8
Jessica
—Uf, Dios, no puedo creerme que hayan venido —dijo Danielle, en una voz baja y disgustada, mientras echaba un vistazo rápido a los cuatro hombres que acababan de llegar—.
¿Te acuerdas de cuando les daba miedo estar en las mismas fiestas que nosotros?
—Puso los ojos en blanco—. Desde que la señora Peters acogió a Manson, él y sus amigos aparecen por todas partes.
Asentí con la cabeza y ella siguió quejándose. El fuego daba demasiado calor y no podía dejar de mover la pierna. Intenté concentrarme en lo que decía, pero tenía el estómago lleno de mariposas y me resultaba imposible concentrarme.
¿Qué demonios me pasaba? No dejaba de mirarlos de reojo, a esos cuatro hombres vestidos con ropa oscura y expresiones misteriosas. Sabían que estaba allí y me devolvían la mirada, observándome con la misma cautela con la que yo los observaba a ellos.
Danielle tenía razón. Hubo un tiempo en el que nunca habrían pisado la misma fiesta que yo o cualquier otra persona mínimamente popular.
Pero eso era cosa del pasado y, a medida que todos habían ido creciendo, las líneas entre «nosotros» y «ellos» se habían difuminado.
La barrera entre los populares y los marginados ya no existía, pero la mezcla de grupos conducía inevitablemente al conflicto.
No todo podía se podía perdonar y olvidar, por mucho tiempo que hubiera pasado.
Estaba sentada con tres de los hombres que habían intentado darle una paliza a Manson por besarme.
La verdad, me habría encantado ver cómo se les bajaron los humos cuando Manson los asustó con ese cuchillo.
Pero, ahora, Alex, Nate y Matthew apenas parecían asustados.
Parecían enfadados, tensos. Era obvio que, con la marcha de Kyle, Alex había ocupado su lugar como una especie de líder tácito.
Había visto suficientes peleas en mi vida como para saber que lo más probable es que su tensión latente acabara en puñetazos.
Me disculpé, me levanté a toda prisa y me alejé del fuego para ir a por otra bebida a una de las neveritas.
Un escalofrío me recorrió la nuca mientras rebuscaba entre el hielo, pero no era por el frío.
—La puta Jessica Martin.
La voz detrás de mí era un susurro ronco, lleno de amargura. Supe al instante quién era.
Me giré, con un botellín en la mano y una sonrisa sarcástica en la cara.
—El puto Lucas Bent. ¿Así es como nos saludamos ahora?
Los profundos ojos de Lucas reflejaban una intensidad sofocante, que se intensificó aún más cuando hablé.
Me miraba como si quisiera arrancarme la piel y ver los huesos que había debajo.
Llevaba una camiseta negra sin mangas y unos vaqueros desgastados.
Tenía los brazos cruzados, cubiertos de numerosos tatuajes de línea gruesa.
La cara sonriente que llevaba tatuada en la mejilla se burlaba de mí. Muy alegre a pesar del ceño fruncido que se dibujaba en su rostro.
—Cuanto tiempo —comentó Jason al acercarse a Lucas, recorriendo con la mirada fría cada centímetro de piel que tenía al descubierto.
Estábamos detrás de la camioneta blanca de Nate y el coche nos ocultaba de los que estaban alrededor de la hoguera. Pero seguía poniéndome nerviosa mirar a Vincent, que me observaba con ojos entrecerrados y astutos detrás de Lucas.
No debería haberme dejado llevar por esas fantasías sobre ellos. ¿Cómo demonios se suponía que iba a actuar con normalidad delante de unos hombres que había imaginado que me follaban hasta hacerme gritar, atándome y obligándome a gatear como una putita obediente?
Solo eran fantasías, pero si les daba la oportunidad, esos hombres podrían hacerlas realidad.
Me pasé la lengua por el labio inferior, llevándomelo a la boca y mordiendo casi hasta hacerme sangre. Necesitaba un trago con urgencia.
—¿Hace demasiado calor en la hoguera? —preguntó Vincent con tono burlón—. ¿O hay algo más que te esté haciendo sentir acalorada… e inquieta?
Se acercó y le dio un codazo a Jason, los dos se rieron como si fuera una broma privada.
Era como si lo supieran. Como si los brillantes ojos azules de Jason pudieran ver a través de mí, directamente a mi alma.
Apreté los labios ante sus sonrisas burlonas.
—Por favor, no os engañéis. Seguid a lo vuestro. —Les hice un gesto con la mano como para apartarlos de mi camino.
Dudaba que fuera la única que estaba reprimiendo pensamientos obscenos, aunque nunca lo admitiría.
Lucas no se movió. Se plantó delante de mí como una barricada, con una expresión severa que me desafiaba a rodearlo.
—Antes de que te vayas, tomaremos tres cervezas —dijo con un tono desafiante en la voz.
Me reí ante su ridícula petición.
¿Quería que les trajera unas cervezas?
—Eh, no, podéis cogerlas vosotros mismos.
Intenté abrir mi botellín, pero se me resbalaba la mano.
¿No eran de tapón de rosca? ¿Qué cojones?
