14
Lucas
—¿Quieres dejar de retorcerte? ¿O voy a tener que atarte?
Resoplé burlón ante la sugerencia de Manson y me obligué a quedarme quieto en el borde de la bañera. La adrenalina de la pelea había bajado y por fin sentí que podía dormir un poco, pero Manson estaba demasiado alterado por mi labio roto y mi nariz hinchada.
En realidad, no era nada grave. Dudaba que tuviera la nariz rota y, si lo estaba, ¿qué más daba? No sería la primera vez.
Pero para Manson sí era grave y esta era su forma de disculparse sin decirlo con palabras. No le dejaría disculparse en voz alta porque no tenía nada de qué arrepentirse. No era su maldita responsabilidad protegerme.
—Más te vale no sentirte culpable —le advertí, y mi movimiento hizo que volviera a fulminarme con la mirada antes de volver a limpiarme el labio.
Necesitaba puntos, pero no me importaba. Las heridas se curaban. Quizá dejaran cicatrices y acabaran quedando feas, pero no me importaba.
—Nada de lo que ha pasado esta noche ha sido culpa tuya, así que no le des más vueltas —insistí.
Entrecerró los ojos aún más.
—Sí, excepto que tenía la sensación de que las cosas iban a salir mal. Debería haber…
Lo agarré de la muñeca y le aparté la mano de mi cara.
—Para. Deja de culparte por ello, joder. Que me den un puñetazo en la cara no es nada nuevo para mí. Si lo miras con perspectiva, ha sido una noche estupenda.
No parecía muy convencido.
—¿Cómo lo sabes?
—Nadie recibió un disparo —argumenté—. No apuñalaron a nadie. No estoy en el hospital. —Me encogí de hombros—. A mí me parece que ha sido una noche llena de éxitos.
Él negó con la cabeza y apartó mi mano. Jojo y Haribo ladraban abajo, probablemente porque necesitaban salir otra vez. Manson empezó a untarme la cara con algo que olía mal y yo hice todo lo posible por quedarme quieto.
—Todavía tienes sangre en los dientes —dijo.
—Te gusta. Es sexy , ¿verdad?
Eso por fin le arrancó una sonrisita. Quizá aún no estaba listo para dormir. Quizá necesitaba liberar un poco de energía acumulada primero, sobre todo teniendo en cuenta que las cosas se habían subido bastante de tono con Jess antes de que lo cortara de golpe.
—Más te vale no mirarme así —advirtió Manson mientras la mano con la que me agarraba la mandíbula para mantener mi cabeza quieta me agarraba más fuerte—. A menos que un puñetazo en la cara no haya sido suficiente dolor para ti.
No era suficiente. Nunca era suficiente. Esa era parte de la razón por la que él y yo nos llevábamos tan bien, parte de la razón por la que encajábamos tanto en el trabajo como en la cama. Explorar los límites de lo que era capaz de soportar era algo para lo que confiaba en él, pero solo en él.
Me pasé la lengua por los dientes y bajé la mirada hacia su evidente bulto.
Estaba tan jodidamente bueno que quería clavarle los dientes en la piel, morderlo hasta hacer que sangrara y dejar que él me hiciera daño a cambio.
Dejaba que me dominara porque era la única forma de liberarme, de liberarme de verdad.
Por aterrador que fuera hacerlo, era una válvula de escape que necesitaba con desesperación.
Joder, esos perros estaban haciendo mucho ruido. Demasiado.
Manson y yo nos detuvimos. Se oía un ruido extraño, apenas perceptible por encima de la música que sonaba en su habitación, un chirrido repetitivo. Nos miramos y él frunció aún más el ceño.
—¿Eso es…? —empezó a decir.
Antes de que pudiera terminar la frase, Vincent irrumpió en la habitación, poniéndose una camiseta por la cabeza para ocultar la pistola que llevaba metida en los vaqueros.
—Garaje —fue lo único que dijo antes de salir corriendo por el pasillo.
Nos levantamos a toda prisa.
Era nuestra alarma. Había alguien en el garaje.
Bajamos corriendo las escaleras, donde los perros se agolpaban frente a la puerta, ladrando frenéticamente.
Agarré el bate de béisbol que había en la esquina, un arma que teníamos a mano por si acaso ocurría algo así.
Jason también llevaba un bate, probablemente el que teníamos cerca de la puerta de atrás.
Después de la noche que habíamos pasado, no íbamos a correr el riesgo de que nos pillaran desarmados.
Los perros salieron corriendo en cuanto Manson abrió la puerta.
Una nube de polvo se extendió por el patio cuando una camioneta se alejó a toda velocidad por la carretera, pero los perros no estaban interesados en ella.
Corrieron hacia los árboles que había al fondo de la propiedad y sus gruñidos y ladridos frenéticos dejaron claro que no solo estaban persiguiendo sombras.
Esos cabrones habían dejado atrás a uno de los suyos. Alguien estaba corriendo por allí y yo tenía toda la intención de utilizar a esa persona para dar ejemplo.
Corrimos tras los perros, siguiendo a quien fuera que estuviera entre los árboles. Nos vimos obligados a reducir la velocidad al dispersarnos, avanzando con dificultad entre la maleza. Se oyó un clic y se encendió un haz de luz: la linterna que Vincent llevaba en la mano iluminaba nuestro camino.
—¡No hay salida por aquí atrás! —grité, alzando la voz para que resonara entre los árboles—. ¡No puedes huir para siempre, hijo de puta!
