La deuda (Losers 1) 12
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Vincent

El puñetazo de Alex empujó a Lucas contra el Chevrolet El Camino y todo se movió a cámara lenta. Los ojos de Lucas se pusieron en blanco mientras los gritos resonaban a mi alrededor. Jason agarró a Lucas, impidiendo que cayera…

Entonces todo volvió a la velocidad normal.

Manson se encaró con Alex, que lo agarró del cuello, enganchando los dedos en su camiseta mientras gritaba. Jason dejó a Lucas sobre el capó y le dio un fuerte empujón a Alex, alejándolo de Manson y colocándose entre ellos, con los puños cerrados y alzando la voz.

Yo no era de los que luchaban. Nunca lo había sido. Podía salir airoso de casi cualquier situación con mi labia y no le veía sentido a empeorar las cosas. A palabras necias, oídos sordos, colega. No estaba hecho para eso; solo era un fumeta flacucho con el cerebro frito.

Pero llevaba vendiendo pastillas y hierba desde tercero, así que ser capaz de calmar una situación tensa me había salvado la vida. Por desgracia, eso no siempre era posible. A veces, las cosas se ponían feas.

Jason lanzó un puñetazo tan fuerte que le partió el labio a Alex y la sangre le corrió por la barbilla. Nate se abalanzó sobre ellos, pero Manson le clavó una mirada que me heló la sangre.

Era como volver al instituto.

Nosotros contra ellos.

Alex agarró un botellín de cerveza del suelo, rompió el extremo contra el asfalto y apuntó con el cristal afilado y puntiagudo a la cara de Jason.

—Pégame otra vez, maldito hijo de…

Ya estaba metiendo la mano debajo de la chaqueta antes de que terminara la frase. Mis dedos rozaron la empuñadura de la pistola que llevaba en los vaqueros y una fría determinación mantuvo mi mano firme mientras mis dedos la agarraban.

—¡Ya! ¡Parad!

Jessica corrió y se interpuso entre Alex y Jason, una decisión muy imprudente por su parte. A Alex no le importaba quién se interpusiera en su camino; ella era otro obstáculo que debía eliminar. Extendió la mano y la agarró por el cuello, apretando, con la botella de cristal aún en alto.

Nada más ver cómo le ponía las manos encima, sentí cómo una sombra oscura y fría se apoderaba de mi mente.

—Eh. No le toques ni un puto pelo.

No fue mi voz lo que hizo que todos se quedaran quietos. Fue el clic que la acompañó, el sonido audible de una bala lista para ser disparada. Todos se quedaron mirando, con los ojos muy abiertos y quietos.

Alex jadeó, con la botella a poca distancia de la cara de Jessica.

Apunté con la pistola a su cráneo y Manson rodeó con el brazo los hombros de Jess para presionar su cuchillo contra la garganta de Alex.

Jason estaba justo detrás de él y Lucas se colocó al otro lado, con la sangre brotándole de la nariz y manchándole de rojo los dientes al descubierto.

—¿Quieres pelea, hijo de puta? —preguntó Lucas, escupiendo sangre en dirección a Alex—. Vamos. Venga, joder. Pero si le pones la mano encima a ella un segundo más, te voy a romper todos los dedos antes de que Vince te meta una bala en la cabeza.

Los ojos de Alex se posaron en mí, abriéndose ligeramente. Los grandotes de sus amigos no podían hacer nada contra una pistola, pero aun así teníamos que largarnos de allí antes de que la situación empeorara. Estábamos en medio de la nada y, desde luego, yo no era el único que llevaba un arma.

A pesar de que Alex la tenía cogida del cuello, Jess no se echó atrás.

Ni siquiera parecía asustada. Lo miraba fijamente, con los ojos entrecerrados y los puños apretados a los lados, como si fuera a pelear con él.

Hubiera pagado por ver cómo le daba un puñetazo en la cara, pero tenía que sacarla de allí para que no corriera peligro.

Cuando Alex la soltó, ella sonrió con aire burlón y levantó un poco más la barbilla.

—Muévete, Jess —pidió Manson, con voz baja, pero fácil de oír en el silencio sobrecogedor.

—Tienes que parar —dijo y se volvió hacia él con los ojos muy abiertos, decidida pero desesperada—. Todos. Por favor.

Cuando sus ojos se posaron en mí, me di cuenta de que aún no había visto el arma. Su rostro se tensó por la sorpresa, abrió y cerró la boca varias veces sin decir nada.

Bajé el arma y la guardé bajo mi camiseta. Pero ella seguía mirándome.

—¿Qué cojones, Vincent? —murmuró en un suspiro.

—Sí, así es —dijo Alex, como si su sorpresa le diera la razón.

Dicho eso, dio un paso atrás, acercándose a Nate y sus amigos más corpulentos. Probablemente, el cobarde se sentía más seguro rodeado de ellos.

—¿Sigues pensando que son buenos chicos, Jess? Solo los verdaderos caballeros llevan pistolas y navajas a una carrera, ¿eh?

Los murmullos se extendieron entre la multitud.

Era nuestra señal para largarnos, cuanto antes mejor.

Le hice un gesto con la cabeza a Manson, que guardó su cuchillo con un rápido destello del metal.

Lucas escupió más sangre, pero, por suerte, tuvo el sentido común de darse la vuelta.

Ninguno de nosotros se movió hasta que él volvió al Chevrolet El Camino y arrancó el motor.

—Vamos —dije al detenerme junto a Jason, que estaba haciendo de guardia junto a Jessica.

Ella parecía aturdida, como si por fin hubiera comprendido el verdadero peligro de la situación. Me miró de arriba abajo como si me viera por primera vez y dio un respingo cuando los dedos de Jason le rozaron el hombro.

—Ven con nosotros —le pidió en voz baja—. Vamos a sacarte de aquí.

—¡Jessica! —la llamó con fuerza una de sus amigas y ella se dio la vuelta.

Vi cómo tragaba saliva y respiraba un poco más hondo. Su cuerpo prácticamente vibraba por los nervios.

Por un momento, pensé que diría que sí.

Pero entonces se alejó, negando con la cabeza.

—No. Estoy… Estoy bien. Yo… —Volvió a mirar a sus amigas, que la observaban como si hubiera perdido la cabeza; cuando volvió a hablar, intentó sonar segura—. No necesito que me salven.

Pero no sonaba nada segura.

Se marchó para unirse a la multitud al otro lado de la calle. Jason se quedó mirándola, con los dientes apretados y las fosas nasales dilatadas por la frustración. Le di una palmadita en el hombro.

—Vámonos. Tenemos que largarnos.

Asintió con la cabeza. Tenía los hombros encorvados por la tensión cuando se subió al Subaru. Manson se deslizó en la parte de atrás y yo me senté en el asiento del conductor y arranqué el motor.

La gente nos miraba, sacudía la cabeza y murmuraba cosas. Me preguntaba cómo se contaría esta noche, cómo se inventarían la historia para asegurarse de que fuéramos los villanos.

Bajé la ventanilla y observé a Jess cuando nos alejamos.

Seguro que Lucas le había dicho algo para cabrearla y ella intentaba mantener las apariencias, pero era una estúpida por quedarse allí.

A esa gente no le importaba un comino y sus amiguitas, que ahora la miraban con cara de circunstancia, la traicionarían sin pensárselo dos veces si les convenía.

Pero ¿qué coño podía hacer yo al respecto?

—Portaos bien —dije, dedicándoles una sonrisilla amable y burlona a la multitud que nos miraba con ira.

—¡La habéis cagado! —gritó Alex—. ¡Esto no ha terminado!

No. Nunca terminaba.