13 #2
El aire frío me azotaba el pelo, y no tardé mucho en empezar a temblar.
No sabía a dónde íbamos, pero avanzábamos a toda velocidad por una carretera oscura a medianoche, apiñados en la parte de atrás de la camioneta de Nate.
Danielle y Alex iban en la cabina con Nate, mientras que Veronica, Candace y Matthew iban detrás, conmigo.
Nate tenía la radio a todo volumen, pero por lo demás estábamos en silencio, con la tensión cerniéndose sobre nosotros como una nube venenosa.
Mi nerviosismo aumentaba con cada giro que daba Nate.
Reconocía este camino de tierra, lleno de baches y apenas lo suficientemente ancho para que pasara la camioneta.
Las ramas bajas de los enormes nogales negros azotaban el vehículo mientras reducíamos la velocidad y la suspensión crujía con cada bache y cada desnivel.
Sabía a dónde íbamos.
La casa de los Reed estaba apartada y tenía un gran patio de tierra.
La valla metálica era vieja y tenía abolladuras en algunos puntos, pero una nueva puerta protegía la entrada, asegurada con una cadena y un candado.
Unos árboles grandes flanqueaban la casa, que era una monstruosidad construida con madera oscura y un porche que la rodeaba.
Habría sido una casa preciosa si la hubieran cuidado, pero los padres de Manson nunca habían sido capaces hacerlo ni habían querido intentarlo.
—¿No vive aquí la madre de Manson? —pregunté, casi en un susurro.
Por lo que yo sabía, Manson vivía con la familia de su asistente social, los Peters, mientras que su madre vivía aquí y su padre había vuelto a desaparecer.
Nate apagó la radio y condujo despacio por la carretera, pasando por la puerta principal y dirigiéndose hacia el otro lado de la propiedad.
—Murió —me contó Matthew, y esa afirmación hizo que se me encogiera el corazón; ni siquiera conocía a esa mujer, solo sabía que solía emborracharse y que rara vez salía de casa—. Le dejó la casa a Manson y ese bicho raro no ha hecho una mierda con ella. Deberían quemarla.
En el extremo más alejado de la propiedad, había un gran garaje con paredes metálicas, iluminado por unos focos situados en el exterior.
En la pared que daba a la carretera había un mural pintado con grafitis que representaba los cuatro coches de los chicos rodeados de remolinos de neón.
Sin duda, eso no era algo que hubieran podido pintar los padres de Manson.
Entonces, ¿quién lo había pintado? ¿Uno de los chicos?
Nate detuvo la camioneta y apagó el motor. Parpadeé rápidamente, confundida, mientras todos comenzaban a bajar de la camioneta.
—Eh, ¿qué estamos haciendo?
—Divirtiéndonos —contestó Danielle, que no se separaba de Nate, con aspecto de que las copas por fin le habían subido.
Nate llevaba unas cizallas enormes y Alex tenía un martillo, además de una sonrisa desagradable en el rostro.
—De hecho, han empezado a llamar a este sitio Losers Garage —dijo Mathew, riéndose entre dientes—. Como si estuvieran orgullosos, los cabrones.
El pánico me invadió como una ola de frío cuando Nate utilizó las cizallas para hacer un agujero en la verja. Esto no era solo una travesura, era literalmente allanamiento de morada.
—¿No tienen perros? —susurró Matthew mientras se deslizaba por la valla delante de mí.
—¿Perros? —pregunté—. ¿Hay perros aquí?
Me quedé atrás, pero Candace me agarró del brazo antes de agacharse para pasar por la verja y me arrastró con ella.
—Cállate —siseó Alex—. Me importa una mierda, como si tienen elefantes ahí dentro.
Nos arrastramos por el interior de la verja, todos agachados. Aquello era una auténtica locura. No deberíamos estar aquí, ni locos.
Debería haber dado media vuelta. Pero era como ver mi propio accidente de tren, como si una parte de mí ya hubiera aceptado que algo horrible iba a suceder.
Llegamos al lateral del garaje. Había una cámara apuntando hacia la puerta, iluminada por una luz cenital, y Nate siguió el rastro de cables hasta una pequeña caja gris. Dentro había más cables enredados y disyuntores.
