La deuda (Losers 1) 4
7%

4

Jessica

Volver a mi pueblo era raro, sobre todo porque nunca pensé que volvería a vivir aquí.

Wickeston se promocionaba como «un pedacito encantador del oeste de Tennessee», pero mientras conducía por el centro, me costaba ver ese encanto.

Unos cuantos edificios históricos bonitos y cafeterías al estilo años cincuenta no cambiaban el hecho de que este lugar era aburrido.

Teníamos algunas grandes superficies y cadenas de restaurantes, pero nada que ver con la gran variedad de opciones de las que había disfrutado mientras vivía en Nashville los últimos dos años. La mayoría de la gente estaba tan aburrida que se entretenía metiéndose en los asuntos de los demás.

Como mi madre, por ejemplo. Solo llevaba una semana en el pueblo y ya se había metido en mi vida amorosa con una determinación inquebrantable.

¿Por qué demonios seguía soltera? Olvídate del trabajo y de deshacer las maletas, ni se te ocurra tomarte un respiro después de mudarte a la otra punta del estado.

Tenía que volver a salir y conocer a un posible marido, sin importar cuántos eventos de voluntariado tuviera que imponerme para conseguirlo.

Era como volver al instituto. Mi madre había vuelto a poner toda mi vida en su agenda calculada al milímetro y, según ella, iba con retraso.

Había malgastado todo mi tiempo estudiando cuando debería haber seguido mi verdadera vocación de convertirme en una esposa florero y productora de nietos lo antes posible.

No era como si pudiera decirle que no a mi madre. Su casa, sus reglas.

Hacía un calor sofocante y húmedo cuando llegué al aparcamiento de la iglesia.

No había asistido a una misa en casi doce años, pero eso le daba absolutamente igual.

Su grupo de oración estaba organizando un lavado de coches para recaudar fondos para el próximo festival del cuatro de julio y cuando llegué ya había una fila de vehículos esperando.

Dios, esto me iba a dejar unas marcas de bronceado horribles. Mamá había insistido en que me vistiera «con decoro»; más concretamente, «nada de tops cortos que dejaran las tetas al aire ni pantalones cortos provocativos».

Así que eso era exactamente lo que llevaba puesto.

Un top escotado y unos bonitos vaqueros cortos y deshilachados.

Para ser justa, eran los pantalones cortos más largos que tenía y me cubrían todo el culo; aunque a duras penas.

Sinceramente, mamá debería estar agradecida de que me hubiera puesto una camiseta blanca en lugar de llevar solo el bikini que llevaba debajo.

Por desgracia, no parecía nada agradecida cuando me acerqué a ella, bajo la carpa que protegía a los voluntarios del sol.

—Debería mandarte a casa —murmuró, tirando del dobladillo de mis pantalones cortos.

Llevaba su largo cabello peinado en un gran moño de ondas rubias, perfecto como siempre a pesar de la humedad. Había usado suficiente laca como para resistir un tornado.

—Y llegas tarde —me regañó—. Te dije que estuvieras aquí a las diez.

—Estaba trabajando, mamá —suspiré, sacando una botella de agua de la nevera y pasándomela por el cuello.

Mi madre hizo un gesto de desprecio con la mano.

—Ese trabajito de becaria te está quitando mucho tiempo —comentó—. Y apenas te pagan. Te estás poniendo muy pálida por estar todo el día encerrada.

Resistí el impulso de taparme la cara con las manos y gritar.

Mi trabajito de becaria era en la empresa de diseño arquitectónico Smith-Davies, una de las mejores de la costa este.

Me pasaba las mañanas en el gimnasio antes de volver a casa y ponerme a trabajar rellenando hojas de cálculo y respondiendo a los correos de mi jefe.

Era todo a distancia y no pagaban mucho, pero al menos me estaba abriendo camino.

Si lograba superar con éxito mi evaluación a los seis meses, tenía muchas posibilidades de convertir estas prácticas a tiempo parcial en un trabajo a tiempo completo.

Tenía que hacer algo para salir de Wickeston. La oficina principal de Smith-Davies estaba en Nueva York y, si me contrataban a tiempo completo, me mudaría allí sin dudarlo.

Intenté explicárselo a mi madre, pero hizo oídos sordos. Vio a alguien al otro lado del aparcamiento y saludó con la mano, inclinándose hacia mí.

—¡Mira! —exclamó en voz demasiado alta—. Es el hijo mayor de Julie. Te acuerdas de él, ¿verdad? ¿Robert?

—Literalmente no lo he visto desde primaria —dije, mirando al chico alto y vagamente familiar que ayudaba a dirigir a los niños más pequeños que trabajaban en la fila de lavado de coches—. Vomitó en mi fiesta de cumpleaños porque se comió la tarta demasiado rápido.

