La deuda (Losers 1) 10
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Lucas

Aquella noche había acudido a la carrera por un único motivo: ganar.

No me importaba darles a esos imbéciles una noche de entretenimiento, pero no iba a montar ningún drama.

Eso era lo que esperaba esa gente. Querían ver a Lucas Bent, el tipo que no podía controlar su genio, perder el control una vez más.

Pero, como había dicho Manson, lo resolveríamos al volante.

Corría solo por la adrenalina. Era una de las formas menos destructivas que había encontrado para liberar mi energía reprimida, una válvula de escape para la ansiedad que hacía que me temblaran las extremidades y que dejara la mente en blanco.

Era eso o pelear, eso o las drogas, y los chicos habían hecho todo lo posible para mantenerme alejado de ambas cosas. Benditos sean sus corazones compasivos.

La velocidad y la emoción que sentía al correr eran inigualables. La adrenalina, las decisiones tomadas en fracciones de segundo, estar al borde de la destrucción total… Lo ansiaba, con todas mis fuerzas.

Alex me miró con cara de cabreo en cuanto salí del coche y su rostro se ensombreció aún más cuando lo saludé con un simple gesto de cabeza y nada más. Había invitado a toda esa gente para que presenciaran su propia humillación; solo que aún no era consciente de ello. Incluso había invitado a…

Joder. Jessica estaba aquí.

Me di cuenta demasiado tarde para evitar mirarla.

Había sido una maldita provocadora desde la primera vez que la vi y nada había cambiado en todos estos años.

El vestido corto que llevaba le dejaba las piernas al descubierto y sus tetas quedaban enmarcadas de forma seductora por el corpiño. Estaba demasiado buena y no era justo.

Una mirada rápida y lo único en lo que podía pensar era en ponerla sobre el maletero de mi coche y follármela hasta que gritara mi nombre, demostrándole a todos los capullos que estaban allí, de una vez por todas, exactamente a dónde pertenecía.

Exactamente a quién pertenecía.

Si te metes con uno de nosotros, te metes con todos. O estás con nosotros o estás contra nosotros.

Quizá los demás no tenían ningún problema con sus jueguecitos, pero a mí me hacía sentir como si fuera a perder la cabeza. Se paseaba por el límite de mi paciencia, un límite que se había vuelto tan delgado que me sorprendía que consiguiera mantener siquiera el equilibrio.

Los faros iluminaban su mirada; sus ojos eran del mismo color verde oscuro que las hojas de un roble en pleno verano.

Siempre parecían inteligentes, como si los enfocara un poco, como si tuviera un millón de cosas dando vueltas detrás de ellos.

Y su boca, su puñetera boca… Era un pecado que una mujer tuviera unos labios así.

Recordaba a la perfección cómo los había sentido, cálidos y suaves alrededor de mi polla mientras esos ojos me miraban desde abajo.

Aquella imagen se me había grabado a fuego en el cerebro: su expresión de sorpresa cuando mi polla perforada le golpeó la garganta, cómo se le habían humedecido los ojos mientras se esforzaba por llegar hasta el fondo…

La tensión que se me había ido acumulando durante toda la semana empeoró aún más.

Si Jess quería ver correr a Alex, entonces iba a verlo perder.

No sabía por qué coño consideraba a ese cabrón su amigo.

Pero ella siempre se había rodeado de la peor calaña, como un escudo de capullos alrededor de su propia inseguridad.

Seguramente el tío aún pensaba que tenía alguna oportunidad con ella. Todavía recordaba cómo solía hablar de ella, las cosas que decía cuando ni ella ni su ex escuchaban.

Así fue como empezó toda esta maldita disputa.

Cuando le abrí la cabeza a Alex con una botella, no fue solo porque tuviera problemas para controlar mi ira.

Fue porque no podía soportar que hablara mal de ella, presumiendo de que había visto fotos de ella desnuda en el móvil de Kyle.

Me daba igual si era verdad o no, quería matarlo y tuvo suerte de que no lo hiciera.

Jess era una zorra, pero Alex era peor. Si alguien iba a meterse con ella, ese iba a ser yo o mis chicos.

Me reuní con Manson, Jason y Vincent al otro lado de la carretera. Jason no parecía muy contento con la cantidad de gente que había y observaba a la multitud con la capucha bien calada. Les había dicho que no era necesario que vinieran todos, pero no habían querido escucharme.

