La deuda (Losers 1) 1 #2
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Algunos decían que sus padres lo habían echado de casa, otros que él se había emancipado.

Independientemente de cuál fuera la verdad, el último año de instituto Jason había aparecido con el pelo medio rapado, teñido de un azul eléctrico y los lóbulos de las orejas estirados con unas grandes dilataciones negras.

Su nueva apariencia parecía un enorme corte de mangas a todos los que habían intentado avergonzarle.

—Joder.

Los ojos azules de Jason se posaron en mí con un odio helado.

No me atreví a dar otro paso hacia la piscina.

Tenía el portátil abierto y estaba reproduciendo Awful Things de Lil Peep en unos altavoces que vibraban con el sonido, pero lo cerró de golpe, cortando la música.

Se oyó el chirrido de unas ruedas de poliuretano y Manson salió de la piscina, con Lucas justo detrás de él.

—¿Qué cojones haces aquí, Jess? —preguntó Manson con su voz grave, un barítono cruel tan oscuro como la banda negra que tenía tatuada en un brazo.

Normalmente se peinaba el pelo en una cresta para ir al instituto, pero esa noche llevaba su melena oscura suelta.

—Te estaba buscando —respondí, como si no fuera ya obvio.

No quería quedarme en la oscuridad con ellos más tiempo del necesario.

Tenía poder a la luz del día, en los pasillos iluminados con luces fluorescentes del instituto, donde mi estatus y el respaldo de Kyle daban peso a mis palabras.

Pero este era su territorio. No era tan estúpida como para pensar que aquí estaba en igualdad de condiciones; sobre todo con Lucas mirándome como si sus ojos oscuros pudieran hacer que ardiera en llamas.

La única sonrisa que jamás adornaría su rostro era la cara sonriente que llevaba tatuada bajo el ojo derecho.

Tenía los puños cerrados y las manos llenas de cicatrices por las peleas que le habían llevado a la suspensión una y otra vez y, al final, a la expulsión.

—Kyle quiere venganza, Manson —solté de repente, pero su expresión no cambió, parecía espectral bajo la luz titilante del fuego; las llamas hacían más pronunciados sus pómulos y su mandíbula más afilada—. Se ha enterado.

—¿Se ha enterado o se lo has contado tú?

Solo el cambio en la respiración de Manson delató su miedo. Sabía qué aspecto adoptaba cuando tenía miedo, o cuando estaba nervioso o enfadado. Su taquilla estaba justo al lado de la mía y había pasado suficiente tiempo provocándolo como para reconocer cada una de sus emociones.

—Da igual cómo se haya enterado —respondí cruzándome de brazos y masticando el chicle más rápido a medida que aumentaba mi nerviosismo, mientras veía cómo Vincent saltaba de la pared y se colocaba junto a Jason, calándose aún más el gorro negro en la cabeza—.

No vayas al instituto mañana. Dale tiempo para que se calme.

Manson se rio con amargura.

—No vamos a seguir aguantando las rabietas de tu novio.

Levanté las manos con exasperación.

—¡Te estás metiendo en una trampa mortal, Manson! ¡Quiere hacerte daño!

—Kyle se va a llevar una sorpresa —intervino Lucas, y su voz me provocó un escalofrío—. Si se cree que va a tocar a mi chico… —Sacudió la cabeza lentamente—. Eso no va a volver a pasar.

—Tienes prohibido entrar en el recinto escolar —le recordé—. ¿Qué crees que puedes hacer?

No me respondió, sino que me lanzó una mirada que habría podido cortar el hielo.

La actitud tranquila de Manson era inquietante y espeluznante, pero Lucas era monstruoso.

Todo en él estaba hecho para la violencia; su cuerpo delgado, moldeado por años de peleas con su padre y con cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino.

Manson te esperaba en la oscuridad y nunca lo veías venir, mientras que Lucas llegaba a plena luz del día, rompía las ventanas de tu casa y le prendía fuego.

—Bien —espeté—. Arreglároslas vosotros solitos.

Me volví para irme, echándome el pelo rubio por encima del hombro, pero alguien me agarró del brazo y tiró de mí hacia atrás.

Manson me atrajo hacia su pecho, cálido en la fría noche. Olía a tabaco y a algo profundo y oscuro, un enigma de hormonas y rabia. Sentí un calor que me subió desde las entrañas hasta las mejillas.

Aquel día cuando nos besamos, sabía a chicle de menta y a tabaco. Me pareció corrupto, un pecado. Me había rodeado el cuello con la mano, apretando mientras me besaba. Desde entonces no había podido quitarme de la cabeza la sensación de sus dedos clavándose en mi piel.

