La deuda (Losers 1) 13
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Jessica

Cuando el Chevrolet El Camino se alejó, con el rugido del motor desvaneciéndose en la noche, me sentí completamente sola.

Todo había sucedido muy rápido. Cuando me interpuse entre Alex y Jason, fue algo impulsivo, puro instinto. Ni siquiera noté cuando Alex me puso las manos encima. Estaba tan llena de adrenalina que no pude pensar en las consecuencias de lo que estaba haciendo.

Pero ahora que todo había terminado, la realidad me golpeó con fuerza.

Me habían puesto cristales rotos en la cara y aún podía sentir los dedos de Alex apretándome la garganta. ¡Se había atrevido a ponerme las manos encima!

Y las personas que dieron un paso al frente para defenderme ni siquiera eran aquellas a las que yo llamaba amigos. Mis «amigos» solo se habían quedado mirando.

Pero Vincent y Manson, Jason…, incluso Lucas… Ellos me habían defendido. Al instante, sin dudarlo, todos.

Debería haberme ido con ellos.

Entonces recordé las palabras de Lucas y mi ira volvió.

Me había cabreado muchísimo al llamarme hipócrita y al decirme que solo quería llamar la atención. Y lo había hecho mientras demostraba lo desesperada que estaba, lo rápido que cedía en cuanto nadie miraba.

Fue humillante y, para empeorar las cosas, parecía muy satisfecho de sí mismo, como si me tuviera calada, como si me conociera mejor que yo misma.

«Necesitas a alguien que te castigue como es debido», dijo, como si fuera una niñata malcriada. Qué descarado. No quería que él me castigara. Ni ninguno de ellos. Ni nadie. No quería que nadie me cuidara.

Podía cuidar de mí misma y empecé en cuanto me di la vuelta y me volví furiosa hacia Alex.

—¡Cómo coño te atreves a ponerme las manos encima! —grité, empujándolo del pecho con todas mis fuerzas.

Dio un paso atrás tambaleándose y entrecerró los ojos con una mirada peligrosa que habría hecho retroceder a una persona más inteligente. Pero yo no lo hice. Toda esa furia tenía que salir por alguna parte y, cuanto más pensaba en lo que acababa de pasar, más inaceptable me parecía.

—Es culpa tuya —espetó Alex—. ¿Qué demonios te pensabas que estabas haciendo? La próxima vez apártate de mi camino.

Dio un paso hacia mí, pero yo no retrocedí. Si quería llegar a las manos, estaría encantada. Su ridícula actitud machista no me asustaba. Pero la cabeza me daba vueltas, todo el alcohol que tenía en las venas me recordó que sobre todo era mi valor líquido el que hablaba. O mi estupidez líquida.

Las personas que nos rodeaban estaban claramente incómodas, pero nadie más dijo nada. Intentaban mirar mientras apartaban la vista, como si pensaran que, si no miraban directamente nuestra confrontación, entonces no serían responsables de intervenir.

—¡Jessica! —me llamó Danielle.

Por mucho que detestara dejar que Alex se sintiera el vencedor, me alejé de él y volví con las chicas. Alex podía montar su rabieta, pero yo no iba a perdonarle por esto. Borracho o no, no había excusa.

—Tía, ¿qué pasa? —preguntó Danielle cuando me reuní con Candace y con ella—. ¿Por qué te has metido? Alex está cabreado.

—Deberías haber dejado que se pelearan —dijo Candace negando con la cabeza y dando un largo trago para terminarse su copa.

Danielle frunció los labios y me miró. Podía ver cómo pensaba y no me gustaba nada.

—¿Por qué fuiste con él? —preguntó con tono acusador.

Bebí un sorbo de mi bebida y me limité a encogerme de hombros. Bueno, en realidad no fue un sorbo, sino que me la bebí a grandes tragos, con avidez, con desesperación.

—Me pareció divertido. ¿Hay algún problema?

La maldad en su expresión aumentó mientras la miraba fijamente. Los ojos de Candace se movían rápidamente de la una a la otra, aunque no se atrevía a decir ni una palabra. Por un momento, pensé que Danielle lo dejaría pasar.

Pero entonces sus labios se curvaron en algo parecido a una sonrisa.

—Me hace gracia que la última vez te divirtieras un poco con Manson y esta vez lo hagas con Lucas —comentó—. ¿Quién será el siguiente, Jess?

Por el rabillo del ojo, pude ver que la gente nos miraba.

Alex daba vueltas de un lado a otro mientras esperaba a que llegara la grúa, jurando y perjurando que iba a «hacérselo pagar».

Había un charco de aceite que se extendía lentamente alrededor del Hellcat y oí a alguien decir que había cambiado a tercera cuando quería cambiar a quinta, cargándose la caja de cambios.

Era culpa suya, pero seguía decidido a culpar a otro.

—Cállate, Danielle —le solté—. Déjalo de una puta vez.

La gente se estaba marchando ahora que la carrera había terminado.

Pero Veronica seguía allí y estaba hablando con Alex.

Su mirada no dejaba de dirigirse hacia mí, como si estuviera esperando a ver qué hacía.

Asintió con simpatía a la ira de Alex, agarrándolo del brazo de una manera demasiado amistosa.

Ya había encontrado su próximo objetivo.

Me sonrojé y la piel me empezó a arder.

