La deuda (Losers 1) 3
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Manson

Presente

Dos años y ocho meses después

Me desperté sintiendo que el mundo se derrumbaba a mi alrededor.

El corazón me latía con fuerza y la adrenalina me corría por las venas. Tenía los dedos fríos y me hormigueaban, pero todos esos síntomas me resultaban familiares.

Quizá crujió una tabla del suelo y eso me trajo un viejo recuerdo, o tal vez uno de los chicos había alzado la voz y mi cerebro lo identificó como un peligro potencial. Fuera lo que fuese, la ansiedad me había despertado.

Había estado soñando y, aunque rara vez recordaba lo que soñaba, este lo tenía fresco. En realidad, era un recuerdo, desenterrado de los recovecos de mi cerebro y reproducido como una de esas cintas VHS de mala calidad.

Había soñado que estaba sentado contra la pared detrás del instituto Wickeston, entre los contenedores de basura.

Podía oler el hedor de la comida podrida y había algo pegajoso bajo mi mano, aplastado contra el cemento.

Me dolía el abdomen, tenía espasmos en el diafragma y me agarraba el vientre con el brazo mientras aguantaba las ganas de vomitar.

Recibir un puñetazo en la barriga siempre era horrible, pero Kyle pegaba especialmente fuerte, incluso en sueños.

Aun así, él y sus amigos pasaron a un segundo plano; su presencia me resultaba irrelevante. No me importaban ellos ni el dolor que me causaban. Solo me importaba ella.

Jessica se colocó frente a mí, con los brazos cruzados, con esas piernas que parecían kilométricas con esos tacones y esa falda de cuadros ajustada.

Tenía el pelo rubio tan largo que le llegaba hasta la cintura e imaginé cómo sería enrollármelo en la mano para echarle la cabeza hacia atrás y oírla gemir.

¿Acaso pensaba que Kyle era impresionante porque podía mangonearme? ¿Le ponía eso? ¿Le emocionaba? Ojalá hubiera sabido qué se escondía detrás de esos brillantes ojos verdes.

En mi sueño, ella se cernía sobre mí con la mano apoyada en la pared encima de mi cabeza.

—No dejes que este perdedor olvide cuál es su lugar —susurró.

Sí. Mi lugar estaba aquí, en el suelo, mirando a la mujer que no podía tener. Era una puta belleza. Despiadadamente perfecta. La broma más cruel que me había gastado la vida.

Hubiera preferido no despertar. Quería quedarme en esa fantasía. Todo lo que me quedaba de esa mujer eran recuerdos desgarradores y sueños salvajes.

Con un profundo suspiro, me senté en la cama y me froté la cara. El sol brillaba a través de las persianas metálicas que cubrían mi ventana. Cogí mi móvil, gimiendo al ver la hora. Era incluso más tarde de lo que pensaba.

Recogí los pañuelos usados de la noche anterior de mi mesita de noche y cogí el bote de crema para llevarlo al baño. Pero lo que realmente me avergonzaba era la tela arrugada junto a los pañuelos: un tanga de encaje endurecido por el semen porque me había masturbado con él, otra vez.

Era de Jessica. Lo lavaría más tarde en el lavabo, ni de coña lo pondría en la colada y me arriesgaría a que alguno de los chicos lo encontrara. Nunca lo recuperaría.

Ya empezaba a hacer demasiado calor, el aire estaba cargado de humedad cuando entré tambaleándome en el baño.

Me eché agua fría en la cara y me aparté el pelo lo mejor que pude.

Estaba demasiado largo; tenía que cortármelo.

Vi el mundo con más claridad una vez me puse las lentillas, lo suficiente como para agarrar mi frasco de pastillas de la estantería y tragarme dos.

Después de unos cuarenta y cinco minutos, tal vez una hora, la presión que sentía en el pecho se suavizaría como si fuera mantequilla derretida. Podría volver a respirar. Tendría el control.

Enchufé el vaporizador y lo encendí antes de salir.

La manzanilla, la lavanda y el limón se esparcieron en el aire en una suave bruma, cubriendo el viejo olor a cigarrillos que se adhería a las paredes.

Kathryn Peters, mi antigua trabajadora social, me sugirió que probara la aromaterapia cuando vivía con su familia y el hábito se había quedado conmigo.

Sin Kathy, habría acabado en la calle. Otro chico en libertad condicional que habría caído en el olvido.

En cambio, ella me dio un lugar seguro donde quedarme hasta que tuve mi propia casa.

Seguía llamándola a menudo para charlar y también me había hecho muy amigo de su hijo Daniel.

Pero ahora él vivía en el extranjero, así que cuando me mudé, Kathy y su marido James vendieron su casa de Wickeston y empezaron a viajar.

La última vez que me llamó estaba en un crucero rumbo a la costa de Alaska.

Me propuse enviarle un mensaje hoy. No había mucha gente fuera de mi familia con la que tuviera una relación cercana, pero Kathy me había salvado la vida. Nunca lo olvidaría.

La habitación más cercana a la mía era la de Lucas, pero la puerta estaba abierta y su cama desordenada y vacía.

