La deuda (Losers 1) 9 #2
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Miré a Manson. Su expresión volvía a estar apagada, la desesperación que había visto en su rostro estaba completamente oculta. No sabía qué decir. Lo que acababa de pasar —ese momento de caos, esos breves minutos de pérdida de control— parecían solo un sueño.

Pero ese sueño dejó su huella en forma de sangre.

Se dio la vuelta, sin dirigirnos ni una sola palabra, y se alejó con las manos metidas en los bolsillos. Lo vi alejarse hasta que desapareció detrás de los coches aparcados.

Danielle se acercó corriendo a mí.

—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

Me metí la mano en el bolsillo trasero del pantalón y presioné el corte contra la tela. No tenía ni idea de cuánto había visto, y esa idea me formó un nudo de preocupación en el estómago.

—Estoy bien. No ha sido… No ha sido nada.

—Tía, cómo que no ha sido nada . ¿Qué estabais…? —Se detuvo de repente—. Ay, Dios mío, espera. Te acostaste con él hace unos años, ¿verdad? Joder. Pensaba que solo era un rumor.

—Que siga siendo un rumor —espeté con voz tensa.

Por suerte, asintió rápidamente.

—Oh, sí, claro, ¡no se lo diré a nadie! Eso… rompería el grupo de amigos. —Bajó la voz—. No dejes que Alex se entere. Sabes que le gustas.

Estuve a nada de quejarme.

—Sí. Me lo imaginaba.

—Pero no se lo diré. —Sonrió con dulzura y me cogió del brazo—. Será nuestro secretito, cariño.

Esa noche me quedé a dormir en casa de Danielle y Nate. A la mañana siguiente, me llevó a recoger mi coche, lamentándose de tener que ir a la oficina con resaca.

Volvió a insistir en que no le diría a nadie que nos había visto a Manson y a mí entre los árboles. Pero, en lugar de tranquilizarme, me sentí como si me lo estuviera echando en cara.

—¡Nos vemos en la carrera el próximo viernes! —exclamó, despidiéndose con la mano por la ventanilla mientras se alejaba.

Intentaba evitar el drama, no meterme de lleno en él. La carrera de Lucas y Alex estaba abocada al fracaso, independientemente de quién ganara, pero no podía negar que me producía curiosidad.

Cada vez que me miraba la mano y veía la costra con forma de corazón en el dedo me invadía una extraña sensación de culpabilidad y rabia.

¿Me quedaría cicatriz? ¿Acaso aquel momento entre los árboles formaría parte de mí para siempre, otro vínculo que me ataría a los hombres que se suponía que no debía desear?

¿Otra muestra de mi indecisión? El jueves, Danielle me llamó para preguntarme si quería cenar con ella antes de la carrera, insistiendo en que era un evento que no podía perderme.

—Alex va a ganar, fácil —dijo—. Y sabes que le encantaría que estuvieras allí.

No me gustó el tono pícaro que utilizó. Le había dicho que no me interesaba Alex, pero parecía empeñada en ello igualmente. ¿Primero mi madre y ahora también Danielle? ¿Por qué demonios no podía la gente dejar de entrometerse en mi vida amorosa?

—Candace, tú y yo podemos sentarnos, relajarnos y emborracharnos mientras los chicos compiten por ver quién la tiene más larga —dijo, y no se me ocurrió ninguna buena razón para rechazar una noche de copas, así que acepté.

Candace era otra amiga del instituto a la que no veía desde hacía tiempo. Era un poco cabeza hueca, pero le encantaba pasárselo bien.

Y eso era lo que necesitaba: una noche divertida para demostrarme a mí misma que podía estar con Manson y sus amigos sin convertirme en un puñetero manojo de nervios.

El viernes por la noche quedé con Danielle y Candace para cenar antes de irnos a Ellis Road.

Era una carretera que bordeaba las afueras del pueblo, una larga recta sin farolas y con campos de cultivo a ambos lados.

Quedamos todos en el puente y, cuando aparqué detrás de Danielle en la tierra, ya había allí una docena de personas.

El murmullo del arroyo y el chirrido de los grillos llenaban el aire mientras caminábamos juntas hacia Alex, Nate y Matthew, que esperaban junto al Hellcat.