Quería volver a sentirlo, con más fuerza. Quería desgarrar su maldad y absorberla por completo. Quería montarme en este hombre como si fuera una maldita montaña rusa y luego llevarme también a sus amigos a dar una vuelta.

Pero se suponía que una chica como yo no debía estar con chicos como ellos.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Manson en voz baja.

No había ira en su voz, pero la pregunta pendía de un hilo peligrosamente fino.

Apreté los labios. Le había hecho prometer que no lo contaría, pero había sido yo la que había traicionado nuestro secreto. Todo por una ridícula pelea con Kyle.

Negué con la cabeza.

—No mentí.

—¿Estás segura? —Bajó aún más la voz, a un susurro que dejó justo en mi oído mientras me lo rozaba con los labios—. Tú lo deseabas tanto como yo. No vayas diciendo putas mentiras sobre mí.

Me soltó y, como no retrocedí de inmediato, amplió la distancia entre nosotros. El frío repentino me hizo temblar y, sin decir nada más, regresé al coche. Los pelos de la nuca se me erizaron mientras me observaban alejarme.

Había hecho todo lo que podía. Le había avisado y eso era más de lo que la mayoría de la gente habría hecho. Lo que pasara ahora no era asunto mío. Si Manson se mantenía alejado como le había pedido, Kyle acabaría calmándose y superándolo.

Arranqué el motor y subí la calefacción, intentando ahuyentar el frío que sentía en las manos.

Aún podía notar el calor de Manson en mi pecho.

Ese bicho raro. Ese monstruo. ¿Cómo había conseguido ocupar un sitio permanente en mis pensamientos?

Se suponía que todos ellos estaban por debajo de mí, más abajo que un chicle en mi zapato.

En cambio, estaba obsesionada, era como si no pudiera parar.

No podía dejar de mirarlos, de burlarme de ellos, de buscarlos…

No podía dejar de desearlos.

—Contrólate, Jessica —me dije, abrochándome el cinturón de seguridad.

Eché un vistazo al espejo lateral antes de poner el coche en marcha…

Y grité al ver a Lucas asomándose por la ventanilla.

—¿Qué demonios estás haciendo? —le espeté bajando la ventanilla sin pensar, pero enseguida me di cuenta de que había sido un error al ver cómo se agarraba al borde de la puerta—. Muévete, Lucas, en serio.

—Tú no me dices lo que tengo que hacer.

Su voz era más afilada que el filo de un cuchillo. Me quedé con la boca abierta por la sorpresa, pero la ira en su rostro era sofocante.

—Sabes que esta vez has ido demasiado lejos, Jessica.

Lo sabes muy bien. —Se inclinó hacia mí y todo mi cuerpo se tensó al mirarlo fijamente—.

¿Creías que tenías que avisar a Manson? ¿Qué tal si avisas a ese cabrón para el que abres las piernas?

Avísale de que lo pagará caro si vuelve a meterse con alguno de mis chicos.

Su cara estaba muy cerca de la mía, pero no me tocó. Lucas nunca me había tocado. Bastaba con su mirada: cómo se deslizaba sobre mi piel con la misma dureza que unos dientes o unas uñas.

—Si te metes con uno de nosotros, te metes con todos.

Entonces, tan rápido que apenas me di cuenta de lo que estaba pasando, me sacó el chicle de la boca abierta; el roce de sus dedos en mis labios fue como una descarga eléctrica.

Se lo metió en la boca y, esbozando por primera vez una sonrisa maliciosa en su rostro aterrador, hizo un saludo militar con dos dedos para despedirse de mí y se alejó del coche.

Masticó el chicle, haciendo una pompa que estalló como un petardo.

—Piérdete, Jessica —se despidió.

El miedo me invadió cuando llegué al instituto a la mañana siguiente. Manson ni siquiera me miró mientras metía los libros en su taquilla, por mucho que yo intentara llamar su atención.

—Manson, vete a casa. Por favor —solté al final.

—Ahórratelo, Jess.

Cerró la taquilla de un portazo y se colgó la mochila raída al hombro. Llevaba la cresta en punta, como una columna vertebral rígida sobre su cabeza rapada. Vestía los mismos vaqueros rajados de siempre, las mismas botas de cuero desgastadas y la misma chaqueta vaquera.

—No empieces a fingir que te importa. Ser una zorra te queda mejor.

Me dio la espalda y se alejó por el pasillo.

Normalmente mantenía la cabeza gacha y los hombros encogidos, como para parecer un blanco más pequeño. Pero hoy había algo distinto. Llevaba la cabeza alta y sus largas zancadas eran agresivas.

Intentar enfrentarse a Kyle solo empeoraría las cosas.