La deuda (Losers 1) 5
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Vincent

La última vez que había visto a Jessica, estaba de rodillas suplicándome que le dejara chuparme la polla. Era un recuerdo especialmente excitante, de esos que vienen a mi memoria con demasiada frecuencia como material para masturbarme.

Esa fiesta de Halloween fue hace casi tres años.

El universo te da y te quita a su antojo, así que cuando Jess desapareció después de esa noche, lo tomé como una señal.

Simplemente no estaba destinado a pasar.

Independientemente de la historia, el anhelo o cualquier otra cosa que existiera entre mis amigos, ella y yo, el destino siguió sus caminos misteriosos y nos llevó en direcciones opuestas.

Normalmente podía aceptarlo. Cuando el universo fluye, fluyo con él.

Dejo que el destino siga su curso. Pero, joder, a veces el universo me sorprende.

A veces sus señales son sutiles y otras, enormes, llamativas e innegables.

Y hoy era uno de esos días en los que las señales eran innegables, podía sentirlo.

Jess siempre había sido una mujer segura de sí misma, llena de confianza, el tipo de mujer que podía intimidarte solo con la mirada, pero hoy había estado nerviosa, insegura, distraída.

No pude evitar preguntarme si ella pensaba en aquella noche, igual que hacíamos nosotros.

¿La atormentaba, acechando en los recovecos de su mente?

¿Salía a la luz en la oscuridad? ¿Se tocaba recordando aquellos momentos?

Nosotros lo hacíamos. Todos lo hacíamos.

Jason se burlaría de la idea, Lucas lo negaría con todas sus fuerzas y Manson diría que ni siquiera había pensado en ella. Pero todos mentían.

Manson todavía tenía su tanga, aunque él creía que era muy discreto.

Había pillado a Lucas cotilleando sus redes sociales varias veces.

Y el ceño fruncido que adornó la cara de Jason durante el resto del día demostraba que no podía quitársela de la cabeza.

Se ponía de mal humor y se ensimismaba cuando se enfrentaba a un problema que no podía resolver, y Jess era precisamente eso: un puto problema que ninguno de nosotros podía resolver.

—Dudo que se quede mucho tiempo —dijo Manson, que cuando mencioné que la habíamos visto, se le escapó esa cara de haber recibido una bofetada, pero enseguida ocultó su expresión—. Se habrá ido antes de que acabe el verano.

Lucas parecía enfadado, como de costumbre.

—Que se vaya y no vuelva. Este puñetero pueblo no necesita más problemas.

Como si él estuviera para hablar. Lucas tenía más problemas que números la revista Playboy .

Estaba seguro de que se equivocaban. Cosas como esta no sucedían por casualidad, eran una señal.

Se respiraba un cambio en el aire, un poco más de calor en la espesa brisa veraniega.

El destino estaba tejiendo un nuevo patrón en nuestras vidas y cada hilo nos enredaba un poco más en un futuro inevitable.

O tal vez estaba dándole demasiadas vueltas y poniéndome poético.

Solo me alegraba de tener un poco de emoción en medio del aburrimiento del verano. Ver a Jess apoyada en mi coche con esos pantalones cortos tan sexys y ese bikini que apenas cubría nada me había puesto el cerebro a mil.

Tanto si Jess se quedaba como si no, necesitaba descargar un poco de frustración.

Pillé a Jason cuando salía de la ducha y lo inmovilicé contra la pared del pasillo, con una toalla alrededor de la cintura y el pelo aun goteándole.

—Oh, joder. —Se le cortó la respiración cuando lo agarré a través de la toalla, rozándole el cuello con los dientes.

Empecé a morderle. Primero la oreja, con suavidad, pero luego con más fuerza a medida que mi boca bajaba por su cuello. Él me rodeó el cuello con los brazos y me tiró del pelo cuando le mordí el hombro con fuerza.

—Te necesito arriba —le dije.

—Un segundo, voy a…

Levanté el brazo de golpe y lo agarré del cuello. Presioné mi frente contra la suya para que no pudiera evitarme la mirada.

—No, ahora —gruñí.

Eso le hizo esbozar una sonrisa.

Lo empujé sobre la cama en cuanto subimos al ático. Me subí encima de él, que respondió poniendo las manos sobre mi pecho, intentando colocarse encima. Yo era más alto, pero, sin duda, él era más fuerte. El tiempo que pasaba en el gimnasio había ayudado a tonificar sus músculos.

Para mí, era perfecto; aunque lo más probable es que protestase ante esa afirmación.

Aun así, por muy fuerte que fuera, me dejó inmovilizarlo. Necesitaba que lo vencieran. Ansiaba que lo sometieran, lo utilizaran y lo dominaran, sin tener que luchar por mantener el control.

No era muy diferente a Jess. Los dos se parecían más de lo que a él le gustaría admitir.

—Llevas horas pensativo —le dije, colando las palabras entre besos y mordiscos en su pecho mientras mantenía sus muñecas sujetas.

Él aspiró con fuerza cuando bajé la boca hasta su abdomen, pasando la lengua por debajo del ombligo y volviendo a morderle.

