1 #3
Dudé ante mi taquilla, con la culpa devorándome las entrañas mientras Manson entraba en el baño de los chicos.
Cerrando la taquilla con un clic, me dije a mí misma que no importaba.
—Vaya, hoy hay mucha tensión por aquí, ¿no? —Mi mejor amiga y compañera de las animadoras, Ashley García, se abrió paso entre la multitud para ponerse a mi lado—. ¿Has visto ya a Kyle?
—No. —Tenía la boca seca y no sabía qué hacer con las manos. Dios, todo este estrés iba a provocarme urticaria—. ¿Llevas la petaca?
—Pues claro, tía.
Metió la mano en su bolso y sacó su petaca, que era una botella de agua llena de vodka y gaseosa. Di un buen trago, con la esperanza de que me calmara los nervios.
Se la devolví cuando vi que Kyle se acercaba, flanqueado por tres de sus amigos.
Alex, Nate y Matthew formaban parte del grupo de deportistas y seguían a Kyle como perros leales.
Le saludé con la mejor sonrisa que pude esbozar, que no fue muy buena, me quedó fría y artificial.
Pero en lugar de acompañarme a clase, Kyle y dos de sus amigos entraron en el baño.
Nate, un defensa del tamaño de un oso, se quedó fuera con los brazos cruzados. El mensaje era claro.
Prohibida la entrada. Kyle necesitaba privacidad.
Se me cayó el alma a los pies. Tenía que hacer algo, tenía que decírselo a alguien. Llamar al director, a un profesor, al guardia de seguridad, a quien fuera.
Pero me quedé allí parada.
Alguien me rozó el brazo, y Ashley y yo nos giramos para encontrarnos a Vincent de pie a mi lado. Estiró los brazos por encima de la cabeza con un quejido perezoso antes de meterse las manos en los bolsillos delanteros de su sudadera con capucha.
—Uf. —Ashley apartó la mirada, con el labio fruncido en señal de disgusto—. Volkov.
—García —respondió él con la misma amabilidad.
—¿Has matado algún animalito últimamente? —le espetó ella.
—Solo a una ardilla, me bebí su sangre anoche para cenar.
—Dios, cállate la boca. —Me volví hacia él y señalé el baño con el brazo—. ¿No vas a ayudarlo? ¿O estás tan drogado que no te importa que tu mejor amigo se vaya a casa en un ataúd?
Vincent se rio entre dientes.
—¿Crees que Manson no puede valerse por sí mismo?
—¡Creo que son tres contra uno, idiota! —Le di un empujón y mis uñas acrílicas rosas se le clavaron en la piel—. ¡Kyle nunca ha tenido problemas para ganarle en un uno contra uno, y mucho menos con sus amigos!
—Como si alguna vez te hubiera importado. —La expresión de Vincent ya no era tan perezosa, era una sonrisa amarga que se le quedó colgando del rostro—. No creo que esto sea ya asunto tuyo, Jess.
Se escuchó un gritó desde el interior del baño, seguido de un golpe tan fuerte que me pregunté si Kyle habría arrancado de cuajo una de las puertas metálicas de los cubículos.
Los estudiantes miraron a su alrededor confundidos y algunos se acercaron al baño, pero mantuvieron la distancia con Nate.
Sacaron sus móviles, ansiosos por grabar el último drama.
A nadie le importaba lo suficiente como para interferir. Era entretenimiento, otra oportunidad para subir un buen vídeo de una pelea y acumular visitas. Si alguien resultaba herido, mejor aún; una lesión podía hacer que un vídeo se volviera viral más rápido que cualquier otra cosa.
La puerta del baño se abrió de golpe y Nate estuvo a punto de caer hacia delante entre la multitud cuando Kyle salió tambaleándose.
Tenía los ojos muy abiertos y la gente se apartó a toda prisa para dejarle pasar mientras él jadeaba y señalaba con el dedo de forma acusadora hacia el baño.
Alex y Matthew salieron corriendo tras él.
—¡Un cuchillo! —gritó—. ¡Reed tiene un cuchillo!
Se desató el caos al instante.
De repente, aparecieron los profesores, gritando a la gente que se apartara. También aparecieron dos guardias de seguridad, nerviosos y con la cara roja, mientras Kyle seguía balbuceando.
—¡Ha intentado apuñalarme! ¡Ha intentado apuñalarme, joder!
Me tapé la boca, sorprendida, mientras la multitud nos empujaba a Vincent, Ashley y a mí contra las taquillas.
—Hostia puta.
Ashley estaba sin aliento, incrédula.
—No debería haber llegado a eso —dijo Vincent, con el rostro sombrío y la voz apenas perceptible en medio del caos.
La culpa me carcomía como una bestia intentando trepar por mi esófago, retorciéndose y royéndome por dentro. La aplasté bajo mi orgullo y mi confianza ciega.
Los guardias de seguridad salieron del baño, agarrando a Manson.
Lo sujetaban con fuerza por los brazos, guiándolo a través de la multitud mientras los estudiantes intentaban sacarle fotos.
Él no se resistió y no tenía más heridas que un moratón en la mejilla y un hilo de sangre que manaba de su labio partido.
Lo llevaron hacia el despacho del director, pasando directamente por delante de mí.
Manson saludó primero a Vincent con la cabeza y ambos intercambiaron unas palabras en silencio. Luego, sus ojos se posaron en mí y sus labios se separaron para esbozar una amplia sonrisa ensangrentada.
Era una sonrisa salvaje, la sonrisa de una bestia. Feroz, temeraria y, por fin, victoriosa.