11
Jessica
—¡Oh, mierda!
Me agarré a lo primero que pillé cuando Lucas pisó el acelerador a fondo.
El Chevrolet El Camino aceleró con tanta fuerza que me empujó contra el asiento mientras cambiaba rápidamente de marcha.
Las venas de sus brazos se hincharon por la tensión y su mirada se mantuvo clavada al frente.
El motor rugía tan fuerte que ya no podía oír la música; las vibraciones me sacudían todo el cuerpo.
Era como estar en una montaña rusa, con el cuerpo sobrecogido por la potencia bruta de la máquina en la que estaba sentada.
El Hellcat se mantenía justo al borde de mi campo de visión, casi a la altura del Chevrolet El Camino, mientras volábamos por la carretera. De repente, con un estruendo metálico impactante, desapareció.
Lucas se echó a reír, algo que nunca pensé que oiría.
—¡Has metido mal la marcha, capullo! —gritó, mirando por el espejo retrovisor.
Vi cómo los faros de Alex se desviaban de forma errática por el espejo lateral, quedando cada vez más atrás a medida que Lucas se hacía con la victoria.
La adrenalina me corría por las venas y el corazón me latía con fuerza.
Dejándome llevar por la emoción, solté un grito de alegría antes incluso de darme cuenta de lo que estaba haciendo.
La potencia de este coche era impresionante, pero ver a Lucas manejarlo tan bien… Joder, eso sí que era excitante .
Lucas siguió conduciendo, con los campos pasando a toda velocidad a ambos lados. Cuando por fin empezó a reducir la velocidad, ya ni siquiera podía ver la línea de salida detrás de nosotros.
Se salió de la carretera y los neumáticos crujieron sobre la tierra al entrar en un estrecho camino que conducía a un campo de altos tallos de maíz. Tiró del freno de mano, puso el coche en punto muerto y dejó que la canción terminara mientras nos quedábamos allí sentados en el campo.
Intenté mantener la mirada al frente, observando la luz de los faros, pero el coche me parecía tan pequeño que no pude resistirme a mirar al hombre que tenía a mi lado. Tenía los dedos relajados sobre el volante y estaba recostado en el asiento, con la cabeza echada hacia atrás.
Lo conocí en primero. Recuerdo que se metía en peleas con los de cursos superiores, lo borde que era cada vez que abría la boca y cómo parecía que intentaba alejar a todo el mundo. Incluso Kyle lo evitaba.
Ya entonces era peligroso y todo el mundo lo sabía, yo incluida.
Sin embargo, eso no hizo que mantuviera las distancias.
Su actitud de tipo duro solo me había hecho estar más decidida a demostrar que no le tenía miedo.
Puede que todos los demás se sintieran intimidados por él, pero ¿yo? Lucas no me daba miedo.
Debió notar mi mirada porque él también se volvió hacia mí.
Tenía que preguntárselo. Si no lo hacía, me volvería loca.
—¿Te la has follado? —le pregunté, con la voz más seca y desinteresada que pude.
Él sacó un paquete de cigarrillos del salpicadero y la alegría que había vislumbrado en su rostro volvió a desaparecer. Se encendió un cigarrillo y dio una larga calada antes de sacarlo por la ventanilla abierta.
—¿Acaso importa? —respondió.
Me crucé de brazos, volví a mirar al frente y me puse tensa en mi asiento.
Por supuesto que no importaba. Me daba igual.
El asiento de cuero crujió cuando Lucas cambió de postura, inclinándose hacia mí mientras daba otra calada. Su rostro era indescifrable, envuelto en sombras.
—¿Y bien? ¿Te importa, Jess?
Negué con la cabeza.
Él se rio suavemente cuando volví a mirarlo, acortando aún más la distancia entre nosotros.
—No me importa —dije—. Pero tienes un gusto horrible.
—¿Ah, sí?
Apoyó un brazo en el respaldo del asiento y el humo de su cigarrillo salió por la ventanilla en una delgada columna. Olía a tabaco y chicle con sabor a canela, peligroso e insoportablemente atractivo.
