La deuda (Losers 1) 6
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Jessica

Esa noche no pude dormir nada.

Aún no me había acostumbrado a estar de vuelta en mi antigua cama, pero no era solo eso.

No hacía más que dar vueltas, sumiéndome en un sueño intranquilo antes de despertarme de golpe cuando me asaltaban sueños extraños.

A la una de la madrugada, me quedé mirando al techo, aferrada a uno de mis cojines y diciéndome a mí misma que los sueños no significaban nada.

Eran ellos. Jason y Vincent. El hecho de haberlos visto, de haber hablado con ellos, me había descolocado por completo.

Habían pasado casi tres años desde la última vez que había hablado con ellos, pero eso no significaba que no los hubiera tenido presentes.

Mi obsesión con ellos era como una enfermedad, una adicción de la que no podía deshacerme.

Me había convertido en una mirona, observando sus vidas desde lejos y sin atreverme a acercarme.

Había cotilleado sus redes sociales como si fuera un detective, indagando hasta en el más mínimo detalle. Hubiera sido más fácil si compartieran más cosas, pero eran personas reservadas y no publicaban con frecuencia.

Lucas y Manson tenían un taller de coches y, de vez en cuando, publicaban fotos de ellos trabajando en su garaje junto a motores relucientes.

Había una foto en particular —Dios, qué vergüenza— que me parecía tan sexy que tuve que guardármela en el móvil.

Los dos estaban sin camiseta, con las manos ennegrecidas por la suciedad, vestidos solo con vaqueros y botas.

Me había masturbado con ella varias veces.

De todo el porno que podía ver, sus simples fotos eran las que más me gustaban.

Jason tenía la cuenta privada, pero Vincent publicaba fotos con frecuencia.

Era obvio que todos los chicos se querían mucho, pero Jason y Vincent tenían una relación romántica que me dolía.

No era celos. Era… ¿anhelo? Desde fuera, su amor parecía exactamente el tipo de relación que yo quería pero no podía expresar con palabras: libertad unida a devoción.

Pero me habían enseñado que eso no podía ser y mis relaciones hasta entonces lo habían demostrado.

Una relación era una jaula, llena de restricciones y malentendidos, frustraciones y celos. Salir con alguien implicaba el requisito de apagar el deseo por cualquier otra persona, y a menudo me preguntaba si eso era siquiera posible para mí.

¿Estaba rota? La sexualidad no era nada de lo que avergonzarse, pero me costaba aceptarlo cuando los amigos y los familiares que me rodeaban decían lo contrario.

Apreté los ojos con fuerza, imaginándolos de pie a mi alrededor: Jason y Vincent, Manson y Lucas también. Rodeándome, haciéndome sentir pequeña. Me recorrió un escalofrío al intentar recordar cómo me habían tocado sus manos, acariciándome los muslos, deslizándose entre mis piernas.

Así no iba a poder dormir nunca. Una sensación incómoda de calor y nerviosismo hacía que notara una especie de latido en la parte baja del abdomen.

Estaba demasiado cansada para buscar el vibrador que tenía debajo de la cama.

Deslicé la mano en mis bragas, decidida a que fuera algo rápido.

No necesitaba fantasear, ¿verdad? Pero a medida que el contacto de mis dedos alimentaba el calor de mi interior, convirtiéndolo en un fuego ardiente, no pude evitar divagar.

En una ocasión, Manson me había dicho que a Vincent le gustaba atar a la gente.

Así que, cuando lo imaginaba tocándome, pensaba en unas esposas: el metal frío aferrado a mis muñecas y tobillos.

Me imaginaba a Vincent riéndose de mí, burlándose, pensaba en la forma en que mi degradación le haría sonreír.

Me estremecí.

Podría pensar en cualquier otra persona.

Una celebridad. Quizá esa chica guapa que vi el otro día en la cafetería, o el chico con el que me enrollé en una discoteca el año pasado.

Cualquiera menos ellos. Pero, independientemente de a quién imaginara, sus rostros se transformaban, sus voces cambiaban, sus movimientos y gestos eran inconfundibles.

Mi cerebro se negaba a conformarse con cualquier otra persona a medida que el placer se intensificaba y la respiración se me aceleraba.

Imaginaba a Vincent encadenándome a la cama mientras Jason me rodeaba, con esa mirada que parecía capaz de destrozarme, como si viera demasiado, como si conociera mis vulnerabilidades y pudiera arrancármelas con una precisión experta.

Siempre llevaba anillos, unos anillos de plata grandes y las uñas pintadas de negro. Imaginaba esas uñas desapareciendo en mi interior, penetrándome con los dedos. Recordaba el sabor de su pene y la imagen de él de pie sobre mí.

Me aferré a las sábanas.

A Manson le había encantado observar. Era obvio que mirar le ponía. En mi imaginación, él seguía mirando. Rodeándonos. Apenas visible en la oscuridad alrededor de mi cama.

«Cuanto más luches, peor será».

Las palabras se deslizaron por mi vientre. De todos modos, luchar era una pérdida de tiempo, no había forma de vencerlos. Vincent me ataría tan fuerte que nunca podría escapar.

