La deuda (Losers 1) 9
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Jessica

—Vale, vaya, ¿qué demonios ha pasado? —Danielle me miraba fijamente mientras me sentaba a su lado, con una expresión entre horrorizada e incrédula—. ¿Te estaban molestando, Jess? La cosa se veía tan espeluznante que tuve que decirles a los chicos que fueran a ver cómo estabas.

—Estoy bien —respondí, tajante.

Era dolorosamente consciente de que todos me miraban. Alex me fulminaba con la mirada desde el otro lado de la hoguera, Nate y Matthew me lanzaban miraditas de reojo. Pero más allá de la hoguera, al otro lado del claro, entre los árboles, Manson, Lucas, Vincent y Jason también me observaban.

El tema quedó zanjado, pero mi cabeza no podía dejarlo pasar, ni siquiera después de haberme terminado la bebida y haber pedido otra.

Mi mirada se veía continuamente atraída por aquellos cuatro hombres que estaban de pie en mi campo de visión.

Parecía que ya no les importaba lo más mínimo que yo estuviera allí, pero eso solo hacía que me molestara aún más.

Seguía captando fragmentos de sus conversaciones incluso desde la distancia, sus voces me llamaban la atención. Quería saber desesperadamente lo que estaban diciendo.

¿Estaban hablando de mí?

Dios, ¿era tan patética como para hacerme esa pregunta?

Me levanté de la silla, interrumpiendo a Danielle en medio de lo que fuera que estuviera diciendo.

—Tengo que ir a mear. Enseguida vuelvo.

Me alejé del fuego, me dirigí al aparcamiento y luego más allá, buscando un poco de intimidad entre los árboles. Al menos aquí se estaba más tranquilo, salvo por el estruendo de los fuegos artificiales sobre nuestras cabezas. Eso me dio tiempo para pensar.

¿Qué demonios quería decir Manson al calificar lo que habíamos hecho de «error»? No debería haberme importado, pero lo que había dicho me molestaba. Estaba enfadado porque no había funcionado, pero también lo estaban todos los chicos a los que había rechazado. ¿Por qué me importaba tanto este?

Hice lo que tenía que hacer a toda prisa y me limpié. No me sentía preparada para volver a la hoguera y esbozar una sonrisa falsa e indiferente. No podía hacerlo. Me recosté contra uno de los árboles y respiré hondo.

Era un drama temporal. Solo iba a estar en Wickeston unos meses más. En cuanto Smith-Davies me contratara a tiempo completo, me iría de aquí.

Pero eso no me hacía sentir mejor. No parecía que estuviera resolviendo el problema, solo estaba huyendo de él.

Eché la cabeza hacia atrás con frustración y crucé los brazos con fuerza.

Era una mierda. ¿Desde cuándo tenía miedo de enfrentarme a alguien y decir la verdad?

Probablemente porque Manson me había hecho darme cuenta de que mi verdad era aterradora y confusa.

Se oyó una enorme explosión sobre nuestras cabezas y el cielo se iluminó de colores. La fiesta se estaba animando, la gente gritaba y se oía el ruido de cristales rompiéndose. Una parte de mí quería escabullirse y volver a casa.

Me asomé alrededor del árbol al escuchar unos pasos acercarse a toda velocidad, con la mirada clavada en la oscuridad. Era Manson, pero aún no me había visto. Se detuvo a unos diez metros, de espaldas a mí. Se pasó los dedos por el pelo y suspiró con fuerza mientras se lo agarraba.

Se le veía frustrado. Casi ansioso. Al parecer, yo no era la única a la que le afectaba todo esto.

Mientras estaba ahí parado se sacó el cuchillo del bolsillo de atrás, abriéndolo y cerrándolo sin pensar.

Era un arma rara, o al menos eso me pareció.

Era una navaja estilo mariposa, así que la hoja estaba metida en el mango y había que abrirla, pero Manson hacía que pareciera fácil, como si fuera algo natural.

Estuvo jugueteando con ella un rato, sin prestar mucha atención, con la mirada perdida entre los árboles. Pero debió cometer un error, porque cuando volvió a girar el cuchillo, la hoja se le clavó en el dedo y se cortó.

Siseó y yo dejé escapar un grito ahogado. él se dio la vuelta de inmediato. Se agachó despacio y recogió el cuchillo del suelo. La sangre le goteaba por el dedo mientras me miraba con expresión cautelosa.

—¿Qué haces aquí afuera? —preguntó.

Me encogí de hombros.

—Supongo que lo mismo que tú. Salvo que yo no me he cortado.

Emitió un sonido que podría haber sido una risa, pero no estaba sonriendo. Se acarició el dedo ensangrentado con la yema del pulgar, pensativo.

—Eso es lo que pasa cuando juegas con cuchillos. Al final te cortas.

—Entonces quizá no deberías jugar con ellos.

Asintió. Y, como para asegurarse de que podía hacerlo, volvió a lanzar el cuchillo. Sus dedos eran rápidos y ágiles al hacer girar la hoja. El metal parecía líquido mientras lo manipulaba en el aire y lo atrapaba con la otra mano, aunque fuese imposible.

De repente sentí un calor infernal.

—Supongo que soy un poco masoquista —dijo en voz baja, como si se lo dijera más a sí mismo que a mí—. Si no hay riesgo, ¿dónde está la diversión? Fue culpa mía. No lo moví bien. El cuchillo hizo lo que tenía que hacer.