¿Así era como me veía Lucas? ¿Saltando de una persona a otra como una desesperada en busca de atención? Respiré hondo e intenté obligarme a estar lo suficientemente sobria como para conducir hasta casa. Pero la cabeza me zumbaba y aún no me sentía cómoda para ponerme al volante.

Danielle y Candace estaban charlando y, por una vez, me alegré de no poder oír lo que decían.

Lo notaba por todos lados, pinchándome la piel como si fueran unas uñas afiladas.

Juicio. Desaprobación. Sospecha.

No encajaba allí.

De repente, Alex lanzó el botellín de vidrio vacío contra un árbol y el sonido del vidrio rompiéndose me sobresaltó.

—¡Puta mierda! —gritó, con una voz que alcanzaba ese volumen desgarrador de furia desenfrenada—. Antes no era así, tío. Esos hijos de puta sabían cuál era su sitio.

Nate y Matthew asintieron, de acuerdo con él, con el rostro inexpresivo.

—Tampoco teníamos problemas como este hasta que empezaron a aparecer por todas partes —añadió Danielle, mirando a Candace—. ¿Quién saca una pistola así?

—Eso es lo que pasa cuando la gente empieza a compadecerse de ellos —intervino Veronica, como si el verdadero problema fuera solo una empatía no merecida—.

Siempre han sido basura. ¿Sabíais que Kathryn Peters pagó la terapia de Manson de su propio bolsillo?

No sirvió de nada. Sigue llevando esa navaja encima como si estuviera esperando la oportunidad de apuñalar a alguien.

—Nunca ha apuñalado a nadie —dije.

Alex se giró y me señaló con el dedo.

—¿Por qué demonios sigues aquí? ¿Por qué no te largaste con tus novietes? —Frunció los labios con disgusto—. ¿O es que ellos tampoco te querían?

Apreté los puños y lo miré con furia desde mi asiento.

—Joder, tienes que aprender a controlarte, Alex —espeté—. ¡Tú has sido el que empezó todo! —Señalé su coche, alzando la voz—. ¡Esto es culpa tuya! Podría haber habido heridos graves. No sabes aceptar la derrota. En lugar de eso, ¡te comportas como un crío!

—Mira quién habla —se mofó—. No puedes resistirte a ser el centro de atención, ¿verdad? Siempre tan ansiosa por meterte en líos que ni siquiera te incumben.

Quería provocarme y ya notaba más palabras furiosas brotándome en la garganta. Me habría sentado muy bien enfadarme con él, gritarle y cabrearme por lo que había hecho. Pero no tenía forma segura de volver a casa, estaba allí atrapada, con ellos.

Cuando le dije a Jason que no necesitaba que me salvara, estaba muy equivocada.

Pero, para mi sorpresa, Danielle habló.

—Tranquilízate, Alex —intervino con tono aburrido—. Jess solo se estaba divirtiendo un poco con ellos. No está con ellos. —Me miró, pero la mirada que me dirigió fue rara—. Está de nuestra parte.

No sabía si me estaba tranquilizando o advirtiendo.

—Necesito beber agua —murmuré, levantándome de mi asiento para volver a mi coche.

La grúa acababa de llegar, lo que distrajo momentáneamente a Alex de su cabreo mientras cargaban el Hellcat en la plataforma.

Cogí una de mis botellas de agua del asiento trasero y me la bebí de un trago, pero no me calmó el estómago revuelto.

Seguía obsesionada con lo que Lucas me había dicho. Quizá les debía una disculpa. Por haberles contestado mal, por haber sido tan grosera, por… Dios, por tantas cosas. Pero después de esta noche, era muy probable que no volviera a verlos nunca más.

Quizá fuera lo mejor. Juntos éramos demasiado volátiles; las emociones estaban demasiado a flor de piel. Me hacían sentir como si no supiera qué decir ni cómo actuar. Todo era muy confuso con ellos y probablemente fuera culpa mía.

Después de todo, era yo la que no se había comunicado, la que había desaparecido sin avisar.

Volví del coche y me encontré a todos mirándome expectantes. Parecía que mientras yo me perdía en mis pensamientos, ellos ya habían planeado el resto de la noche.

—¿Y tú, Jess? —preguntó Alex—. ¿Vienes o qué?

—Depende de a dónde vayáis —respondí con los brazos cruzados.

Candace se encogió de hombros.

—Cualquier lugar es mejor que pasar toda la noche sentada en el bordillo, ¿no?

En ese momento, no estaba segura de si eso era cierto. Quizá quedarme allí sola en la oscuridad fuera mejor idea que ir con ellos.

—Venga, Jess, será divertido —me animó Danielle—. Sé que hasta ahora ha sido un asco, pero aún queda mucha noche, ¿no? Podemos darle la vuelta.

Veronica me miraba con los ojos entrecerrados y una sonrisa burlona.

¿Qué le hacía tanta gracia? Probablemente esperaba que me negara, seguro que eso le encantaría.

Sería una victoria para ella que me sintiera tan incómoda como para quedarme atrás.

En ese momento estaba dispuesta a ir solo para fastidiarlos a todos.

—Claro, lo que sea —acepté—. Vamos, pues.

—¿Ves, Alex? —dijo Danielle—. Te lo dije, Jess siempre está dispuesta a divertirse.

Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda, aunque no estaba muy segura de por qué. Me parecía que algo no iba bien. Pero ni loca iba a dejar que me intimidaran.

—De acuerdo —asintió Alex—. Vamos a divertirnos.