Mi madre hizo cara de asco.

—Mm, es verdad. Lo había olvidado. Bueno, tiene un hermano pequeño. Creo que se llama Joshua. Oh, ahí está Julie. Su marido y ella están hablando de divorciarse otra vez, pobrecita. ¡Hola, Julie! ¡Qué alegría verte! ¿Qué tal la familia?

Y así, sin más, mi madre se fue a hacer de casamentera mientras yo lavaba coches con mucho encanto. No podía explicarle la verdadera razón por la que no me interesaba salir con nadie. La verdad es que me habían puesto el listón muy alto, y ahora no me conformaba con menos.

Si un chico no podía jugar con mi masoquismo con el mismo entusiasmo con el que jugaba con mi placer, entonces no lo quería.

Simplemente no había una forma agradable de decirle a tu madre que querías un chico que pudiera azotarte igual de bien que follarte, un hombre que se sintiera tan cómodo con látigos y cadenas como con cenas a la luz de las velas, alguien que no tuviera miedo de tomar el control, pero que no convirtiera la relación en una jaula.

¿Pedía demasiado? Probablemente. Pero había estado exigiendo demasiado toda mi vida y no iba a dejar de hacerlo ahora.

El problema era que ya había encontrado personas que cumplían esos requisitos. Cuatro, de hecho, y todas seguían aquí, en Wickeston.

Si explicarle mis deseos fetichistas a mi madre ya era malo, lo más probable era que sacar el tema de estos cuatro hombres hiciera que me repudiara.

Unos tipos tatuados con mala reputación y algún que otro antecedente penal no eran lo suficientemente buenos para su pequeña.

De todos modos, daba igual. No había hablado con ninguno de ellos desde el día después de la fiesta de Halloween.

Eché un vistazo bajo la carpa, donde mamá hablaba en voz alta por teléfono, con una lista en una mano y su café con leche y hielo en la otra, el móvil lo tenía sujeto entre la oreja y el hombro.

—Ya le dije a Annamae que el tema del año pasado fue rojo, blanco y arándanos —dijo—. Bendito sea su pequeño corazón sin imaginación, pero no vamos a repetir el tema.

Ya estaba harta de achicharrarme al sol. Me quité la camiseta y la tiré sobre una de las sillas plegables que había cerca. Todas esas simpáticas señoras de la iglesia tendrían que aguantar mis tetas si querían que siguiera limpiando coches.

Hice una pausa para beber agua, me bebí la mitad de una botella de agua fría y me eché el resto por los brazos y los hombros.

Otro coche se detuvo delante de mí, un Subaru WRX azul con un enorme alerón en la parte de atrás. El motor ronroneaba y las ventanillas estaban tan tintadas que apenas podía ver el interior.

Era un vehículo que me resultaba familiar, pero no conseguía recordar por qué hasta que golpeé con los nudillos la ventanilla del conductor para cobrarle.

La ventanilla se bajó y me quedé paralizada. Se me detuvo la respiración, el corazón me latió con fuerza y una sensación pesada se extendió por mi pecho hasta cerrarme la garganta.

Vincent estaba sentado en el asiento del conductor, sosteniendo un billete de diez dólares doblado entre sus dedos. Parecía tan sorprendido como yo, con sus ojos verde oscuro muy abiertos mientras me miraba.

—¿Jessica?

Jason me miraba fijamente desde el asiento del copiloto, con su pelo azul revuelto enredándose alrededor de su rostro en suaves ondas. Sus ojos eran del mismo color, sobrenaturalmente brillantes.

Abrí y cerré la boca antes de lograr articular palabra.

—Hola.

«Hola». Eso fue todo; eso fue todo lo que fui capaz de decir.

Joder, muy bien, Jessica.

Pero mi saludo le arrancó una sonrisa a Vincent. Llevaba el pelo largo y castaño recogido en un moño desordenado y tenía los brazos desnudos cubiertos de tatuajes. Olía a verano, a cítrico, a marihuana y a muy malas decisiones.

De repente, fui consciente de cada centímetro de mi piel que podían ver, y sentí cómo el calor me subía aún más.

La última vez que los vi, estaba de rodillas haciendo las mamadas más aterradoramente eróticas de mi vida.

Incómoda era poco para describir esa sensación entre el pánico y la excitación que hacía que mi cuerpo vibrase.

No sabía exactamente por qué estaba excitada.

—¿Has vuelto al pueblo de visita? —preguntó Vincent, que seguía ofreciéndome el dinero, pero yo no lo había cogido.

