La deuda (Losers 1) 8 #3
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Estaba segura de que iba a haber pelea. Pero Manson se acercó, agarró a Lucas por el hombro y tiró de él hacia atrás. Por un momento, Lucas se puso tan hecho una furia que pensé que iba a buscar otro objetivo para descargar su ira, pero Manson ni se inmutó.

—Si tenéis cuentas que saldar, hacedlo al volante —dijo, mirando de Lucas y a Alex—. Esto es una mierda.

—Dime hora y sitio —dijo Alex.

—El viernes que viene —respondió Lucas con voz tensa—. Nos vemos en el puente de Ellis Street, a las diez de la noche.

Alex sonrió burlón.

—De acuerdo, allí estaré. Será mejor que te traigas a tus amigos.

—Me miró, deteniéndose lo suficiente en mí como para provocarme una sensación de incomodidad en el vientre—.

Esas viejas carreteras están muy oscuras.

No es seguro andar por ahí a solas. —Le hablaba a Lucas, pero más bien me pareció una advertencia para mí—. Nos vemos.

Alex escupió en el suelo antes de darse la vuelta y alejarse con paso firme, seguido de sus amigos. Se reunieron con Danielle, que me miraba con los ojos muy abiertos, como si no pudiera entender lo que estaba pasando.

Me quedé con el corazón latiéndome con fuerza y una energía nerviosa revolviéndome el estómago.

Entonces vi el destello de una navaja cuando Manson volvió a guardársela en el bolsillo.

—¡¿A vosotros qué coño os pasa?! —exclamé, viendo cómo la mirada de Manson seguía clavada en Alex, con los dedos hundidos en el hombro de Lucas—. No empecéis con tonterías. ¿El cuchillo? ¿En serio?

—Que no empecemos con tonterías, dice la tía. —Lucas negó con la cabeza mientras se liberaba del agarre de Manson, pasándose la mano con fuerza por el pelo rapado y bebiéndose la cerveza de un trago, antes de murmurar—: Necesito otra puta copa.

La gente nos miraba y murmuraba, pero no me sentí vulnerable hasta que los chicos se alejaron de mí, haciendo por fin lo que les había pedido: apartarse de mi camino. Una vez que dieron un paso atrás, la valentía que había sentido al interponerme entre Manson y Alex desapareció.

Manson me miraba de forma extraña, con una expresión indescifrable.

Miré a Danielle, que articuló con los labios: «¿Qué estás haciendo?».

Una pregunta estupenda a la que ni siquiera podía responder.

Suspiré profundamente, alejándome de Manson y los demás. Tenía los dedos helados de apretar tanto la cerveza y estaba lista para volver a disfrutar de una agradable noche normal.

Necesitaba que ese sentimiento que tenía dentro desapareciera. Ese extraño y vergonzoso anhelo. Esa sensación de haber hecho algo malo.

—¿Crees que puedes seguir fingiendo que no pasó?

Me di la vuelta. Manson me sonreía con aire burlón, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros. La expresión que antes me había resultado indescifrable ahora era evidente. Era ira. Estaba enfadado conmigo.

Volví a acercarme a él.

—¿Qué demonios significa eso?

Su sonrisa se ensanchó cuando me planté frente a él.

—Te pusiste roja en cuanto nos viste. Fantaseas con ello.

—Abrí la boca para protestar, pero él me interrumpió—: No era una pregunta.

Es obvio. Cada vez que te arrodillas ante algún chico guapo cabeza hueca, piensas que sería mucho más divertido si yo te lo hubiera ordenado, ¿verdad?

Quizá incluso oyes mi voz en tu cabeza, diciéndote que te arrodilles como una buena chica y eso te pone tan cachonda que disfrutas de esa polla mediocre con la que te has estado engañando durante los últimos años.

La rabia brotó en mi interior, desbordándose y haciendo que me ardiera cada extremidad.

—¿Cómo te atreves a decirme…?

—¿Por qué? Es verdad. Lo veo en tus ojos, Jess.

Puedo verlo. —Los chicos estaban mirándonos, pero Manson siguió hablando en voz baja—: Sé qué aspecto tienes cuando mientes.

Querías que aquella noche fuera un pequeño experimento divertido.

En la universidad todo el mundo se desmadra, ¿no?

No es para tanto. —Bajó aún más la voz y acercó la boca a mi oído—.

Pero ¿qué pasa cuando el experimento sale demasiado bien?

Resulta que eres igual de pervertida que los raritos, pero eso no encaja en el gran plan de vida de Jessica Martin, ¿verdad?

—El veneno salía a borbotones de su voz, tan sorprendentemente furiosa que contuve la respiración—.

Vas por ahí buscando pollas y te das cuenta de que ninguna es igual de buena.

No es lo mismo. Así que cierras los ojos e imaginas que es uno de nosotros.

Lo miré con absoluta incredulidad. Estaba tan enfadada que apenas me atrevía a hablar.

—Eres repugnante.

Asintió despacio, como si lo hubiera esperado desde el principio.

—Que pases una buena noche, Jess.

Me burlé.

—¿Qué, me estás echando?

—Te has pasado los últimos cinco minutos diciéndome que me fuera —me recordó, volviéndose para coger una cerveza—. Me voy. Tienes razón. No debería empezar nada. Ya cometí ese error la última vez.

«Error». Así que para él solo había sido un error.

No me salían las palabras de la rabia. Me dolía el pecho y me temblaban las manos. Tenía razón, pero nunca, jamás, podría admitirlo ante él.

Me alejé antes de que se me escaparan más estupideces.

Los había ignorado. Yo . Había sido mi decisión y no iba a retractarme ahora.