La deuda (Losers 1) 2
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Jessica

La mañana después del reto

Todo cambia después del instituto. Todo .

Ahora eres una persona adulta, o eso dice la gente.

Es hora de tenerlo todo claro. La vida, el amor, tu carrera profesional.

Se supone que debes tener un plan. El resto de tu vida te está esperando.

Pero, en lugar de eso, te tambaleas en las crecientes aguas de la edad adulta mientras el tiempo pasa, abrumada y poco preparada.

¿Cómo diablos se supone que debía planear el resto de mi vida cuando apenas había empezado a vivirla? Dudaba de la persona que creía ser, dudaba de cada decisión y de los sueños que alguna vez había tenido.

Había cambiado. No me conocía tanto como creía.

Me quedé mirando mi reflejo en el espejo rayado del baño del restaurante, usando una toallita desmaquillante que llevaba en el bolso para limpiarme el rímel corrido. Pero no podía borrar el chupetón rojo intenso que tenía en el cuello. No podía quitarme el olor a sexo del pelo.

No podía olvidar lo de la noche anterior. Tampoco quería hacerlo.

Me arreglé la coleta y di un paso atrás para verme mejor antes de salir del baño.

Debería haberme traído ropa para cambiarme después de la fiesta o, al menos, unos pantalones, porque mi disfraz de ángel era poco más que lencería elegante.

Al menos la sudadera era lo suficientemente larga como para cubrir la falda corta.

La sudadera olía a él, a Manson. Me recordaba a las hojas caídas del otoño, a los días nublados y a las hogueras.

¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Qué había hecho?

Me reuní con Ashley en nuestra mesa, contenta de ver que ya nos habían traído la comida. Mi amiga gemía sobre su plato de tortitas, con la frente apoyada en la palma de la mano.

—No pienso volver a beber —soltó con amargura.

Sonreí y me incliné sobre la mesa para acariciarle la cabeza en señal de compasión y desacuerdo. Era la resaca la que hablaba. El próximo fin de semana volvería a emborracharse.

Era raro no tener resaca con ella. Pero beber poco no había sido ni de lejos lo menos extraño que había pasado en la fiesta la noche anterior.

Ver a Manson allí, un año y varios meses después de su expulsión, no había sido lo más extraño.

Ni siquiera ver a Jason, Lucas y Vincent de nuevo había sido tan raro como lo que vino después.

Lo que había hecho —lo que por fin me había permitido hacer— era tan extraño que no me atrevía a decirlo en voz alta.

Quizá había metido la pata y lo de anoche había sido un gran error.

La gente se enteraría. Nunca volverían a mirarme igual.

Los vídeos de mí jugando a bebe o reto con Manson iban a aparecer en todas las redes sociales.

Pero lo que había pasado después del juego, lo que había ocurrido en la oscuridad, era lo que de verdad me asustaba.

Me había perdido en la lujuria que se había ido acumulando en mí desde que esos hombres entraron en mi vida.

No me sentía la misma persona que había sido ayer. Me sentía falsa, como si me hubieran metido en el cuerpo de un maniquí y hubiera olvidado qué pose debía mantener.

Ya no sabía qué demonios quería.

Excepto el gran plato de panecillos y salsa que tenía delante. Quería tenerlo en mi estómago, de inmediato.

—Tía, ¿qué pasó anoche? —Ashley me miró con el ceño fruncido—. Aceptaste ese reto raro de Manson y desapareciste. ¿Acaso…? —Se humedeció los labios con una pequeña sonrisa, ni siquiera una resaca iba a impedir que se enterara de toda la historia—. ¿Por fin te lo tiraste?

—¿Por fin? —Mi voz sonó chillona—. ¿Qué quieres decir con «por fin»?

Puso los ojos en blanco.

—Oh, venga ya. Lo entiendo, ¿vale? Es raro y peligroso.

Es el rollo de chico malo, ¿no? Es divertido.

—Pinchó un trozo de tortita con el tenedor y lo untó en el sirope que tenía en el plato—.