—Supongo que es justo —dijo—. Me follo a casi cualquiera, siempre y cuando pueda hacerles gritar.
Hacía demasiado calor aquí dentro. ¿Cómo demonios habíamos acabado tan cerca?
La ira me revolvió el estómago, pero apreté los muslos al ver cómo volvía a rodear el cigarrillo con los labios.
—Es un hábito asqueroso —le dije, y él levantó una ceja.
Abrió la boca, sin apartar de mí sus ojos oscuros, y apagó el cigarrillo con la lengua. No se inmutó, ni siquiera cambió de expresión.
—Yo también pienso que tú tienes un gusto horrible —dijo.
Y no sé en qué demonios estaba pensando, pero estábamos tan cerca que podía ver las venas en el blanco de sus ojos y el pulso latiéndole en la garganta.
Le agarré de la camiseta con fuerza para atraerlo hacia mí, pero él ya se había lanzado hacia delante, inmovilizándome contra la puerta mientras me besaba.
Podía saborear el sabor amargo y oscuro de la ceniza en su boca, pero me parecía muy bien.
Se suponía que un beso de Lucas Bent debía doler, debía estar impregnado de veneno, y así fue.
Su mano se cerró alrededor de mi cuello, su cuerpo se presionó entre mis piernas, separándolas.
Intenté coger aire, pero no podía parar, no quería parar.
El corazón me latía con fuerza y estaba furiosa, disgustada y muy cachonda.
Me recorrió el cuerpo con la mano, áspera y dura, mientras me subía el vestido y se apretaba contra mí.
—Un gusto horrible —volvió a murmurar—. ¿Por qué te tiras a basura, eh? Una cosita tan bonita como tú. —Deslizó la mano por mis bragas y me acarició, rozándome con la palma, lo que me hizo contener el aliento y soltar un gemido—. Pero, para tu información, no me he tirado a Veronica.
Me avergonzaba lo aliviada que me sentía.
Me retorcí contra su mano mientras sus dedos me dibujaban círculos provocadores en el clítoris. Había fantaseado con esto muchas veces. Había pasado tantos meses imaginándome con él. Solo se había interpuesto entre nosotros una mínima dosis de autocontrol.
Quería sus dedos dentro de mí. Quería empujarle hacia atrás y montarme en su polla hasta correrme.
Me mantuvo inmovilizada contra la puerta, provocándome otro gemido con sus dedos ásperos.
—Ni siquiera me sorprende, joder —maldijo—. Cambias de tono en cuanto tenemos un poco de intimidad.
—¿Qué…? —Apenas podía respirar—. ¿Qué coño quieres decir con eso?
Retiró la mano, dejándome jadeando contra la puerta y totalmente confundida.
—Significa que eres una puta hipócrita —espetó.
Al instante, como si pulsaran un interruptor, se desató mi rabia. Pero mis piernas estaban obscenamente abiertas a su alrededor y la excitación que había despertado en mí me había dejado las bragas húmedas. La humillación me inundó como una ola abrasadora.
—¿Perdona? —Las palabras me salían entrecortadas por la adrenalina—. ¿Qué cojones estás haciendo? No puedes… No puedes…
—¿No puedo qué? —siseó—. ¿No puedo parar? Ya lo he hecho. Un poco de tu propia medicina, fantasmita.
Lo empujé con fuerza y él se echó atrás, riéndose.
—Que te jodan —murmuré—. En serio, que te jodan, Lucas. Me voy andando. Esto es una mierda…
Alargué la mano hacia la manilla, pero él me agarró del brazo y me echó hacia atrás.
—Lo siento, cariño, pero tienes que escuchar esto.
No te sorprendas porque vaya a decirte lo que pienso.
¿Qué mierdas pasa contigo? Estás aquí saliendo con los mismos capullos que intentaron convertir nuestras vidas en un infierno, pero luego quieres liarte con nosotros en cuanto nos quedamos a solas.
