que tenía en mi nuca para moverme.

Tropecé un poco y Jason me agarró del brazo, inclinándome sobre la parte de atrás del 350Z.

El metal estaba helado y yo solté un chillido, haciendo presión contra su mano para alejarme del frío, pero era como luchar contra una pared de ladrillos.

—Debería dejarte el culo negro y morado —dijo, y sus palabras vertieron un calor líquido en mis venas.

—Oh, va a recibir unos buenos azotes —coincidió Manson—. ¿Por qué no empiezas tú?

Cuando me giré para mirarlo, Jason sonreía.

Mierda, me esperaba una buena.

Era innegable que tenía debilidad por los azotes.

Pero cuando les decía a mis parejas que me gustaba que me azotaran, lo único que conseguía eran unas cuantas palmaditas durante el sexo y poco más.

Me costaba encontrar las palabras para explicar que no quería unas palmaditas, sino unos azotes en toda regla, con el cuerpo inclinado, las piernas temblorosas y dudando sobre mi propia resistencia.

«Bueno, enhorabuena, Jessica Martin, has conseguido lo que querías de la peor manera posible».

Esta azotaina no era por diversión, era un castigo. Querían que me arrepintiera de lo que había hecho, y tenían el poder para hacerlo.

Vincent apoyó las manos en el maletero, a mi lado. Tenía a Jason a mi derecha y a él a mi izquierda.

—Súbete el vestido —ordenó Vincent y, ante mi duda, se inclinó y me dijo con dulzura—: Súbetelo o tendrás que quitártelo del todo.

Me mordí el labio inferior, clavándome los dientes en la piel hasta que me dolió.

El dolor me ayudó a concentrarme en algo que no fuera la vergüenza mientras bajaba la mano y me subía el dobladillo del vestido.

Me ruboricé, fue un rubor ardiente e incriminatorio.

Mis bragas eran una cosita atrevida con apenas más tela que un tanga.

Manson y Lucas se acercaron, pero yo tenía la mirada clavada en Jason. Le pasó su bate de béisbol a Manson, quien lo balanceó ociosamente en una mano.

—Mirad qué culito tan bonito —musitó Jason—. Redondito. Apuesto a que rebota cuando le das un azote.

Estaba tan nerviosa que pensaba que iba a explotar. El miedo me estaba matando.

—¡Azótame ya! —solté—. No quiero escuchar tu monólogo de cachondo. Yo…

¡ Zas!

La fuerza de su golpe fue directa a mi orgullo, que se puso en alerta roja, y enseguida le siguieron más.

Cada azote era fuerte y doloroso y me provocaba un ardor intenso en el culo mientras él alternaba entre ambas nalgas, asegurándose de que cada una recibiera golpes dolorosos con la palma de su mano.

Apreté los dientes, los puños, los muslos, todo.

Pero apretar no me ayudó en nada. Jason no bajó el ritmo.

—Mierda —gruñí, levantando el brazo y poniéndolo doblado debajo de mi cara para poder presionar la boca contra él, pero Vincent puso la mano bajo mi barbilla y me apretó la cara, manteniendo mi cabeza en alto.

—No te escondas, Jess —me riñó—. Querías consecuencias, pues aquí las tienes. Te hace sentir bien, ¿no?

—De maravilla.

Jadeaba, conteniendo los gemidos a base de pura fuerza de voluntad.

El calor inundó mi vientre con rapidez, mi coño se contraía a pesar del dolor.

No, a pesar de él no, sino precisamente por él.

Habían pasado unos años, pero, joder, había olvidado lo imposible que era mantener la dignidad durante una azotaina.

—¡Ay! —grité, llevando las manos hacia atrás en un estúpido intento por cubrirme.

Vincent me agarró las manos de inmediato y me sujetó las muñecas con fuerza contra la parte baja de la espalda, sin darme ni un momento de respiro.

—No. Te. Metas. Con. Mis. Cosas. —Cada una de las palabras de Jason iba acompañada de un azote para enfatizarla.

En cuanto Jason paró, Vincent me puso de pie. Me giró y me dirigió hacia su Subaru destrozado. Todas las ventanillas estaban rotas y los cristales brillaban alrededor del vehículo como una triste capa de purpurina. Me guio con una mano en la nuca mientras Manson abría la puerta del copiloto.

—Sabes, soy de los que intentan aprovechar al máximo cualquier situación —comentó Vincent, rozándome una oreja con los labios de forma provocativa mientras Manson utilizaba un trapo para limpiar los restos de cristal del marco de la ventanilla—.