Salí de detrás del árbol y me acerqué a él sin darme cuenta de lo que estaba haciendo.

Él miró su dedo ensangrentado con curiosidad, con el ceño fruncido.

—Quizá deberías desafilar la hoja —sugerí, y él resopló burlón.

—Sabía en lo que me metía cuando lo compré, Jess —dijo—. Se supone que tiene que estar afilado, está hecho para ser peligroso. Por mucho que practique, si me descuido, me cortaré.

¿Por qué me daba la sensación de que ya no estaba hablando del cuchillo?

No sabía qué decir. Se me ocurrían un millón de cosas que debería haber dicho, pero no tenía ni idea de por dónde empezar.

Tenía el rostro parcialmente oculto por las sombras.

—¿Me tienes miedo?

Debería. Allí de pie, con una navaja en la mano y sangre en los dedos… Quizá debería estar aterrorizada.

Pero no lo estaba.

Negué con la cabeza.

Se acercó hasta quedarse justo delante de mí. Clavé la mirada en su garganta, vi cómo se movía al tragar saliva, y recorrí con la mirada el vello erizado y los tatuajes que llevaba grabados en la piel.

—Jess.

Levanté la vista. Sus ojos eran casi negros en la noche.

—¿Qué haces aquí afuera? —repitió, pero esta vez la pregunta era diferente; se refería a algo distinto.

¿ Qué hacía aquí fuera?

—Jugar con cosas que no debería —respondí en voz baja.

Se abalanzó sobre mí tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de gritar.

Me empujó contra el árbol y clavó la hoja del cuchillo en el tronco, muy por encima de mi cabeza, con el brazo extendido y aferrado al mango.

El ruido sordo del golpe contra la madera hizo que se me acelerara el corazón y la emoción del peligro me provocó un cosquilleo por todo el cuerpo.

Levantó la mano ensangrentada y la acercó a mi mejilla, pero sin llegar a tocarme.

—Podrías cortarte jugando así —dijo con una voz ronca que me provocó un cosquilleo en el estómago.

En medio de la oscuridad, las cosas se sentían muy diferentes.

Alcé la mano con cuidado hasta donde la suya se cernía cerca de mi cara. Cuando le rodeé la muñeca, fue como si un imán encajara en su sitio.

—No me da miedo un poco de sangre.

Me acarició la mejilla y sus labios se estrellaron contra los míos. En una fracción de segundo me sentí completamente abrumada, me quedé sin aire en los pulmones y mi cerebro entró en cortocircuito y se sumió en el caos. Me besó como si quisiera dejar algo claro, como si me estuviera castigando.

Nos separamos y él me pasó un dedo por la boca…

Me relamí el labio y sentí un sabor metálico, él se estremeció mientras una expresión salvaje se apoderaba de su rostro.

—Joder, Jessica. —Su voz estaba llena de dolor y desesperación.

Su cuerpo pesaba mucho al estar contra el mío, y eso me gustaba demasiado. Me gustaba su sabor, la sangre metálica y dulce en mi lengua. Había algo mal en mí. La gente normal no hacía estas cosas, ¿verdad? Pero nadie podía vernos. Nadie tenía por qué saberlo…

Su siguiente beso fue lento. Todo su cuerpo se movió con él. Arremetiendo contra mí, superándome, llenándome el cerebro de ese vasto espacio en blanco lleno solo de sensaciones.

Era tan bueno como recordaba. Mejor incluso. Había intentado convencerme de que lo había idealizado todo en mi cabeza, pero no. Él era todo lo que recordaba. Su sabor, su olor, su cuerpo…

Sacó la navaja del árbol y me agarró la mano. Levantó mi palma entre nosotros y frotó su pulgar sobre mis dedos, despacio.

—¿No tienes miedo?

Me miró a la cara.

Sabría si le mentía.

Negué con la cabeza.

—No.

Con delicadeza, presionó la punta afilada de la hoja contra la yema de mi dedo corazón.

Sentí un sutil pinchazo cuando mi piel se abrió y la sangre brotó.

Movió el cuchillo en líneas finas y lentas y yo me quedé hipnotizada por la imagen.

Lo que dejó fue un pequeño corazón grabado en mi dedo.

El dolor no fue tan intenso como el de un corte con papel, así que, ¿por qué sentía como si me hubiera atravesado con el cuchillo?

Tomó mi dedo con la boca y lo chupó hasta dejarlo limpio.

Apenas podía respirar. Lo único que oía era el latido de mi corazón en mis oídos. La sensación de su boca rodeándome era tan erótica que quería agarrarlo, arremeter contra él, arrancarle la camiseta y…

—Llevas puesta mi sudadera —dijo.

Era una acusación, como si lo hubiera hecho a propósito. Pero no lo era, nada de esto había sido a propósito. Simplemente había pasado y no sabía qué hacer.

Bajé la mirada a mi dedo, dejando que la sangre volviera a brotar antes de presionarlo contra el cuello de su camiseta. Parecía confundido.

—Ahora tú también me llevas puesta —aclaré.

—Eh… ¿Jess? ¿Qué pasa?

Los dos nos giramos.

Danielle estaba un poco más lejos, mirándonos con absoluta confusión mientras nos iluminaba con su linterna. Manson guardó el cuchillo a toda prisa y yo me escondí el dedo ensangrentado tras la espalda.

—Yo, eh… Iba a volver ahora —dije.