—Sí. O sea, no, no exactamente. Estoy aquí de forma temporal. —Intercambiaron una mirada mientras yo tartamudeaba. Por Dios, chica, contrólate—. No estoy de visita. Me he mudado a casa de mis padres. Temporalmente.

Decirlo era como admitir la derrota. Había soñado con conseguir un trabajo nada más salir de la universidad, empezar una vida en un lugar nuevo. En cambio, había vuelto al punto de partida.

—Joder, otra vez en casa con mamá y papá —dijo Jason, sacudiendo la cabeza—. Tiene que ser raro para ti.

—Raro es quedarse corto —admití en voz baja.

Odiaba ese sentimiento de que me hubieran pillado desprevenida. Mis nervios se disparaban y, cuando me ponía nerviosa, me volvía malvada. A menudo me costaba mucho controlar mi lengua.

—Eh, señorita Martin —me llamó uno de los chicos del grupo juvenil, mirando el coche con incertidumbre—. ¿Empezamos a lavarlo o…?

Aún no había aceptado el dinero de Vincent. Extendí la mano para cogerlo, pero él lo retiró un poco.

—Sabes, soy bastante exigente con mi coche —dijo en voz baja—. ¿Por qué no dejas que los chicos se encarguen del siguiente y tú te ocupas de nosotros?

Jason sonrió con aire burlón, fingiendo estar concentrado en su móvil. Ni siquiera tenía una aplicación abierta; solo estaba haciendo clic al azar en la pantalla. Le quité el dinero a Vincent de la mano y lo guardé en la parte superior de mi bikini.

—Apaga el motor —ordené—. Y sube la ventanilla, a menos que quieras mojarte.

—No me importaría mojarme.

Lo ignoré, cogí el cubo con el agua enjabonada y lo vertí sobre el coche. Consiguió subir la ventanilla a tiempo, pero pude verle sonriéndome a través del parabrisas. Jason ya no fingía mirar su móvil mientras yo me inclinaba sobre el capó, frotando con una esponja la chapa azul brillante.

—Chicos, vosotros os encargáis del siguiente —les dije, ahuyentando a los niños.

Ellos podían ocuparse de la furgoneta pequeña, que era el siguiente en la fila. El Subaru WRX era mío.

Jason y Vincent se quedaron mirando mientras yo me estiraba todo lo que podía sobre el capó, con el pecho rozando el metal húmedo. Fui minuciosa, pero intenté moverme rápido porque lo último que quería era que mi madre colgara el teléfono y empezara a regañarme por no llevar camiseta.

Cuando me moví hacia el lado del copiloto, Jason bajó un poco la ventanilla.

—No te olvides de las ruedas —dijo—. Están bastante sucias.

Apreté los dientes mientras me arrodillaba y frotaba los bordes negros.

Cuando terminé, me puse de puntillas para llegar al techo, lo que me colocó justo delante de la ventanilla de Jason.

Sabía que él me estaba mirando, pero no me importaba montar un pequeño espectáculo.

Apretada contra el cristal, pude ver cómo Vincent se inclinaba y ponía la mano sobre el evidente bulto de Jason, dándole un apretón.

Hacía un calor insoportable y sudaba como una pecadora en plena misa. Era una alegoría preocupantemente precisa, teniendo en cuenta mi situación actual.

Justo cuando estaba terminando, capté la mirada furiosa de mi madre. Oh, estaba enfadada y dispuesta a ponerse de mala leche, sobre todo porque había hecho lo mismo que Paris Hilton: solo me faltaba la hamburguesa. A toda prisa, enjuagué el coche y, cuando terminé, llamé a la ventanilla.

Vincent sonreía cuando bajó la ventanilla.

—Un servicio de primera —dijo, entregándome otro billete de diez dólares—. Normalmente evito dar dinero a la iglesia, pero quizá me hagas creyente.

—Aunque no lo creas, no estoy aquí por la iglesia —respondí, guardando su generosa donación en mi bikini junto al otro billete.

Jason abrió los ojos con fingida sorpresa.

—¿No? ¿En serio? Nunca lo hubiera imaginado.

El bulto en sus pantalones era una distracción tremenda.

Di un paso atrás cuando Vincent arrancó el coche; el motor cobró vida con tal estruendo que varias de las mujeres que estaban bajo la marquesina empezaron a quejarse.

La forma en que Vincent me miraba, con los ojos posándose en los lugares adecuados, me hacía sentir como si me estuviera quitando la ropa sin siquiera tocarme.

—Nos vemos, Jess —se despidió, y su tono de voz me provocó un pequeño y ridículo cosquilleo en el vientre.

El motor emitió un fuerte sonido al incorporarse a la carretera y una pequeña llamarada salió disparada del tubo de escape mientras se alejaba a toda velocidad.