—Joder, al final has decidido venir —dijo Alex mientras me abrazaba y llevaba tanta colonia que juraría que se me pegó cuando me separé de él.

—Cómo no iba a venir —respondí, como si fuera obvio—. No querría perderme lo que puede hacer tu bebé, ¿verdad?

Me miró raro, era una mirada que no logré descifrar.

Su competencia aún no había llegado, así que no había nada más que hacer que beber y esperar. Danielle había traído vino para nosotras y las tres nos sentamos en la barandilla junto al puente mientras bebíamos.

—Le he estado diciendo a Nate que le dé un soplo a su padre de que Lucas estará aquí esta noche —comentó Danielle, riéndose mientras veía a su prometido tirar una botella de cristal desde el puente para que se rompiera contra las rocas de abajo—.

La policía no dejaría pasar la oportunidad de arrestarlo.

—¿Por qué? —pregunté, dándole golpecitos frenéticos a mi copa con los dedos—. ¿Por las carreras ilegales? Alex también estaría jodido.

Danielle suspiró.

—Ya, creo que por eso Nate no se animó.

—Un tipo como Lucas acabará en la cárcel tarde o temprano —comentó Candace—. Viene de familia.

Estaba a punto de preguntarle qué quería decir, pero un ruido a lo lejos llamó mi atención.

A medida que el sonido se acercaba, la multitud se quedó en silencio, mirando al otro lado del puente con expectación.

Alex se apoyó en su coche, bebiéndose una cerveza mientras observaba a los recién llegados.

El coche de Lucas, el Chevrolet El Camino, se deslizaba sobre el asfalto cubierto de un cromado reluciente y pintura de color negro azabache.

El motor rugía con fuerza mientras avanzaba por la carretera hasta detenerse junto a Alex, pero cuando pisó el acelerador, el ruido se convirtió en un rugido ensordecedor.

El familiar Subaru azul que iba detrás de él se detuvo en el lado opuesto de la carretera y Vincent, Jason y Manson salieron del coche.

—¿No te parece raro que siempre estén juntos? —preguntó Candace—. ¿También van juntos a las citas? —Se rio, y Danielle también, pero yo no pude encontrarle la gracia.

Venir juntos había sido una decisión inteligente por su parte. Venir aquí uno solo habría sido buscar problemas, pero también lo era aparecer aquí sin más.

Supuse que los problemas no les asustaban. Manson me lo había dicho, ¿no? Si no hay riesgo, ¿dónde está la diversión?

Lucas salió del asiento del conductor y apagó un cigarrillo en el asfalto.

Solo tardó unos segundos en mirarme con sus ojos errantes.

Siempre había pensado que podía lanzar una buena mirada despectiva, pero Lucas había demostrado ser un digno rival.

Me miró de arriba abajo y luego se dio la vuelta como si yo ni siquiera estuviera allí.

Menos mal que no me iba a poner nerviosa… Ya estaba cabreada.

—Qué asco, ahí viene la señorita dramas —murmuró Danielle.

Ni siquiera me había dado cuenta de que había llegado alguien más, estaba demasiado distraída mirando a los chicos que se reunían al otro lado del Chevrolet El Camino. Pero giré la cabeza al oír el comentario de Danielle y gruñí cuando vi quién se acercaba, rodeada de un grupo de amigos.

Veronica Mills. La chica con la que mi ex me había engañado.

Tenía el pelo largo y oscuro, unas curvas espectaculares y una sonrisa confiada.

Era la chica sexy perfecta, con un ego a juego y, por la forma en que se pavoneaba entre la multitud, supe que nada había cambiado desde la última vez que la vi.

—No la soporto —soltó Danielle.

—Es una zorra —coincidió Candace.

—Si el diablo y ella estuvieran ahogándose y solo pudiera salvar a uno, me iría sin mirar atrás —añadí yo.

—Solo está aquí para ligarse a sus nuevos chicos malos favoritos —comentó Danielle, guiñándome un ojo.

Espera… ¿que estaba aquí para qué?

Fue entonces cuando me di cuenta de hacia dónde se dirigía Veronica. Desde luego, no iba hacia nuestro lado de la carretera, ni hacia Alex.

Había venido por Lucas.

Oh, joder, no. Ni de puta coña.