—¿Sabes cuáles hay que cortar? —preguntó Danielle.
—Nop —respondió Nate, antes de blandir las cizallas como si fueran un bate de béisbol y destrozar los fusibles.
Los focos parpadearon y se apagaron, sumiéndonos en una oscuridad casi total. Nate siguió adelante, cortando los cables con una determinación temeraria.
—Chicos, de verdad que esto es…
Alex me dio un golpecito en el brazo, interrumpiéndome mientras señalaba con el dedo una pala apoyada contra el garaje.
—Coge eso —me ordenó, y yo la levanté con cuidado—. Si algo te ladra, golpéalo.
No iba a golpear a un perro, ni hablar. Prefería dejar que me mordieran antes que intentar hacerles daño, pero, tal vez, al menos el mango de madera podría servir como barricada si me atacaban.
«Si me atacaban». Dios, esto era demencial. Esto era una puta locura.
Nate dio una patada con su enorme pie en la puerta, rompiéndola.
Sonó una alarma y se encendieron las luces, a pesar de los esfuerzos de Nate por cortar la electricidad.
Me quedé clavada en la puerta, con la pala en las manos, mientras los demás se apresuraban a entrar.
Era espacioso, con una escalera a mi derecha que conducía al piso superior, pero ellos solo estaban interesados en los coches.
El Mustang, el Chevrolet El Camino, el Nissan 350Z, el Subaru WRX azul…
Y, contra la pared del fondo, un Ford Bronco con los neumáticos enormes que ya conocía.
El sonido del cristal rompiéndose resonó con fuerza en mis oídos cuando Matthew estrelló un ladrillo contra la luna delantera del Mustang.
Alex gritó emocionado mientras golpeaba con su martillo el capó del Chevrolet El Camino, y Veronica le siguió golpeando la ventanilla del copiloto con una barra de metal.
Nate estaba rompiendo las ventanillas del Subaru con las cizallas y Danielle se reía mientras arañaba con las llaves la carrocería del 350Z.
¿Qué demonios estaba haciendo aquí? ¿Qué hacía? A lo lejos, podía oír ladrar a los perros. La alarma era tan dolorosamente ruidosa que no podía pensar.
Veronica se inclinó hacia la ventana rota del Chevrolet El Camino y escupió en el asiento, sonriéndome todo el tiempo.
—No es la primera vez que babeo un poco estos asientos.
La alarma era un rugido en mis oídos.
No quería pensar en eso. No quería imaginar a Veronica sentada donde yo me había sentado, con la boca sobre Lucas.
No quería pensar en las cosas que él me había dicho.
No quería sentir la desaprobación y la incertidumbre en las miradas de todos mientras corrían sobre los cristales rotos cuando yo apenas había cruzado el umbral.
—¡Tenemos que largarnos! —dijo Nate, que corrió hacia la puerta con Danielle y Veronica detrás.
Alex volvió a golpear el Chevrolet El Camino con la llave inglesa mientras Matthew clavaba una cuchilla de afeitar en los neumáticos.
—¡Date prisa, Jess! ¡Creía tú también ibas a participar!
¿Y si no lo hacía? ¿Qué pasaría entonces? Rechazo. Ostracismo. Ni siquiera sabía quién lo había gritado, pero supongo que no importaba. Podría haberlo gritado el propio universo.
Todos los dedos que había señalado, todas las cosas crueles que había dicho podían volverse fácilmente en mi contra. Y lo harían.
Pero esto estaba mal, demasiado mal, nunca debí haber venido.
El corazón me latía con fuerza, el pánico hizo que me sintiera débil.
Contuve la respiración y me preparé para darme la vuelta y enfrentarme a ellos, para decirles que no quería ser parte de esta puta mierda.
Pero cuando me giré, me di cuenta de que ya se habían ido.
Todos. El garaje estaba vacío y el rugido del motor de la camioneta me indicó que me habían abandonado allí.
Me habían dejado atrás y los ladridos de los perros sonaban cada vez más cerca.