La deuda (Losers 1) 15
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Jessica

Manson me llevó de vuelta al garaje, colgando sobre su hombro.

La cabeza me rebotaba, lo que me permitía ver fugazmente los rostros de los demás.

La expresión de Lucas era feroz, tan tensa que no me habría sorprendido que le salieran chispas por los ojos.

La de Jason era firme y controlada, como si estuviera a punto de asistir al funeral de alguien a quien odiaba.

Vincent sonreía, con una expresión inquietante, acentuada por ocasionales movimientos de cabeza.

—Veamos qué has estado haciendo, Jessica —gruñó Manson, moviéndome un poco cuando llegamos a la entrada del garaje.

—No, no, mejor no —negué a toda prisa.

Sentí que toda la sangre se me subía a la cabeza y gemí, con el estómago revuelto por el miedo.

¿Cómo había podido ser tan estúpida? Cuando vieran lo que había dentro de ese garaje, estaría muerta.

Vincent se agachó a nuestro lado y utilizó una llavecita para abrir la puerta de metal. Agarró el picaporte y tiró de él hacia arriba. Cada crujido del metal sonaba como un paso más hacia mi muerte.

Los gritos ahogados de sorpresa cuando se abrió el garaje me hicieron desear haber dejado que los perros me devoraran allí, entre los árboles.

—Lucas, lleva a los perros a la casa —pidió Manson con la voz vacía—. Aquí van a cortarse las patas.

El suelo estaba cubierto de cristales rotos que brillaban bajo la luz fluorescente.

Crujieron bajo las botas de Manson cuando me llevó dentro.

Los coches estaban abollados, con las ventanas rotas y las ruedas pinchadas.

Habían arrancado las herramientas de las paredes y las habían tirado al suelo, los cajones estaban abiertos y su contenido esparcido por ahí.

—Hostia —maldijo Vincent—. Hostia puta.

Manson me dejó en el suelo y, por un segundo, dejé de estar cautiva.

Manson se quedó a mi lado, observando la destrucción con expresión de incredulidad, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

Durante casi un minuto, se quedaron mirando todo, con expresiones de asombro y desconfianza congeladas en sus rostros.

De repente, unos brazos me agarraron por detrás y me empujaron contra un pecho duro y ancho.

—Vamos a tener una bonita y larga conversación sobre esto, señorita Martin.

Lucas estaba de vuelta y su voz era tan fría que me estremecí.

Manson y Vincent caminaban entre los destrozos y Manson se pasaba una mano por el pelo mientras negaba con la cabeza.

Jason escribía con rapidez en su móvil, levantando la vista solo de vez en cuando, como si estuviera tomando notas de los daños.

—Miles de dólares —dijo—. Hay miles de dólares en daños. —Se dio la vuelta y me miró con ira—. Tú. Tú …

Ninguno de los insultos que se le ocurrían le parecía lo suficientemente bueno. Se dio la vuelta y salió por la puerta lateral abierta, que se balanceaba torcida sobre las bisagras. La alarma por fin dejó de sonar y Jason regresó unos segundos más tarde.

—Han cortado los cables de las cámaras —informó, maldiciendo entre dientes y mirándome con desprecio—.

Parece que han intentado desactivar el sistema de seguridad por completo, pero la batería de reserva se hizo cargo.

—Apoyó las manos en el maletero de su Nissan blanco, con la cabeza inclinada sobre el metal rayado y abollado—. ¡Joder! ¡Hostia puta!

—La has liado, Jess —se rio Vincent con amargura—. Joder.

—¡Yo no he sido! —exclamé.

Forcejeé con Lucas, intentando liberarme de su agarre sin éxito.

Ni siquiera sabía qué hacer si conseguía que me soltara.

¿Iba a correr hasta mi casa en medio de la noche?

¿Mudarme de Wickeston y fingir que esta noche nunca había sucedido?

¿No volver a salir de mi casa nunca más y esperar que no vinieran a llamar a mi puerta?

La había cagado pero bien.

—Sigue resistiéndote y será mucho peor para ti —siseó Lucas—. No vas a escapar de esto.

—¡Yo no he destrozado vuestros coches! —insistí—. Han sido ellos. ¡Yo no he sido!

—Ah, claro, por supuesto —dijo Vincent—. Como siempre, no puede ser culpa tuya.

—No, es… Yo… Por favor, no llaméis a la policía —pedí, tartamudeando. ¿Y si acababa en la cárcel? ¿Qué demonios les diría a mis padres? ¿Qué le diría a mi jefe?—. Yo no he sido. Lo juro, joder.

Las palabras se me quedaron atascadas en la boca cuando Manson se dio la vuelta y me miró con ira por encima del techo de su Mustang dañado.

—¿Qué no llamemos a la policía? —preguntó con una voz peligrosamente baja mientras se acercaba a mí—. Así Jess no sufrirá ninguna consecuencia, ¿verdad? No tendrás que asumir ninguna responsabilidad por tus actos.

Ahora estaba justo delante de mí, a pocos centímetros. Detrás de él, Vincent estaba apoyado en una gran caja de herramientas con los brazos cruzados.

Manson se metió la mano en el bolsillo y sacó un móvil bastante antiguo y con la pantalla rota. Lo desbloqueó y me lo puso delante.

—Llámala. Llama a la policía. Créeme, prefieres que se ocupen de ti ellos antes que yo.