Pero yo quería más. Más placer, más estimulación… más miedo. Quería sentir la emoción de estar atada e indefensa. Quería perder el control del todo.

«A la sucia putita le gusta, ¿a que sí?». Me imaginé la voz grave y ronca de Lucas diciendo esas palabras. Siempre había sido jodidamente impredecible. Malhumorado, despiadado… Me odiaba con toda su alma, pero eso hacía que fuera aún mejor.

Moví los dedos más rápido, intentando resistirme a contener la respiración.

Imaginé a Manson de pie junto a mí, con esa sonrisa ladeada en el rostro.

Dios, le encantaría ver cómo me retorcía mientras los demás me utilizaban.

Yo era un simple juguete de usar y tirar, meros agujeros que llenar.

Ese pensamiento me hizo temblar de pies a cabeza.

En mi fantasía, Manson me agarraba por el cuello y me susurraba: «Voy a ver cómo te destrozan, ángel».

Destruirme. Arruinarme. Obligarme a caer en la corrupción que anhelaba.

Quería sentir que me estaban castigando, por tratarlos como basura en el instituto y luego ser igual de horrible cuando volví a verlos más adelante. Castigándome por tomar decisiones de las que me arrepentía, pero que no podía cambiar.

Me tapé la boca con la mano antes de que se me escapara un gemido, pero imaginé que era la mano de Vincent y que me estaba regañando con esa voz sarcástica y juguetona que tenía.

«Sh, no hagas tanto ruido. No querrás que mamá y papá te oigan, ¿verdad?».

Apreté los dedos de los pies. Un calor líquido me recorrió las venas, abrasándome por dentro. Durante unos segundos, me quedé en blanco, solo llena de esa explosión perfecta de éxtasis. Me quedé aturdida en las secuelas del orgasmo, la tensión se desvaneció y mis músculos se relajaron.

Quizá ahora pudiera dormir un poco.

Me tapé con las sábanas, pero las fantasías, al contrario que la satisfacción tras la lujuria, no me abandonaron con facilidad. Seguían ahí, acechando en mis sueños.

Había sido yo la que se había alejado y, sin embargo, era yo la que no podía evitar volver.

Los días siguientes pasaron volando. Para la mañana del cuatro de julio, el equipo de voluntarios de mi madre había transformado por completo el campo vacío que había junto a la iglesia.

Había puestos de juegos, castillos hinchables y pintacaras.

El aire se llenó del intenso olor a hamburguesas y perritos calientes, y el humo de las barbacoas se extendía entre la multitud.

Estuve casi toda la mañana trabajando en el juego de lanzar aros y lidiar con los niños enseguida empezó a ser agotador. Nunca se me habían dado bien los niños, y tampoco era una persona muy paciente. Mi madre solía regañarme constantemente por ello.

Por suerte, una voz familiar llamó mi atención en medio de mi aburrimiento.

—Atrapada en el voluntariado, ¿eh?

Me levanté de recoger los aros de plástico esparcidos por el césped y vi a Danielle, una de mis antiguas compañeras de clase, sonriéndome desde la parte delantera de la caseta de juegos.

—¡Hola, tía! ¡Cuánto tiempo sin verte!

Danielle y yo habíamos estado juntas en el equipo de animadoras en el instituto y desde entonces habíamos mantenido el contacto de forma esporádica.

Podía ser una zorra despiadada, pero siempre nos habíamos llevado bien.

Las dos sabíamos demasiados trapos sucios de la otra como para arriesgarnos a que no fuera así.

—Mi madre ha ofrecido generosamente mi tiempo —dije, poniendo los ojos en blanco—. Al menos no me tocó la caseta del pintacaras.

—Con esas uñas podrías sacarles los ojos a los niños —comentó, mirando mis famosas uñas acrílicas—.

Así que has vuelto a casa de tus padres, ¿no?

Qué putada. No me imagino volviendo a vivir con mi familia ahora que Nate y yo vivimos juntos.

Seguramente mi madre y yo nos acabaríamos matando la una a la otra.

Danielle y Nate se habían comprometido el año pasado. Habían sido novios en el instituto, así que no podía decir que fuera una sorpresa. La única sorpresa de verdad era que Danielle estuviera sentando cabeza.

—Oh, sí, tú me entiendes —dije—. Si acabo arrestada… ya sabrás por qué. Tengo que salir de esa casa lo antes posible.

—Vas a venir a la hoguera de esta noche, ¿verdad? —preguntó, apartándose y mirando con cara de pocos amigos al niño pequeño que esperaba ansioso a su turno con los aros.

—¿La hoguera? —pregunté—. No sabía nada.

—¡Tienes que venir! —Sacó su móvil—. Tu número sigue siendo el mismo, ¿verdad?

Te enviaré los detalles. También tendremos unas buenas vistas de los fuegos artificiales.

Todo el mundo estará allí. Será como en los viejos tiempos.

Además, Nate y yo vivimos muy cerca, así que después puedes quedarte a dormir en nuestra casa.

—Le sonó el móvil y suspiró al leer el mensaje—.

Uf, tengo que irme. Nate quiere otro puñetero pack de veinticuatro.

—Puso los ojos en blanco—. Justo lo que más me apetece: comprar cerveza el cuatro de julio.