Probablemente estaba trabajando en el taller, enfadado porque me había quedado dormido.

La habitación de Vincent estaba en el ático y la de Jason más adelante, en el pasillo, aunque pasaba la mayoría de las noches en la habitación de Vince.

La casa era lo suficientemente grande para todos y sobraba una habitación, pero esa habitación extra estaba cerrada con llave.

Sin recuerdos, sin fantasmas en las paredes. Solo era una habitación.

Si me lo repetía lo suficiente, acabaría convirtiéndose en realidad.

El olor a comida frita y marihuana me recibió cuando bajé las escaleras hacia la cocina.

Jason estaba allí, friendo salchichas, mientras mi pitbull, Jojo, empujaba su húmedo hocico gris contra su pierna con aire exigente.

El agua corría en la ducha del pasillo y Vincent cantaba a todo pulmón desde dentro.

—Joder, te ha costado un buen rato bajar. —Jason me miró al entrar, con el pelo azul revuelto y húmedo y una toalla sobre los hombros—. ¿Quieres algo? No te dejes engañar por esa muerta de hambre. Ya le he dado de comer.

—Podría comer algo.

Me dejé caer en una de las sillas desparejadas junto a la mesa mientras Jason sacaba las salchichas de la sartén.

Jojo decidió que yo era un mejor objetivo para mendigar y se acercó moviendo la cola con tanta fuerza que golpeaba todo a su paso.

Le agarré su gran cabeza y la sacudí de un lado a otro en una pequeña danza que la hizo gemir emocionada mientras intentaba lamerme la cara.

No tenía nada de hambre, pero si no comía, en unas horas empezarían los temblores.

—¿Tostadas y huevos también? —preguntó Jason, con la mano cerca de la puerta del frigorífico.

—Por favor.

El grifo de la ducha dejó de escucharse y Vincent apareció cantando, a todo volumen y completamente desnudo. Su largo cabello iba dejando gotas de agua sobre el suelo mientras cogía una salchicha del plato y le daba un mordisco antes de subir las escaleras.

—¡Dios, Manson, ponte una camiseta! —gritó—. ¡No puedes andar por ahí medio desnudo!

—¿Te ha enviado Lucas algún mensaje? —preguntó Jason mientras me pasaba un plato con comida y se sentaba al otro lado de la mesa.

Negué con la cabeza y rocié los huevos con salsa picante antes de empezar a comer.

—Esta mañana está de buen humor. Cabreado como una mona —continuó Jason.

—Hablaré con él —dije, a la vez que Jojo me empujaba la cadera con la nariz y gemía con entusiasmo, así que le pasé un trozo de salchicha por debajo de la mesa—.

Nos quedamos hasta tarde en el taller. Ese Ford estaba mucho peor de lo que pensábamos.

El motor estaba lleno de una porquería espesa como el barro.

Jason puso cara de asco. Trabajaba como programador, pero pasaba suficiente tiempo libre en el taller como para saber cómo funcionaba, echando una mano cuando Lucas y yo estábamos demasiado ocupados con los trabajos de reparación.

—Solo unos meses más y las cosas cambiarán —prometió—. No habrá más coches de mierda una vez tengáis montado el próximo taller.

Asentí con la cabeza. Solo faltaban unos meses para poder poner a la venta esta vieja casa y largarnos de Wickeston.

Una vez nos mudáramos, Lucas y yo teníamos pensado montar nuestro próximo local como un auténtico taller de tuneado.

Me sentía muy orgulloso de mi trabajo y no podía conformarme con ser un simple mecánico más del pueblo.

Se acabó perder el tiempo con la transmisión defectuosa del coche de la abuela o el motor averiado del tío Pete.

Queríamos que se nos conociera por lo que nos apasionaba: construir coches rápidos que arrasaran en todas las competiciones.

Por mucho que me costara comer, el desayuno me sentó bien. Me había terminado mi plato cuando Vincent volvió a bajar, ya completamente vestido, y se sentó junto a Jason, sonriendo.

—¿Te falta algo esta mañana, J? —le preguntó.

Jason lo miró fijamente.

—Seguramente.

—Algo como tu mechero, ¿tal vez?

Jason negó con la cabeza y suspiró.

—Déjame adivinar, ¿lo tengo detrás de la oreja?

Vincent abrió la boca con una expresión de sorpresa exagerada mientras completaba su truco de magia favorito y sacaba el mechero de Jason de su oreja.

—Maldita sea, J, ¿por qué te guardas el mechero en la oreja?

Jason gruñó y yo oculté mi sonrisa detrás del último bocado de tostada.

Mientras dejaba mi plato en el fregadero, la puerta principal se abrió con un chirrido y Lucas asomó la cabeza.

—Manson. Tengo que hablar contigo.

—¡Oye, al menos desayuna algo! —exclamó Jason, pero Lucas se marchó tan rápido como había aparecido.

Miré a Vincent, que negó con la cabeza.

—Hoy está de muy buen humor —dijo.

—Se calmará —respondí—. Voy a ver qué pasa.