¿Preferiría llevarte a mi ático y colgarte del techo?

Por supuesto. Pero supongo que eso tendrá que esperar hasta la próxima vez que montes una puñetera rabieta.

Manson me sonrió a través de la ventanilla abierta, golpeando el suelo con el bate de béisbol que sostenía.

Si hubiera sido Alex o alguno de los otros chicos el que se hubiese quedado atrás, habrían utilizado esos bates.

Les habrían dado un escarmiento, una clara advertencia de que no se jugaba con ellos.

En cambio, yo era la única que estaba aquí para cargar con la culpa.

Mi cerebro era un caos, lleno de hormonas confusas, pero no tenía por qué ser tan cruel conmigo como para pensar en lo atractivos que estarían los cuatro empuñando bates. Se suponía que las palizas sangrientas no eran sexys .

Vincent guio mi cuerpo hasta colocarme inclinada sobre la ventanilla rota de la puerta abierta del asiento de copiloto. Mis pies apenas tocaban el suelo, el marco de la ventanilla se me clavaba en el vientre. Mi cara quedaba a la altura de las caderas de Manson, con su…

Dios. Estaba empalmado.

Mi boca se abrió y se cerró sin decir nada mientras él se la agarraba a través de los vaqueros.

—¿Cómo vamos a hacer esto, ángel? —preguntó mientras Vincent me subía el vestido y me agarraba la carne enrojecida antes de arrastrar las uñas por mi piel, dejando tras de sí un rastro abrasador—. ¿Vas a demostrarme que lo sientes o voy a tener que obligarte a hacerlo?

Me sentía como si me hubieran reducido a un tamaño minúsculo.

Lucas rodeó el Subaru, con el bate en la mano, y se colocó detrás de Manson. Los dos estaban de pie y me miraban desde arriba, armados, peligrosos y furiosos, lo que hacía que fuese más humillante.

Cogí aire cuando Vincent me dio un azote en el culo. La palmada me dolió tanto como la de Jason, pero Vincent hizo una pausa antes de dar la siguiente, dejando que el dolor se extendiera y se calmara antes de volver a encenderlo.

—Responde a papi Manson, Jess —exigió, con un evidente tono burlón en la voz.

La expresión de mi rostro mientras me esforzaba por mantener la boca cerrada debió de ser de lo más cómica, porque tanto Manson como Lucas se rieron de mí.

El sonido combinado de sus risas me revolvió el estómago, sobre todo cuando Lucas rodeó la cintura de Manson y le desabrochó el cinturón.

Al hacerlo, acercó su rostro al cuello de Manson, recorriéndole la zona con la nariz hasta llegar a la oreja, mostrando los dientes en un mordisco repentino y espontáneo.

Manson me dedicó una sonrisa de suficiencia cuando Lucas le quitó el cinturón.

Intercambiaron una mirada breve y, tras un intercambio silencioso entre ellos, Lucas me rodeó el cuello con el cinturón.

Lo apretó, no tanto como para impedirme respirar, pero sí lo suficiente como para inmovilizarme en esa posición.

—Así parece que te estamos obligando —comentó Lucas tirando del cinturón y manteniéndome la cabeza en alto mientras Manson se desabrochaba los vaqueros.

Se tomó su tiempo, sin prisas. Estaba demasiado tranquilo, controlaba perfectamente la situación, mientras yo perdía cualquier atisbo de calma con rapidez.

Los azotes de Vincent me arrancaron un grito y pataleé, jadeando con desesperación.

—¡Joder, eso duele! —logré articular entre sollozos, con la voz temblorosa, como si estuviera a punto de llorar.

Dios, llorar me sentaría tan bien. Me estaba costando mucho contenerme.

Por mucho que me dolieran los azotes, obligarme a mantener la calma y ser valiente también me dolía.

Me invadió la constante sensación de estar librando una batalla perdida, de estar cayendo en una completa degradación sin poder hacer nada para evitarlo.

—Oh, ¿duele? —Vincent volvió a clavarme las uñas en el culo mientras Lucas apretaba el cinturón, manteniéndome en mi sitio—. Qué raro, porque me parece que tienes una mancha húmeda en las bragas, Jess. No creo que te duela tanto .

Junté las piernas, pero ya era demasiado tarde. Ya lo habían visto y la vergüenza se apoderó de mí, haciendo que me ardiera el rostro.

No era ningún secreto que el dolor me excitaba, ya lo sabían, pero eso no hacía que fuera más fácil que señalaran mi reacción.