La deuda (Losers 1) 7
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Jason

Con los cristales tintados, el motor rugiendo bajo mis pies y los bajos retumbando en los altavoces, me sentía intocable. Estaba tranquilo, concentrado, sumido en una claridad meditativa. Mis pensamientos atropellados y mis dedos inquietos se calmaban con el zumbido constante del motor.

Eso, y con los labios de Vincent rodeando mi pene, deslizando su lengua a lo largo de mi miembro.

Lo agarré del pelo y se lo retorcí con el puño.

Él prefería que tuviera las manos atadas, ya fuera detrás de la espalda o por encima de la cabeza, con los pies rozando el suelo. Pero era mi turno de llevar las riendas. Necesitaba tener las manos libres para obligarle a bajar la cabeza y follarle la garganta hasta que se atragantara.

No quería correrme, todavía no. Ver cómo me tomaba hasta el fondo y sentir cómo se le tensaba la garganta estuvo a punto de llevarme al éxtasis. Pero me obligué a esperar, colgado de forma peligrosa en el precipicio de la felicidad.

Jadeé, con toda la espalda tensa mientras Vincent ronroneaba y me rodeaba con la garganta.

—Oh, joder…

Me quedé en blanco durante una preciosa fracción de segundo, un momento de puro placer que me dejó el cerebro embotado, pero volví a la superficie, jadeando en busca de aire.

—Hostia puta… —suspiré al desplomarme contra el asiento mientras Vincent levantaba la cabeza despacio y me dedicaba una amplia sonrisa de gato de Cheshire.

—¿Te ha gustado? —preguntó con la voz ronca cuando se inclinó sobre el asiento y me acarició la cara.

—Me ha flipado —respondí, riéndome mientras volvía a la realidad.

Vince giró mi cabeza hacia él para darme un beso, mi cuerpo cansado aún reaccionaba a su lengua obscenamente hábil.

Agradecía las ventanas tintadas y la privacidad que nos proporcionaban.

Las multitudes me ponían nervioso: nunca se sabía quién se podría volver en tu contra en un abrir y cerrar de ojos.

Si decías algo inapropiado, mirabas en la dirección equivocada o besabas a la persona equivocada, estabas perdido.

Cuando la gente veía algo que iba en contra de lo que consideraban correcto y bueno, las cosas podían ponerse violentas enseguida.

Mi madre nunca me había pegado hasta que le dije que no era creyente.

Mi padre nunca había levantado la voz hasta que un «vecino preocupado» me delató, con la prueba irrefutable de habernos visto a Vincent y a mí follando en su Subaru.

Palabras como «bisexual» no significaban nada cuando un padre estaba convencido de que su hijo estaba cayendo en una vida pecaminosa.

Pero a la mierda con eso. Preferiría abrazar el pecado y lanzarme directamente al infierno si eso significara no tener que vivir mi vida bajo las reglas arbitrarias de otra persona.

Me recoloqué, arreglándome los pantalones de chándal.

Sí, pantalones de chándal en una fiesta.

La verdad es que no me preocupaba impresionar a la gente con mi aspecto.

Medía un metro setenta y tenía una maraña de pelo azul que apenas me tapaba las orejas, que toda la vida me habían dicho que eran demasiado grandes.

Eso solía comerme por dentro, el saber que nunca sería uno de esos tipos de más de metro ochenta, con un físico increíble y la cantidad perfecta de vello facial y masa corporal. Pero ya no me importaba.

Apagué el motor. Las risas y los saludos a gritos desde fuera amenazaban con invadir mi solitario mundo. Miré a Vincent y vi que me observaba, con una sonrisa aún dibujada en los labios.

—¿Preparado? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

Cuando nos unimos a ellos, Manson y Lucas ya estaban apoyados contra el Mustang, compartiendo un cigarrillo. Lucas tenía una cara tan seria que cualquiera diría que estaba allí para un funeral en lugar de para una fiesta.

—Joder, chicos, dejad de sonreír —dijo Vincent.

Incluso cuando estaba sobrio, Vincent era tranquilo.

Una consecuencia de haber pasado tantas veces por el lugar equivocado en el momento equivocado.

Me pasó un brazo por los hombros y me ofreció una calada de su váper de THC.

Aspiré despacio, lo retuve un momento y exhalé el vapor hacia el cielo nocturno.

—¿Tenéis la cerveza? —preguntó Lucas.

—Sí, señor —dije, y me dirigí a la parte trasera del coche para abrir el maletero.

Mi coche estaba precioso, con una suspensión muy baja y muy ancha gracias al kit Rocket Bunny que había terminado de instalar el fin de semana anterior.

Todavía me quedaban unas semanas para mi próxima competición, así que no había podido resistir la tentación de presumir de él esa noche.

Además, era buena publicidad para Manson y Lucas, teniendo en cuenta que habían ayudado a adaptar el motor.

Cualquier ingreso que pudiéramos conseguir era bueno para todos.

—Empecemos, chicos —anunció Manson, sacando un pack de doce cervezas IPA del maletero.

La caja de cerveza barata que yo había traído era para compartir, pero Manson tenía la buena.

—¿Por qué hemos venido a esta mierda? —murmuró Lucas, dándole una calada a su cigarrillo mientras observaba los rostros que se veían entre los árboles—. Odio a la mitad de la gente que hay aquí, joder.

