La deuda (Losers 1) 8 #2
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—¿Perdona? —balbuceé—. No pienso en nada.

Yo… —Me detuve abruptamente al oír más risas que venían de Vincent y Jason, dándome cuenta exactamente de lo que había dicho; estaba haciendo un trabajo fantástico aparentando estar tranquila y serena—.

No pienso en ello, Manson. ¿Por qué iba a seguir dándole vueltas a algo que pasó hace años?

Parecía muy satisfecho consigo mismo. Se creía muy listo, ¿no? Como si lo tuviera todo claro, como si me tuviera calada.

—No te preocupes, Jess, no eres la única. —Vincent le lanzó una mirada pícara a Manson—. Manson también piensa en ello. Todavía tiene tu tanga en su cajón.

Ahora me tocó a mí reírme. La satisfacción de ver cómo la cara de Manson Reed se sonrojaba un poco me puso de mejor humor al instante. Miró a Vincent.

—De verdad que luego te voy a dar una buena zurra —dijo con tono seco.

Muy bien, hora de recomponerse.

—Bueno, por muy divertido que haya sido esto, seguís estando en mi camino —dije, suspirando—.

Enhorabuena, sí, todos habéis ganado algo.

¡Guau, os he chupado la polla! —Agité las manos en señal de burla—.

Me doy cuenta de que ha sido algo muy importante para todos vosotros.

Siento que vuestras vidas sean tan aburridas, pero…

—Me encogí de hombros—. Una polla es una polla, y vosotros solo sois cuatro en la lista.

—¿Cuántas pollas de tu lista tenían piercing ? —me gruñó Lucas en el oído y di un respingo.

Por supuesto que tenía que sacar eso. Ya no podía mirarlo sin que mi cerebro se convirtiera en una marquesina gigante con un letrero que parpadeaba: polla con piercing , solo por una noche, ¡disfruta de una polla con perforaciones de primera !

Lucas asintió con la cabeza, como si mi silencio confirmara su teoría.

—Sí, eso es lo que pensaba. No es fácil de olvidar, ¿verdad?

Necesitaba que todos se alejaran de mí antes de caer en otra orgía sin fin. Discutir con ellos no solo me ponía nerviosa, sino que también me excitaba. Cada palabra mordaz que decían me ponía un poco más.

¿Hasta dónde podía llegar con ellos? ¿Hasta dónde llegarían ellos conmigo? Me gustaban los retos, pero estos hombres lograron sacudir los cimientos de mi confianza. No saber si podría ganar lo hacía aún más emocionante.

—¿Hay algún problema aquí?

Los chicos se giraron. Alex estaba detrás de Manson, con Nate y Matthew a su espalda. Sus expresiones eran sombrías, sus posturas tensas. Esta fiesta estaba a punto de tener problemas mucho más graves que unas simples burlas.

Decir que estos hombres tenían un problema entre ellos era quedarse corto. Alex, Nate y Matthew habían respaldado a mi ex cuando se había enfrentado a Manson, pero Alex y Lucas también tenían sus propios problemas.

En tercero, Lucas le había roto una botella de vidrio en la cabeza a Alex y lo había dejado inconsciente en medio de la cafetería. Después de cinco puntos y una breve estancia en el hospital, Alex regresó con una cicatriz y Lucas nunca volvió. Lo expulsaron.

Todavía podía ver aquella cicatriz en la frente de Alex, que llevaba parcialmente cubierta por el pelo. La gente decía que Lucas había intentado matarlo, pero, la verdad, yo no me lo creía.

Si Lucas hubiera intentado matarlo, Alex estaría muerto.

Debería haberme alejado de aquel lío, pero mi primer instinto fue interponerme entre Alex y Manson.

—No pasa nada. Estamos bien —dije con una amplia sonrisa.

Alex me miró como si le hubiera dado una bofetada.

Luego, la furia se apoderó de su rostro, apretando tanto los dientes que una vena azul se le hinchó cerca de la sien.