Ahora que estábamos allí, me alegraba no estar solo. Todas las personas que habían ido a vernos eran amigos de Alex. Estábamos en las afueras del pueblo, sin nadie más alrededor. Un lugar ideal para una carrera, pero también para una emboscada.

—Parece que todos han venido a ver sangre —comentó Jason con sequedad, encogiendo aún más los hombros mientras se metía las manos en los bolsillos—. Esto es muy sospechoso.

—Manteneos juntos —dijo Manson—. No dejéis que nadie os provoque.

Ojalá alguien me provocara. Quería golpear algo, sobre todo cuando Alex aceleró el motor de repente.

—¡Vamos, Bent! ¡Acabemos con esto de una puta vez! —gritó por la ventanilla del copiloto.

Jason y Vincent se quedaron cerca del Subaru WRX, y Manson me acompañó al coche. Me senté en el asiento del conductor mientras Alex quemaba los neumáticos, llenando el asfalto de humo.

—Lo tienes controlado —me dijo Manson en voz baja, apoyándose en la ventanilla abierta—. Recuerda lo que realmente quiere conseguir con esto. Buscará una excusa para pelear.

—Pues me controlaré —dije, asintiendo lentamente—. Una de mis mejores cualidades.

Podía ver a Jess desde aquí, sentada en la barandilla cerca del puente. Me miraba, nos miraba. Tenía los ojos muy abiertos, el humo de los neumáticos de Alex se enroscaba alrededor de sus pies.

¿Por qué demonios estaba aquí, metiéndose en algo como esto? Necesitaba a alguien que la protegiera de toda esta mierda insignificante, de las serpientes que había entre sus propios amigos.

Fui un estúpido por siquiera dejar que ese pensamiento cruzara mi mente.

—No dejes que te distraiga —me advirtió Manson—. Mantén la mirada en la carretera.

No tuve que darle una explicación sobre mi repentina frustración. Él ya lo sabía.

—¿Por qué ha venido? —murmuré.

¿Era por Alex? ¿Había venido aquí para verlo? Él era su tipo, pero, joder, ella era demasiado buena para él. Ese pensamiento me enfureció y apreté el volante.

Centrarme. Eso era lo que tenía que hacer.

Bloqueé todas las gilipolleces hasta que solo vi ese largo camino de asfalto negro delante de mí.

Solté el aire con fuerza, liberando la tensión de mis hombros.

Imaginé la fuerza del acelerón empujándome hacia atrás en mi asiento, el rugido del motor, el olor a humo…

Dios, era mejor que cualquier subidón. Nada se le podía comparar, excepto…

Volví a mirarla. Solo un vistazo.

Me devolvió la mirada.

—Uf, mierda. —La voz de Manson me devolvió a la realidad, estaba mirando hacia un lado con el ceño fruncido—. Tu fangirl más devota está aquí.

—¿Mi qué?

Me incorporé en el asiento y miré hacia atrás.

Una mujer con el pelo largo y oscuro se dirigía directamente hacia nosotros.

Tenía la costumbre de aparecer en las carreras, así que debería haberlo visto venir.

Vincent y Jason hacían gestos exagerados de disgusto y muerte súbita desde el borde de la carretera mientras Veronica se acercaba al coche con aire arrogante.

—Buena suerte en la carrera, Lucas —me deseó—. Hoy seré yo la que os dé la salida, chicos.

Era lógico que ella fuera la encargada de dar la orden de salida, le daba una excusa para acercarse. Tenía las tetas tan subidas que casi se le salían de la camiseta, pero eso no me molestaba. Me gustaban las tetas. No veía nada malo en enseñarlas.

Simplemente no me gustaba a quién pertenecían esas tetas.

—Dale espacio, Veronica —intervino Manson.

Pensé que mi amigo retrocedería cuando Veronica le rozó el cuello con la mano, haciendo pucheros.

—Ay, no te pongas celoso, Manson —dijo trazando la línea del tatuaje de serpiente que tenía alrededor del cuello, sus largas uñas dejaban un rastro rosado en su piel pálida—. Puedo quedarme contigo hasta que Lucas vuelva.

—No me esperes —respondí.

No le caía bien, no le caíamos bien ninguno, pero eso no le había impedido intentar convencerme de que me la follara.