—¿Y a la otra mitad? —preguntó Manson, lanzándome una cerveza antes de abrir otra para él.

Lucas negó con la cabeza.

—Tampoco me gustan.

Manson resopló.

—Claro. Vamos a beber antes de que empieces a hacer tonterías.

—Yo no empiezo nada —refunfuñó Lucas, que justo cuando estaba a punto de abrir la lata, el cigarrillo se le quedó flojo en la boca al mirar hacia la hoguera—. Joder. Acabo de ver un fantasma.

Todos nos giramos; Vincent más rápido que el resto porque seguramente estaba esperando que ocurriera algún fenómeno paranormal. Pero solo había un fantasma capaz de hacer que Lucas pareciera furioso y confundido al mismo tiempo. Yo sabía quién era incluso antes de verla.

Jessica estaba sentada al otro lado de la hoguera, con una sudadera demasiado grande desabrochada y una camiseta ajustada que le marcaba el escote.

Llevaba su larga melena rubia echada sobre el hombro, tenía las piernas cruzadas y estaba sentada en su silla plegable con toda la confianza de una reina.

Mi perfecta paz mental se hizo añicos al instante.

Había intentado no pensar en ella, había intentado olvidar las fantasías que Vincent tanto disfrutaba de sacarme a la fuerza.

A veces me repugnaba el simple hecho de pensar en ella.

La mujer que solía exigirme que le hiciera los deberes, que se copiaba de mis exámenes y se burlaba de mí por todo, desde mi ropa hasta mi voz suave y mis orejas, no debería haber aparecido en mis fantasías.

Pero, Dios, ahí estaba. Aparecía una y otra vez en los pervertidos sueños que tenía despierto.

Jessica nunca había sido una mujer que se echara atrás ante un reto, nunca había dejado que nadie supiera que tenía miedo. Mientras la mirábamos, sus ojos se posaron en nosotros.

La expresión de horror absoluto en su rostro cuando se dio cuenta de que la estábamos observando no tenía precio. Parecía tan nerviosa como cuando Vincent y yo nos la encontramos en el lavadero de coches.

—Os dije que había vuelto al pueblo —comentó Vincent, intentando contener la sonrisa.

Le estaba dando demasiada importancia a la situación. Habíamos visto a Jess dos veces en un mes, lo que sin duda para Vincent significaba que detrás de ellos estaba el destino, el azar o algún otro gran poder misterioso.

—¿Qué putas probabilidades había de que estuviera aquí? —soltó Lucas.

—Teniendo en cuenta que en Wickeston no hay nada que hacer excepto esto, bastantes, la verdad —respondí mordisqueando la uña del pulgar entre los dientes. Si tenía que pasarme toda la maldita noche mirándola, acabaría sin uñas—. ¿Alguno de vosotros ha visto alguna vez a Jess perderse una fiesta?

Manson dejó su cerveza sobre el techo del Mustang, con los ojos clavados en la rubia como un perro que ha visto un trozo de carne fresca.

—Deberíamos ir a saludarla —dijo.

Vincent asintió rápidamente.

—Deberíamos.

Lucas negó con la cabeza.

—Lo que deberíamos hacer es dejar de intentar atrapar a un fantasma. —Pero sus palabras no ocultaban su interés, no dejaba de mirarla.

Mi sentido común quería ponerse de parte de Lucas, pero la parte obsesiva de mi cerebro no podía dejarlo pasar. Todavía no estaba seguro de qué era lo que me había fascinado tanto de ella. Era un gran rompecabezas que no podía resolver, una pregunta sin respuesta, un problema sin solución.

Era un reto y, Dios, yo amaba los retos.

—Para ser un fantasma, la chupa muy bien —dije, y Vincent volvió a asentir con la cabeza.

El recuerdo de Jess suplicándome que le dejara probar mi polla era algo que nunca olvidaría. Era el tipo de momento surrealista con el que un tipo como yo solo podía soñar: la chica más inaccesible del instituto queriéndome en su boca.

—Pórtate bien, J —advirtió Manson con ese tono de voz que me provocaba un pequeño escalofrío.

Manson tenía sus pastillas, su terapia, su meditación y toda esa mierda, pero aún había algo oscuro en él que nunca desaparecería del todo, algo que había nacido porque tenía que nacer y que seguía vivo porque nada podía matarlo.

Esa cosa, ese monstruo que tenía en su interior, había probado a Jess y nada más podía saciarlo.

Yo había sido más listo, pero creo que Manson se había pensado de verdad que saldría algo de aquella noche en la fiesta de Halloween, algo más que un simple polvo.

Quizá pensó que Jess cambiaría, que de repente se daría cuenta de lo mucho que nos deseaba.

Quizá pensó que se quedaría, que se integraría en esta familia jodida que teníamos como si no tuviera ya una vida familiar de lo más fácil.

Ni de puta coña.

—Supongo que no pasa nada por charlar un rato —cedió Lucas al final, mientras las comisuras de sus labios se curvaban en algo parecido a una media sonrisa.

Noté un nudo en el estómago.

Que Lucas sonriera no era nada bueno; no era porque estuviera pensando en cosas bonitas. No, esa no era una sonrisa de «estoy pensando en cosas bonitas».

Era una sonrisa de «voy a liarla».