Por cierto, me encontré con Jennifer en la fiesta.

Me dijo que Vincent y Jason y… —Chasqueó los dedos mientras intentaba recordar.

—Lucas —la ayudé en voz baja y ella dio una palmada.

—¡Sí! Lucas Bent. Dijo que los vio a todos anoche. Iban vestidos de payasos, esos puñeteros bichos raros. Yo no los vi. No puedo creer que los invitaran —dijo mientras seguía mojando su trozo de tortita, que estaba ya empapado—. Pero mencionó que te vio con ellos.

Me llené la boca de panecillos con salsa en un último intento por ganar tiempo. La masa se me pegaba a la boca como si fuera pegamento. Tragué despacio.

—Sí, eh… —Hice otra pausa dando un sorbo al zumo de naranja—. Son amigos de Manson.

Información inútil. Ella ya lo sabía.

—Claaaro. —Sus ojos se clavaron en mí, mientras el sirope goteaba de su tortita a la mesa barata del restaurante—. Amigos íntimos, según he oído.

—Muy íntimos —murmuré, pero me arrepentí al instante al sentir su sorpresa—. Mira, dejemos el tema, ¿vale?

—¡Uf, Jess, vamos! ¡Quiero saberlo! Solo fue un rollo de una noche, ¿no? No es como si… —Se rio entre dientes, como si lo que estaba a punto de decir fuera completamente ridículo—. No es como si fueras a salir con él, ¿verdad? ¿Te lo imaginas? Creo que a tu madre le daría un infarto.

Se rio y yo intenté unirme a ella.

Me vibró el móvil y se me aceleró el corazón cuando vi aparecer su nombre.

Manson Reed.

Ashley golpeó el plato con el tenedor varias veces cuando cogí el móvil.

MANSON

¿Qué te parece desayunar juntos el próximo sábado? Podemos ir solos, pero creo que a los chicos les gustaría conocerte en un ambiente más adecuado. Podemos ponernos al día con todo lo que ha pasado.

Tragué saliva con fuerza. Me dolía la cabeza, pero no por la resaca.

Ashley me miraba como un halcón a su presa.

—Pero bueeeno —dijo despacio mientras bloqueaba el móvil y lo dejaba a un lado—. ¿Es él? ¿Te ha enviado un mensaje tan rápido? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Una hora desde que salimos de la casa? —Se rio—. El chico de la navaja parece un poco obsesionado.

—No era él —solté enseguida—. Era mi madre. Dudo que vuelva a tener noticias de él. —Partí un trozo del panecillo, y luego otro, y otro, así hasta que lo desmenucé entero, ahogándolo en la salsa—. Fue cosa de una noche. Solo un poco de diversión. No es algo que vaya a funcionar nunca.

Asintió con la cabeza, y mis palabras cargadas de desdén terminaron por aplacar su interés.

El statu quo se mantuvo. Manson, Lucas, Vincent y Jason existían en su mundo, y yo en el mío.

No funcionaría.

No podía funcionar.

Mi madre se volvería loca. Mi padre nunca lo entendería. Mis amigos pensarían que había perdido la cabeza.

No había nada más que lujuria entre nosotros y lo que había pasado en la fiesta era la consecuencia de ello.

No importaba que nunca me hubiera sentido tan libre, tan viva, como la noche anterior. Confiar en esos chicos en mi búsqueda del placer había despertado una parte de mí que no sabía que existía.

Dios, incluso había dejado que se me escapara la palabra «amo» al despedirme de Manson.

Pensar en ellos hizo que se me acelerara el corazón y me sudaran las manos, como si cada centímetro de mi cuerpo ansiara su presencia, el más mínimo contacto, la sobrecogedora experiencia de estar rodeada por los cuatro en la oscuridad con toda su atención puesta en mí y solo en mí.

Anoche me habían retado a hacer muchas cosas, pero esta mañana mi valentía había desaparecido. Tenía por delante años de universidad y una reputación que mantener.

Lo que había pasado en la oscuridad tenía que quedarse allí.