Era como si me hubiera abofeteado.
Parpadeé con rapidez, con las emociones confusas cortándome la respiración.
—¿Tienes idea de lo mucho que le afectó a Manson que desaparecieras?
—soltó—. Tenía mucho miedo de haber metido la pata y de haberte hecho daño porque no fuiste capaz ni de hablar con él.
—Sacudió la cabeza, con evidente disgusto en su rostro—.
Supongo que todos lo pensamos. Que te habíamos presionado demasiado.
—No lo hicisteis.
Las palabras salieron de mi boca tan rápido que ni siquiera pensé en lo que estaba diciendo hasta que ya estaba dicho. Sabía que desaparecer como un fantasma había sido una mierda, pero la verdad es que no pensé que les preocuparía.
—Ninguno de vosotros me hizo daño. Esa noche fue rara… Y alucinante… Y… —Me encogí de hombros, impotente—. No sabía qué hacer, ¿vale? A la mañana siguiente, yo… No sé. Se suponía que no iba a durar.
Asintió despacio mientras asimilaba mis palabras con la mirada clavada en mi mano, que descansaba sobre el asiento.
Mi mano, la que tenía el cortecito en forma de corazón en el dedo.
Cerré el puño y la retiré enseguida, pero ya era demasiado tarde.
Se burló, echando la cabeza hacia atrás mientras me miraba.
—Esos chicos lo son todo para mí —me dijo—.
Son lo más parecido a una familia que tengo.
Pero si alguna vez pensara que uno de ellos te hubiera hecho daño, yo mismo le daría una paliza.
—Su expresión no me dejaba lugar a dudas: lo decía en serio, con rabia—.
Pero sé lo que estás haciendo. Quieres tomar todo lo que quieras sin dar nada a cambio.
Nos deseabas entonces. Y todavía nos deseas ahora.
Ya lo había demostrado. No tenía ningún argumento en el que apoyarme, solo ira y mi orgullo herido.
—¿Y qué, Lucas? —espeté—. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Empezar a acostarme con todos vosotros? ¿Salir con uno de vosotros? ¿Se suponía que debía ponerme un collar y someterme?
En lo más profundo y oscuro de mi mente, había imaginado cómo sería. No más juegos, no más rollos de una noche. ¿Cómo sería mi vida si aceptara lo que me parecía tan bien y nunca mirara atrás?
Dejé que Manson me follara con el cuchillo con el que había amenazado a mi ex.
Había dejado que me esposaran y me follaran la cara, uno tras otro.
Había gateado, llorado, aguantado y salido de allí sintiéndome despierta.
No se parecía a nada que hubiera experimentado antes.
Había satisfecho una necesidad que no sabía que tenía.
¿Cómo podían esperar que algo así funcionara? ¿Por qué querrían que funcionara? Mi familia nunca lo entendería, la mayoría de mis amigos me abandonaría, literalmente.
—Es lo que quieres —dijo Lucas—. Te gustaría poder hacerlo, pero te preocupa tanto lo que pensarán los demás que sigues fingiendo ser alguien que no eres. ¿De verdad quieres vivir así?
Negué con la cabeza.
—No lo entiendes. No es tan fácil. No sé por qué crees que es sencillo.
—Oh, pero es muy sencillo, Jess. —Su acento se volvió más marcado a medida que se cabreaba—.
Nos deseas y crees que no deberías hacerlo.
Por eso actúas así. Por eso estás sentada aquí ahora mismo.
Te pasaste toda la secundaria acosándonos para poder estar cerca de nosotros, para tener una excusa para coquetear con lo que sabías que no debías.
—Seguía invadiendo mi espacio, presionándome, pero sin tocarme—.
Esto no es el instituto. Esto no es una de tus fiestas universitarias.
Ya no somos niños. ¿Lo entiendes? Es todo o nada.
Esos chicos son mis hermanos. Son mi familia.
Están por encima de todo. No puedes manipularnos para llamar nuestra atención.
Nos quedamos allí sentados durante un momento, en silencio, mirándonos.