Hice girar el bate entre mis manos, sintiendo cómo la energía vibraba a través de mí.
Estaba hasta los huevos. Hasta los putos huevos.
Ni siquiera había visto el interior del garaje, pero habían ido demasiado lejos en el momento en que pisaron nuestra propiedad.
Eran años de acoso que habían llegado a su límite.
Era hora de que alguien pagara por ello, había que darles una lección.
Tendrían suerte si recuperaban a su amigo de una pieza.
A mi izquierda, a unos metros de distancia, Manson hacía girar su navaja entre los dedos. Al abrirse, reflejó la luz de la luna, brillando antes de desaparecer rápidamente.
—No hay a donde huir —gritó Vincent, acompañando sus palabras con una risa maníaca mientras decía—: ¡Sal, colega! Solo vamos a darte una paliza de nada.
Se oyeron unos ruidos extraños más adelante: gruñidos y jadeos, y luego un chillido.
Dios, esperaba que fuera Alex. Estaba deseando ponerle las manos encima a ese capullo.
Los más probable era que el cobarde se pensara que podría encontrar una salida por aquí atrás, pero la valla estaba coronada con alambre de espino y no había ningún otro lugar al que huir.
Jojo y Haribo estaban al pie de uno de nuestros árboles más grandes, con el pelo erizado y la espalda en tensión mientras ladraban a las ramas. Haribo seguía intentando saltar, pero esas piernas rechonchas no podían levantarlo más de treinta centímetros del suelo.
Me apoyé el bate en los hombros y entrecerré los ojos. Apenas podía ver una figura aferrada al árbol, encajada entre las ramas.
Fruncí el ceño. El intruso parecía más pequeño de lo que había imaginado.
—Vas a tragarte tus propios dientes, imbécil —soltó Jason, con una voz tan baja que dudaba que el intruso lo hubiera oído; era una promesa más para sí mismo que para cualquier otra persona.
Pero allí había algo que no cuadraba. Había algo familiar en las respiraciones desesperadas del intruso y en los pequeños gemidos de miedo que las acompañaban.
Vincent también lo notó y alumbró las ramas con la linterna.
—¿Qué cojones?
Unos grandes ojos verdes nos miraban fijamente.
Jessica tenía los brazos fuertemente agarrados a la rama junto a la que estaba encajada, en un equilibrio precario en la estrecha V entre dos ramas.
Tenía el pelo rubio revuelto y las mejillas rojas, con el rostro congelado en una expresión que era en parte de terror y en parte de alivio.
—¿Jessica? —La voz de Manson estaba sin aliento, cargada de incredulidad—. ¡Eh, Jojo! ¡Bo! ¡Parad!
Chasqueó los dedos y los perros se calmaron al instante.
Los ojos de Jess se posaron en nosotros, pasando rápidamente de nuestras expresiones de sorpresa a los bates que teníamos en las manos.
—¿Por qué tenéis eso? —preguntó al final, y creo que en mi cerebro se quebró algo.
—¿Esto? ¿Tú qué crees? ¿Para qué mierdas crees que pueden servir? —pregunté, y con la voz cada vez más alta a medida que me acercaba a la risa, levanté el bate y me acerqué a la base del árbol para ponerme junto a Manson.
Apretó los dientes como la niñata orgullosa que era. Su miedo disminuía, sustituido por algo mucho más absurdo.
—No serías capaz —dijo en voz baja.
Apreté los dientes con tanta fuerza que creí que se me iban a romper. Miré a Manson, pero tenía una expresión sombría, contrariada, mientras la miraba y cerraba la navaja, guardándosela en el bolsillo.
—Baja de ahí —pidió con una voz mucho más tranquila de lo que yo era capaz en ese momento, pero había algo en su tono que no pasaba desapercibido—. Ahora.
Jess negó con la cabeza enseguida.
—No. Creo que aquí estoy más segura.
—Estás completamente a salvo —dijo Jason, golpeando el suelo una y otra vez con su bate—. Baja.
—Volved adentro —dijo ella—. Llevaos también a los perros. Entonces me iré.
—¿Irte? —preguntó Vincent—. No, no, no, Jess, no te vas a ir. Tenemos una charlita pendiente.
—No, gracias. No creo que eso… ¡Ah, mierda!
Intentó cambiar de posición, pero su zapato se quedó atascado entre las ramas y resbaló, cayendo de cabeza.
Por suerte para ella, Manson estaba allí para atraparla.
Consiguió agarrarla antes de que llegara al suelo, tropezando un poco, pero manteniéndose de pie.
Enseguida empezó a retorcerse, pero Manson no la soltó.
Se la colocó sobre el hombro, sujetándole las piernas con un brazo.
—¡Suéltame! —chilló, pataleando y retorciéndose como un pez fuera del agua.
Pero él siguió caminando, dirigiéndose hacia el garaje con nosotros detrás. Los perros se mantuvieron pegados a sus talones, intentando olfatear la cara de Jessica.
—¡Suéltame! ¡Joder!
Ella le dio un golpe en el culo en un último intento por escapar, pero Manson solo se rio.
Por mucho que Jessica me hiciera sentir como si estuviera perdiendo la cabeza, también la entendía mucho mejor de lo que ella creía.
Se parecía demasiado a mí, en el peor de los sentidos.
Impulsiva. Orgullosa. Tan jodidamente terca…
Pero como entendía esas partes de ella, también entendía lo que necesitaba.
Atención, de la de verdad, centrada, cuatro focos de atención sobre ella.
Y ahora iba a tenerla.