Tenía los músculos tensos y las venas hinchadas.

Cuando le quité la toalla y la tiré a un lado, ya tenía la polla empalmada.

Era larga y veteada y adquiría un llamativo color rojizo cuando estaba erecta.

Se me hizo la boca agua por las ganas de probarla.

—No he estado pensativo —murmuró, pero las palabras se le quedaron en la lengua cuando me la llevé a la boca.

Lo prefería un poco sucio, pero recién salido de la ducha también estaba bien. Sus caderas se movieron cuando me la metí hasta el fondo de la garganta, saboreando el esfuerzo de consumir toda su longitud. Enrosqué la lengua a lo largo de su miembro y me lo saqué de la boca.

—No me engañas. Llevas todo el día pensando en Jess.

Se puso tenso, abrió mucho los ojos y negó con vehemencia.

—No, no es cierto. No me importa lo que… que… ella… Joder…

Me levanté, inclinándome sobre él mientras le agarraba con fuerza del cuello y él me agarraba a mí del brazo.

Tenía el esmalte negro de la uña de su dedo pulgar desconchado de tanto mordérsela.

Me coloqué entre sus piernas, separándolas a la fuerza, observando la tormenta que se desataba en esos ojos azules.

—No tienes por qué ocultármelo —le dije mientras su garganta se movía al tragar saliva y su corazón latía con fuerza contra la palma de mi mano; se lo había dicho muchas veces y, sin duda, se lo diría muchas más—. Has tenido pensamientos sucios, pecaminosos y pervertidos con ella, ¿verdad? Dímelo.

Él asintió y yo le apreté el cuello.

—No te muevas hasta que yo te lo diga —gruñí a modo de advertencia.

Cogí una cuerda de uno de los ganchos que tenía en la pared.

El ático era mi dormitorio y mi estudio a la vez.

Tanto si creaba arte con pinturas y lienzos como con carne y hueso, tenía mucho espacio para trabajar.

También cogí una venda para los ojos, era un pañuelo rojo que le puse a Jason antes de empezar a atarlo con calma.

Se relajó mientras lo movía, atándole las cuerdas alrededor de los brazos y el pecho para sujetarle las muñecas detrás de la espalda. Era un nudo complicado, pero no tenía prisa. Con cada nudo, mis fantasías se volvían un poco más oscuras.

Qué no daría por atar a Jason y a Jess a la vez, por atarlos hasta que no pudieran hacer nada más que retorcerse, y luego los dejaría colgados de las vigas para que sufrieran por mí.

—Tú también has estado pensando en ella.

La voz de Jason se oía amortiguada contra las sábanas, boca abajo mientras apretaba el último nudo. Probó la sujeción, tensando los músculos y gruñendo un poco al tirar de la cuerda.

—Tienes razón. —Le apreté el culo antes de darle una palmada, sonriendo al ver cómo su piel pálida se enrojecía—. ¿Quieres saber en qué he estado pensando? —Volvió a asentir y yo le agarré del pelo, levantándole la cabeza de la cama—. Palabras, chico, habla. Respóndeme.

—Sí, señor, quiero saber en qué has estado pensando.

Sonaba un poco demasiado brusco para mi gusto.

Cogí una de las almohadas y la coloqué debajo de sus caderas.

Empezó a forcejear otra vez, pero otra palmada en el culo lo calmó antes de que se lo agarrara y se lo abriera.

Jadeó con fuerza cuando enterré la cara entre sus nalgas.

Pasé la lengua por su agujero, lamiendo hasta que apretó los muslos y empezó a mover sus caderas contra la almohada que tenía debajo.

—¿Ya estás un poco más dócil? —le pregunté.

—Sí, señor. —Sus dedos se curvaban y se flexionaban con una energía inquieta—. Quiero escuchar lo que has estado pensando. Por favor.

Me encantaba escuchar esa desesperación en su voz. Busqué el lubricante en el cajón de la mesita de noche, me unté primero el dedo y luego a él, una cantidad generosa.

—He estado pensando en lo divertido que sería teneros a ti y a Jess atados, uno al lado del otro —le dije, pasándole el dedo por el ano antes de introducirlo; gimió, amortiguando el sonido contra la sábana otra vez—.

Podría haceros dedos a los dos a la vez, a ver cuál empieza a temblar primero.

—Él ya estaba temblando y se puso tenso un momento, intentando contenerse—.

Estiraros a los dos hasta poder meter el puño.

Me encantaría tener a un niñato ensartado en cada mano.

—No pasará —me dijo, con voz temblorosa—. Sabes que eso nunca pasará, joder.

—Eso es lo que te dijiste a ti mismo sobre mí también, ¿no? —Me encantaba obligarle a seguir hablando cuando apenas podía articular dos frases—. Y mira cómo acabó aquello.

Lo tanteé un poco más, metiendo y sacando el dedo mientras añadía un poco más de lubricante.

—Desapareció. —Soltó un suspiro, disolviéndose en un gemido cuando añadí un segundo dedo, despacio—. No… Joder… No nos desea…