—¿Un beso para darte suerte? —preguntó mientras se inclinaba por la ventanilla y, al hacerlo, le daba un golpecito con el culo a Manson.

Vale, suficiente. Me giré en mi asiento, a punto de mandarla a la mierda…

La puerta del copiloto se abrió.

—¡Hola, Veronica, cielo! —La voz de Jessica rezumaba una dulzura tan falsa que resultaba empalagosa.

Se inclinó sobre mí desde el asiento del copiloto, saludando con la mano a Veronica antes de darle un breve apretón en la muñeca a Manson.

No sabía exactamente qué estaba haciendo, pero había marcado su territorio como una profesional. Yo no dejaba que nadie más se sentara en este coche, excepto los chicos, pero, joder, podía hacer una excepción. Jess podía sentar su culo en mi maldita cara si quería.

Veronica frunció los labios y dio un pequeño paso atrás.

—Oh, Jess, qué alegría verte. No sabía que hubieras vuelto al pueblo.

—Su sonrisa se había convertido en una mueca; si fuera un gato, habría bufado—.

Creo que la última vez que te vi fue… —Hizo una pausa y soltó una risita—.

En realidad, fue en un vídeo. De una fiesta de Halloween, creo.

Estabas… Bueno… —Dejó la frase en el aire.

Miré a Jess, pero ni siquiera se sonrojó. No daba la más mínima señal de estar molesta.

Maldita sea. Esa confianza me la puso dura.

—Mueve el culo, Veronica —dijo Manson—. A menos que quieras que te atropellen el pie.

Le tembló el ojo antes de esbozar una sonrisa forzada y darse la vuelta con un movimiento de su larga melena sobre el hombro.

—Bien. Empecemos, ¿no?

Veronica avanzó con paso tranquilo, se detuvo y se giró hacia nosotros una vez que estuvo a la altura de la parte frontal de nuestros coches. No parecía muy contenta cuando levantó los brazos y empezó.

—¿Estamos listos? —gritó.

La multitud respondió con vítores y silbidos. Alex aceleró el motor y yo ajusté las manos en el volante, mirando a Jessica justo cuando se abrochaba el cinturón de seguridad.

—¿Vas a mover el culo tú también? —le pregunté.

Pulsé el botón de reproducción de mi teléfono y subí el volumen de la música, dejando que el potente sonido inundara la cabina.

—No. —Se acomodó un poco más en el asiento—. Yo solo vengo a dar una vuelta.

Negué con la cabeza, incrédulo. ¿En qué demonios se había convertido esta noche?

—¿Has oído eso, Manson? Solo viene a dar una vuelta.

—Entonces será mejor que le des un buen paseo —dijo él—. Sube el aire acondicionado. Creo que tiene calor.

—No sé de qué estás hablando, Manson. Estoy de puta… de puta madre. —Le entró hipo en medio de la frase.

La pobre chica estaba borracha.

—Claro que sí —dijo Manson, guiñándome un ojo—. Pronto tendremos una charlita sobre tus hábitos con la bebida, Jess.

—¿Mis hábitos con la bebida? —balbuceó ella—. ¿Qué demonios…? ¡Oye!

Pero Manson dio un paso atrás, despidiéndose de ella con una sonrisa burlona mientras se unía a Jason y Vincent al lado de la carretera.

Le esperaba el viaje de su vida.

—Estás un poco verde, Jess, de la envidia —comenté, agarrando la palanca de cambios.

Ella se rio con fuerza.

—Ya te gustaría. Como si me importara una mierda dónde ha estado tu polla. Y eso va por todos vosotros.

—¿Estás segura?

Solté lentamente el embrague mientras aceleraba el motor, con el freno de mano manteniéndome en mi sitio mientras las ruedas traseras patinaban.

Me ardía la piel y el corazón me latía a mil por hora.

Aquella carretera abierta me llamaba, con el rugido del motor resonando en cada una de mis terminaciones nerviosas.

Veronica comenzó la cuenta atrás.

Cinco… Cuatro… Tres…

—Apuesto a que te importa una mierda que esta polla vuelva a acabar en tu boca.

—Oh, cállate, Lucas, tú…

No llegué a saber qué calificativo especial se le había ocurrido para mí. Veronica agitó los brazos y yo pisé el acelerador a fondo, haciendo rugir el motor al liberar por fin la potencia del Chevrolet El Camino.