Se equivocaba si pensaba que podía intervenir y rescatarme, como si fuera una damisela en apuros.

Este era mi cara a cara. No necesitaba que metiera aquí sus propios problemas.

—Solo estamos poniéndonos al día —explicó Manson, que estaba tan cerca de mí que, cuando se movió, me rozó la espalda—. ¿Cómo te va, Alex?

No entendía cómo podía estar tan tranquilo hablando con el mismo hombre que había sido violento con él en más de una ocasión. Pero no era la primera vez que el autocontrol de Manson me sorprendía.

—No me puedo quejar —respondió Alex—. Os vi llegar. Me he dado cuenta de que esta noche no os lo habéis traído, el Chevrolet El Camino. —Sonrió, pero la expresión no le llegó a los ojos—. Es una pena que alguien lo rayara.

—Aún me debes una por eso —dijo Lucas con tono sombrío.

Se había acercado hasta quedar justo al lado de Manson, con el rostro marcado por un odio glacial.

—Tranquilízate, Bent —dijo Alex—. No toqué tu puto coche. Y, aunque lo hubiera hecho, sería justo. Tú me rajas la cabeza, yo te rajo el coche. —Se encogió de hombros—. Así estaríamos casi en paz.

Hubo un revuelo y Manson chocó contra mí. Miré hacia atrás y vi que había sacado el brazo para impedir que Lucas se abalanzara hacia delante. Tenía sujeto a Lucas por el y la mano de Vincent lo agarraba del hombro.

—Déjalo estar, tío —dijo Jason en voz baja detrás de él.

Pero Lucas estaba mucho más allá de simplemente dejarlo estar.

Matthew tenía los puños apretados, Nate se crujía los nudillos y la tensión aumentaba con cada crujido audible.

—¿Queréis dejarlo ya? —les espeté—. Por Dios, ¿qué tenemos, dieciséis años?

—No sabía que fueras tan pacífica, Jess —comentó Alex, que por fin apartó la mirada de Lucas—. Ahora que te has acostado con uno de ellos, ¿de repente crees que son buenos chicos?

Tragué saliva con dificultad y me crucé de brazos. No le había contado a nadie, excepto a mi mejor amiga, Ashley, que había estado con Manson. Pero, al parecer, el rumor se había extendido.

Levanté la barbilla, sabiendo que la confianza valía más que cualquier insulto insignificante.

—Por Dios, Alex, supéralo. En serio, deja de comportarte como un capullo. ¿Quieres que venga la policía y que todo esto acabe ya?

—¿Es eso una amenaza? —preguntó Alex dando un paso en mi dirección, sorprendiéndome por la rapidez con la que su ira se centró en mí.

Se oyó un suave sonido, el roce de metal contra metal.

Alex se estremeció al levantar la vista de mi rostro.

—Te sugiero que te puto apartes —dijo Jason en voz baja, que se había adelantado para colocarse a mi izquierda, con Manson aún más cerca de mi espalda y Vincent a mi derecha, sin soltar el hombro de Lucas.

—Relaja, McAllister —lo tranquilizó Vincent, con su habitual tono alegre, aunque bastante más moderado—. Aquí hay sitio para todos, ¿no?

A juzgar por la expresión de Alex, el pueblo no era lo suficientemente grande para todos. Chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—Sabía que erais unos cobardes —soltó, torciendo el gesto con disgusto y miró a Lucas—. Menos mal que tienes amigos que se aseguran de que no te metas en peleas que no puedes ganar.

Lucas se abalanzó sobre él y, esta vez, ni siquiera Manson ni Vincent pudieron detenerlo. Se colocó delante de mí, cara a cara Alex, y los dos se miraron fijamente con los puños cerrados.

—Pruébame, hijo de puta —siseó Lucas—. Vamos. Pruébame, joder.

Alex extendió los brazos.

—¡Estoy aquí mismo! ¿Te da demasiado miedo dar un puñetazo?