Lucas me arrebató el botellín de las manos, lo apoyó entre sus molares y abrió el tapón con los dientes antes de devolvérmelo. Algo ardiente explotó en mi interior mientras observaba sus dedos apretados alrededor del frío cristal.
Eso no debería haberme excitado, pero… Joder.
—¿Crees que lo quiero ahora que has tenido el botellín en la boca? —pregunté, incapaz de reunir mi habitual veneno; sonaba tan insegura que me daba vergüenza.
Cuando Lucas se rio, no fue una risa agradable. No fue bonita. Era el tipo de risa que se oye antes de que alguien muera en una película de terror.
—Lo que creo es que te gustaría más mi boca que este botellín —comentó.
Vincent y Jason intercambiaron otra mirada divertida, y tuve la clara sensación de que se estaban riendo de mí.
—Vamos, niños, portémonos bien —apaciguó Vincent—. ¿Por qué no eres una buena chica, Jess? La neverita está ahí mismo. —Miró detrás de mí y abrió mucho los ojos—. Las cervezas, por favor.
«Una buena chica». De verdad se había atrevido a decirme eso. Esa frase se me metió en la cabeza y no se movió, como un veneno que hacía que me temblaran las rodillas y me sudaran las manos.
Una vocecita traicionera en mi interior quería obedecer, quería sentir la satisfacción de ceder.
Con un suspiro de rabia, les tiré una cerveza a cada uno con la expresión más amarga que pude. El hecho de que estuviera obedeciendo no significaba que fuera a fingir estar contenta al hacerlo.
Lucas parecía muy satisfecho consigo mismo cuando cogió el botellín de mis manos. No iba a darle la satisfacción de reaccionar otra vez. Evité su mirada mientras me abría paso a su lado, intentando no respirar hondo ante su aroma, pero lo olí de todos modos.
Oscuro, como la pimienta negra, pero con un toque suave, como el jazmín. Me hizo dudar un segundo y se me cortó un poco la respiración cuando me miró.
Dios, ¿por qué me miraba así? Como si estuviera enfurecido y fascinado al mismo tiempo. O como si estuviera ocultando algo…
Me alejé de él solo para encontrarme de repente con otro problema. Un problema alto, pálido, de ojos oscuros y con una sonrisa que me heló la sangre.
—Les pedí que se portaran bien —dijo Manson.
Había conseguido recuperado el aliento, pero encontrarme tan cerca de él hizo que olvidara por completo cómo respirar.
Tenía los brazos desnudos y, al igual que Lucas, estaba mucho más tatuado que la última vez que lo había visto.
El cuerpo de una serpiente se retorcía alrededor de sus hombros, aunque apenas podía ver las líneas por encima del cuello de la camiseta.
Le quitó la cerveza de la mano a Vincent, que se quedó sin aliento, con una ofensa exagerada, luego abrió el botellín y me lo entregó.
—No hay babas en este, lo prometo. Castigaré a estos payasos más tarde por su mal comportamiento.
—¡Oh, no, papi Manson está enfadado! —se rio Vincent, a la vez que Jason se llevaba una mano al corazón y miraba a Manson con una expresión de horror absoluto.
—Por favor, perdónanos, Jess —pidió, juntando las manos de forma dramática—. Dile a Manson que nos perdonas.
—No —respondí con indiferencia, poniendo los ojos en blanco ante sus payasadas, aunque por dentro temblaba por el hecho de tenerlos a todos tan cerca de mí.
Esos hombres habían pisoteado mi orgullo la última vez que los había visto, pero ninguna relación posterior se había acercado siquiera a replicar lo que había experimentado con ellos: una sumisión completa y total, aunque solo fuera por una noche.
Y Manson…
Manson me había abierto los ojos a un mundo del que nunca había sabido que quería formar parte con tanta desesperación.
No podía mirar sus labios sin recordar su sabor. Su mirada era intensa, no pesada como la de Lucas ni penetrante como la de Jason. Era inquietante, como una silueta difusa en la oscuridad, un susurro en una casa vacía.
—Me estorbas —le dije en voz baja y, presionando dos afiladas uñas acrílicas contra su pecho, le di un pequeño empujón—. Apártate.
Lo había llamado amo esa noche, la última vez que lo había visto. Todavía recordaba cómo se me había escapado. Qué naturalidad más dulce, qué deliciosamente correcto.
Pero no era lo correcto. Él y yo, él y ellos, nunca podríamos estar bien juntos.
Manson no se movió. Extendió los brazos, encogiéndose de hombros.
—Parece que hay muchas formas de rodearme.
Claro, podría haberlo esquivado sin problemas, pero ahora era una cuestión de principios. Él tenía que moverse porque yo lo decía y él no iba a hacerlo, precisamente por la misma razón.
Obviamente, tendríamos que quedarnos allí mirándonos a los ojos hasta morir.
Manson me escudriñó el rostro mientras yo lo miraba con obstinación, con una sonrisita en la comisura de los labios.
—¿De verdad te cuesta tanto ceder un poquito, Jess?
—Sí, Jess. —Jason se acercó a mí, bebiéndose su cerveza—. ¿Ni siquiera puedes ceder un poco cuando Manson te dejó tan satisfecha?
Manson resopló burlón, incapaz de contener la risa mientras mi rostro se tensaba por la vergüenza.
—Así que sí piensas en ello.