Tenía razón. Sentí surgir la culpa en mi interior, a pesar de los intentos que hacía mi orgullo por reprimirla. Los juegos, las burlas, el constante tira y afloja… Esto no podía seguir así para siempre. Algo tenía que cambiar.
Mis ojos se posaron en su boca. Esa boca firme y desagradable que nunca había tenido miedo de llamarme la atención.
—¿Sabes lo que necesitas, señorita Martin? —me soltó con un tono gutural y una promesa que me hizo estremecer—. Necesitas a alguien que te controle y te ponga en tu puto sitio. Necesitas a alguien que tome el control, que no te deje pisotearlo.
Si seguía hablando así, acabaría con las piernas rodeándole otra vez, desesperada. Me retorcí en mi asiento, intentando no pensar en las mil formas en que podría tomar el control aquí y ahora.
Algo parecido a una sonrisa se dibujó en su boca, peligrosa y cruel.
—Necesitas a alguien que te castigue como es debido, que te folle bien y que se preocupe por ti lo suficiente como para no dejarte salir con amigos que te apuñalarán por la espalda a la primera oportunidad que tengan.
Estaba dividida.
Por un lado, no necesitaba eso de ellos ni de nadie. Estaba estupendamente. Tenía mi vida bajo control. Sabía lo que quería.
Pero, por otro lado, quería perder el control. Quería sentirme cuidada y protegida. Quería a alguien que pudiera tomar el mando y no tuviera miedo de hacerlo. Alguien en quien pudiera perderme, dejarme llevar y mostrarme vulnerable.
—Lucas…
Pero él no quería escuchar más excusas.
—No somos tus marionetas —dijo—. Y haremos lo que nos dé la gana, incluido follar con quien queramos.
Puso la marcha atrás y enganchó el brazo en el respaldo del asiento mientras salía del campo. Subió el volumen de la radio, lo suficiente como para que quedara claro que no quería oír ni una palabra más.
Apreté los dientes. Era como si tuviera un océano agitado en el estómago, revolviéndose y rompiendo en olas mientras daba vueltas a sus palabras.
¿Cómo se atrevía a acusarme de querer llamar su atención como una niña malcriada?
Lo odiaba con toda mi alma.
Una multitud se había reunido alrededor del Hellcat cuando nos acercamos a la línea de salida.
Alex estaba hablando por teléfono, paseándose y vociferando, con el rostro rojo de furia.
Una desagradable sensación de inquietud se apoderó de mí cuando vi la expresión de su rostro: odiosa, furiosa, casi asesina.
Lucas aparcó y, en cuanto salió del coche, Manson se abalanzó sobre él y lo abrazó emocionado. Jason corrió hacia él y le frotó la cabeza con una gran sonrisa en la cara.
—¡Sí, joder! ¡Tío, ha sido una pasada! —exclamó.
Mierda, nunca debí haber subido a ese coche. Tenía las bragas mojadas y el clítoris me palpitaba, era la encarnación viva de la excitación y la inquietud. Estaba tan frustrada, tan enfadada…
Y todo se agravó aún más por el hecho de que Lucas tenía razón.
Di un respingo cuando se abrió la puerta del copiloto y Vincent se inclinó con una sonrisa en la cara.
—Espero que Lucas no haya sido demasiado brusco contigo.
—Cállate. —Me levanté y pasé a su lado apretujándome en el pequeño espacio que había—. Dios, sois insoportables.
—¡Sí, patalea un poco más alto, Jess! —exclamó Lucas—. ¡Llora por la atención que no has recibido!
Quería matarlo. No sabía qué iba a decir, pero las palabras querían brotar de mi boca e iba a ser un desastre. Pero, cuando me giré, me di cuenta de que había alguien que quería matarlo mucho más que yo.
Nadie estaba preparado para la rapidez con la que Alex corrió hacia él. Antes de que nadie pudiera reaccionar, había echado el puño hacia atrás y había estampado los nudillos contra la cara de Lucas.