La deuda (Losers 1) 3 #2
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Me asomé al exterior, entrecerrando los ojos ante la deslumbrante luz del sol.

La propiedad era grande y la mayor parte estaba cubierta de árboles y maleza.

Cuando nos mudamos, limpiamos el jardín delantero, quitamos los trastos y reparamos el gran garaje de metal construido en un lateral de la propiedad.

Ese garaje era ahora nuestro taller y sus paredes exteriores estaban decoradas con las pinturas de Vincent.

Mis padres habían dejado que este lugar se deteriorara cuando eran sus propietarios, pero yo lo había heredado hacía poco más de un año y ya habíamos hecho más reformas que mi padre en todos los años que vivió allí.

No tenía ni idea de dónde estaba mi padre ahora. El año pasado, cuando mamá falleció, solo apareció para armar un escándalo por el testamento antes de desaparecer otra vez. Por lo que yo sabía, mi viejo también estaba muerto, y mejor así.

Lucas caminaba de un lado a otro del patio, con el ceño fruncido y fumando. Tenía las manos sucias de trabajar en el taller, manchadas de aceite y mugre. El garaje lo atendíamos los dos y trabajábamos los siete días de la semana, a veces las veinticuatro horas del día cuando teníamos mucho trabajo.

Nuestro otro perro, un pequeño chucho con la nariz chata al que Vincent había bautizado como Haribo, estaba tumbado cerca, con la cabeza apoyada entre sus patas.

Cuando salí del porche, el perro me lanzó una mirada que claramente decía: «Este tío me está estresando».

Para mí estaba claro lo que decía, pero seguramente Lucas no habría estado de acuerdo con esa interpretación.

—¿Sabías que Alex McAllister va a ir a esa fiesta de la semana que viene? —preguntó Lucas en voz baja. Todos los músculos de su garganta estaban tensos por el esfuerzo de controlar el volumen de su voz.

Mi cerebro tardó un segundo en procesar lo que había dicho.

—¿Te refieres a la hoguera? ¿Lo del día cuatro?

—Sí, a la puta hoguera —respondió dando una larga calada al cigarrillo, todo su cuerpo estaba en tensión.

Lo conocía desde hacía años y siempre había sido así.

Se enfadaba con facilidad, tardaba en perdonar y era muy temperamental.

O estaba tan cachondo que quería follar día y noche, o estaba tan retraído que ni siquiera quería que lo tocaran.

Pero nos entendíamos mejor que nadie. Nos unió el trauma; nos aferramos el uno al otro cuando la desesperanza de nuestra adolescencia parecía no tener fin. Era un vínculo inquebrantable.

Los cuatro habíamos decidido construir una vida juntos y eso significaba lidiar con los otros incluso en nuestros peores momentos.

—No pregunté por Alex —dije, recordando al imbécil que me había dado un puñetazo en la cara justo antes de que yo amenazara con cortarle el cuello de oreja a oreja.

No hay nada como que te acosen hasta el punto de estar dispuesto a matar a alguien. Pero nunca olvidaré lo rápido que cambió la expresión de ese cabrón, pasando de la suficiencia al terror cuando se dio cuenta de que iba a defenderme.

—Supuse que estaría allí —continué—. Teniendo en cuenta que es festivo, dudo que se quede en casa. Joder, por lo que sé, podría aparecer hasta Kyle.

—¿Y eso no te molestaría? —preguntó Lucas apagando el cigarrillo con la bota—. ¿No te molestaría ver la cara de ese imbécil después de lo que hizo? —Me dio un golpecito en la mandíbula con los nudillos, justo en la cicatriz—. ¿Y esto? —Otro golpecito, otra cicatriz.

Su actitud estaba empezando a ponerme tenso.

Si me hubiera tocado la cara así hace unos años, le habría dado un puñetazo sin pensármelo.

Ya había pasado antes, porque Lucas no controlaba sus impulsos cuando estaba así, y yo no controlaba esos picos de luchar o huir que inevitablemente se inclinaban hacia la lucha.

Había mejorado, me había esforzado por mejorar. Pastillas, meditación, terapia, lo que fuera necesario. No iba a seguir el ciclo en el que mi padre me había metido.

—Lucas, tienes que tranquilizarte —le pedí, metiéndome las manos en los bolsillos para controlarlas—. Ahora mismo estás en el nivel diez, tío. Tienes que calmarte. Si no, no puedo hablar contigo.

Exhaló con rabia mientras caminaba de un lado a otro y se pasaba la mano por el pelo rapado. Al cabo de un rato, se detuvo y volvió a respirar hondo.

—Vale, tienes razón, lo siento —se disculpó—. Lo siento, Manson, ya lo sabes, yo… Ya sabes que lo siento.

Se quedó en silencio, dándose unos segundos para ordenar sus pensamientos. Haribo se sentó a mis pies y yo me agaché para rascarle detrás de las orejas.

—Hay mucha gente en este pueblo a la que a mí tampoco me gusta ver —dije—. Pero estaremos todos allí. ¿Quién se va a meter con todos nosotros juntos?

—Seguramente algún imbécil que no sabe lo que le conviene —respondió sacudiendo la cabeza, pero la tensión había desaparecido de su rostro.

—Entonces, ¿vendrás? —pregunté y al ver cómo me miraba con incertidumbre. Haciendo una mueca, insistí—: Vamos, sé que no quieres quedarte en casa de morros.

Me dio un empujón en el hombro mientras se reía.

—Vale, vale. Iré. Pero no te garantizo que me porte bien. ¿Vas a venir ya a trabajar o qué?

—Sí, sí, ya voy. Déjame recoger primero el correo de ayer. Algunos capullos lo han estado robando de nuevo —respondí, y me hizo un gesto con la mano por encima del hombro mientras se adentraba en el garaje.

Una estrecha carretera de tierra pasaba por delante de nuestra casa, a la sombra de unos nogales.

La seguí hasta la carretera principal, la Ruta 15, secándome el sudor de la frente.

Estaba deseando que acabara el verano; no estaba hecho para este calor.

Esperaba con ansias los días más frescos y secos del otoño.

—Joder —gruñí cuando encontré el buzón volcado, con el poste de madera partido por la mitad y la caja metálica destrozada; parecía como si alguien lo hubiera embestido con su camioneta, probablemente a propósito—. Hijos de puta.

Saqué el buzón de entre la maleza y lo apoyé contra lo que quedaba del poste. Otra cosa más que tendríamos que arreglar. Abrí la puerta a la fuerza, rompiéndola en el proceso y tirándola a un lado.

El correo también había desaparecido. Fantástico.

Otro día estupendo en el bonito y acogedor Wickeston.