Lucas me soltó cuando cogí el móvil con manos temblorosas. Las miradas que me lanzaban los cuatro podrían haber derretido vigas de acero mientras abría el teclado y mi pulgar se cernía sobre el nueve.

Negué con la cabeza y le devolví el móvil.

—No. —No podía mirarle a los ojos, así que me quedé mirando el suelo cubierto de cristales y mordiéndome el interior de la mejilla—.

No quiero involucrar a la policía. Prefiero…

—Tragué saliva. ¿Qué demonios estaba haciendo?

La sensación que tenía en el vientre no era miedo; era otra cosa, algo extraño—. Quiero que esto quede entre nosotros.

Manson abrió mucho los ojos y sus cejas desaparecieron bajo el pelo que le caía suelto sobre la frente.

Jason se frotó la cara con las manos.

—No me lo puedo creer —gruñó—. No me puedo creer esta mierda.

Vincent se echó a reír, fue una risa baja que sonaba verdaderamente maníaca.

—Así que Jess quiere que quede entre nosotros. Vienes aquí, destrozas nuestras cosas…

—Oh, lo has entendido todo mal, Vince —dijo Jason, con la cabeza aún inclinada sobre su coche estropeado—. Ella vino aquí inocentemente y no hizo nada malo. No es culpa suya, como de costumbre.

La culpa que me invadía era abrumadora, demasiado intensa como para soportarla. Aunque yo no había roto nada, había estado allí. Había seguido a Alex y a los demás, había entrado sin permiso, había participado.

Lucas tenía razón. Necesitaba un castigo. Lo sabía y lo temía tanto como lo deseaba con desesperación. Cualquier cosa con tal de que desapareciera ese sentimiento de culpa y arrepentimiento que me aplastaba.

—La he cagado. Sé… Sé que esto es malo. —Tragué saliva. Lo que estaba a punto de pedir me resultaba tan difícil como clavarme unos anzuelos en las entrañas, pero tenía que hacerlo—. Lo entiendo, estáis enfadados. Estáis enfadados y…

—Enfadados se queda corto —gruñó Lucas cerca de mi oído, con los dientes apretados.

El corazón me latía como el de un conejo enfrentándose a lobos, un conejo muy tonto que se había adentrado en su madriguera y se había quedado allí el tiempo suficiente como para que lo atraparan.

Aunque intentara parecer valiente, dudaba que funcionara.

Respiré hondo.

—Puedo soportarlo —dije.

Manson frunció los labios y me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Puedes soportarlo? ¿Qué crees que estás soportando ahora mismo? Estamos bastante tranquilos, teniendo en cuenta lo que estamos viendo, Jess. Si te mostráramos nuestra ira de verdad, cambiarías de opinión.

—Entonces enseñádmela —pedí—. Castigadme, si es lo que queréis hacer. Lo soportaré. Me lo merezco.

Vincent volvió a reírse, pero esta vez Lucas se unió a él. Me alarmó tanto que me giré para mirarlo, estaba de pie entre las sombras, detrás de mí, con la bombilla sobre él parpadeando ligeramente.

Estaba… Joder… Lucas estaba sonriendo.

—¿Qué te castiguemos? —preguntó—. ¿Eso es lo que quieres? ¿Te parece un jueguecito divertido? Porque esto —miró a su alrededor, con una sonrisa peligrosamente tensa—, esto no parece un puto juego. Parece que por fin te has ganado unas putas consecuencias.

—Bien —acepté, cada palabra era un balbuceo—. Recuerdo mi palabra de seguridad. Simplemente podéis…

Manson se giró hacia mí como si fuera una víbora, con su cuerpo delgado retorcido por la furia. Sus ojos oscuros parecían casi negros cuando me miró.

—Sé lo que estás haciendo —dijo con un silbido peligroso en la voz—. ¿Crees que por tener una palabra de seguridad no te castigaremos como es debido? ¿O es que has olvidado lo que es estar sobre mis rodillas?

Claro que no lo había olvidado. Verme inclinada sobre su regazo en medio de una fiesta había sido uno de los momentos más decisivos de mi vida, por extraño que pareciera.

Había aceptado el reto de servirle, pero nunca esperé que me ofreciera una palabra de seguridad, dándome una vía de escape en caso de que las cosas se volvieran demasiado difíciles.

Esa palabra me daba la libertad de patalear y llorar sobre su regazo con total desenfreno, sabiendo que tenía una salida si la necesitaba. No me harían daño, pero tampoco me lo pondrían fácil.

No me merecía que fuera fácil. Quería borrar la vergüenza, deshacerme de ella lo más rápido posible. La única forma que conocía era aceptar las consecuencias que ellos me pusieran.

Manson observaba mi rostro con los ojos entrecerrados. Era una mirada afilada y acusadora, que buscaba cualquier grieta en mi determinación.

—No sabes qué coño estás pidiendo —espetó, apartándome un mechón de pelo de la cara; el breve contacto de sus dedos en mi mejilla fue eléctrico—. Te haremos llorar. Te haremos daño.

Detrás de él, Jason me miró con frialdad.

—Y disfrutaremos cada puto segundo.

Oh, joder.

De repente, la culpa que sentía se vio invadida por una oleada de deseo intenso.

—Entonces hacedme daño —dije—. Os estoy diciendo que acepto las consecuencias.