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La deuda (Losers 1)

La deuda (Losers 1)

Por Harley Laroux

© inepub.com

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Jessica

Instituto, último a ño

—Voy a dejar algo claro: la única forma de la que Manson Reed va a salir de este instituto mañana es en una camilla, ¿entendido?

Los chicos reunidos alrededor del Ford Raptor rojo de Kyle asintieron con la cabeza.

El aparcamiento estaba casi desierto; ni siquiera estaba el Mercedes del director.

Si hubiera sido cualquier otro grupo de cinco chicos merodeando por el aparcamiento pasado el horario escolar, el de seguridad ya los habría echado.

Pero se trataba del quarterback , Kyle Bolson, y sus compañeros de equipo, y ellos no podían hacer nada malo.

Salvo que sí podían; ya lo habían hecho antes y volverían a hacerlo. Y esta vez, la culpa era toda mía.

—Solo fue un beso, Kyle —murmuré, asomándome por la ventanilla del copiloto.

Llevaba puesto mi uniforme de animadora y, a pesar del aire fresco del otoño, tenía la piel pegajosa por el sudor del entrenamiento.

Habíamos estado discutiendo antes y él me había enfadado tanto que solté lo único que sabía que le haría daño: había besado a Manson Reed, el marginado del instituto, el friki, el chico al que todos odiaban.

—Me la suda —dijo Kyle negando con firmeza. Agarraba la carrocería de la camioneta como si quisiera partir el metal y tenía los dientes apretados y los hombros anchos rígidos por la tensión—. A no ser que me estés diciendo que lo disfrutaste, Jessica.

Resoplé y me recosté en el asiento con los brazos cruzados, mirando fijamente al frente.

No había forma de razonar con Kyle cuando se ponía así. Y no me atreví a decirle la verdad: sí que lo había disfrutado. Lo había deseado. Manson nunca me habría tocado si hubiera pensado que yo no quería. Nunca me habría besado si yo no lo hubiera besado primero.

Pero admitir lo que había hecho —lo que habíamos hecho— era un suicidio social.

Se me había escapado delante de Kyle porque estaba muy enfadada, porque me había dejado por Veronica Mills solo para volver conmigo un mes después.

¿Qué mejor manera de hacerle daño que decirle que había besado al chico que llevaba acosando sin piedad desde primero?

Los amigos de Kyle se dispersaron, él se subió a la camioneta y arrancó. El motor rugió cuando aceleramos, levantando las hojas caídas a nuestro paso mientras me llevaba a casa. Estaba agarrando el móvil con tanta fuerza que me dolían los dedos y tenía los nudillos blancos.

Kyle era la estrella del equipo de fútbol americano del instituto Wickeston, el chico ideal, guapo y popular.

Mi madre lo adoraba y sus padres pensaban que estábamos hechos el uno para el otro y que nos casaríamos nada más graduarnos.

La idea me aterrorizaba. Detrás de esos ojos azules y esa sonrisa encantadora, Kyle era temperamental, celoso y propenso a los ataques de ira, lo que nos hacía gritarnos el uno al otro durante horas.

Además, era un puto infiel.

—Por el amor de Dios, ¿quieres dejar de estar de mal humor? —espetó, agarrando el volante como si quisiera estrangularlo; o como si se estuviera imaginando estrangulando a otra persona.

—No puedes seguir haciendo estas cosas —intenté razonar—. Tienes dieciocho años. Tienes una beca. Si acabas con cargos por agresión, lo echarás todo a perder.

—Reed también tiene dieciocho años, ¿no?

Así era. Su cumpleaños había sido solo un mes antes, el once de octubre. Pero no iba a cabrear más a Kyle diciéndole que sabía cuándo era el cumpleaños de Manson.

Esbozó una sonrisa burlona ante mi silencio.

—Además, ¿de verdad crees que tendrá apoyo en un juicio?

¿Quién lo apoyaría, Jessica? ¿Crees que la vieja de ese monstruo se mantendrá sobria el tiempo suficiente como para preocuparse de si está muerto en alguna cuneta?

—Se echó a reír, como si fuera el mejor chiste que hubiera oído nunca—.

Si no tiene que mantener al bastardo de su hijo, tendrá más dinero para beber. Me parece que sale ganando.

Se me revolvió el estómago. Mantuve los brazos cruzados para que no viera cómo temblaban. Cuando extendió la mano y me agarró la pierna, lo único que quería hacer era darle un puñetazo en la cara.

—Estoy defendiendo tu honor, Jess —dijo—. Ese friki flacucho no se va a salir con la suya.

Como si supiera algo sobre el honor.

Mi madre estaba en la cocina cuando llegué a casa. Un aroma a ajo y parmesano impregnaba toda la casa. Me dijo algo mientras subía las escaleras corriendo, pero no pude responderle. El tiempo apremiaba.

Tenía que avisar a Manson.

No me molesté en ducharme; solo me cambié el uniforme negro y plateado por unos vaqueros y una sudadera con capucha. Mi padre asomó la cabeza desde el comedor cuando bajé corriendo por las escaleras, con la mochila rebotándome sobre un hombro, mientras me dirigía hacia la puerta.

—¿A qué viene tanta prisa, cielo? —preguntó, con el ceño fruncido por la preocupación—. Tu madre acaba de preparar la cena. ¿No quieres quedarte a cenar con nosotros?

—Esta noche no puedo. ¡Lo siento, papá! Le prometí a Ashley que la ayudaría con un trabajo —grité mientras salía por la puerta.

No sé si notó la tensión en mi voz. Mi padre nunca había sido muy perspicaz. Su cabeza funcionaba mejor con los números y las hojas de cálculo, donde todo tenía sentido y seguía una secuencia lógica.

Mi BMW aún conservaba ese olor a coche nuevo y el motor ronroneó con suavidad cuando aceleré por las oscuras carreteras rurales.

Había sido un regalo de cumpleaños de mis padres, me lo dieron justo antes de que empezara el semestre.

Blanco por fuera y con los asientos de cuero rojo.

Era el coche de mis sueños. Un símbolo más de estatus para llevar la cabeza un poco más alta cuando caminaba por los pasillos del instituto Wickeston.

Kyle y yo éramos los reyes de ese instituto.

El quarterback estrella y la capitana de las animadoras, la pareja perfecta.

La envidia y el deseo nos seguían como una nube.

Tanto los que nos odiaban como los que querían ser como nosotros no podían hablar de otra cosa.

Cada día era una nueva dosis de drama, un frenesí que alimentaba el ego en el que los que lo tenían todo se burlaban de los que no.

No es que no fuera consciente de ello. Podía mirarme al espejo y señalar cada uno de mis defectos, reírme de ellos y seguir adelante. ¿Por qué preocuparse? ¿Por qué cambiar? Tenía todo lo que se suponía que debía desear.

Pero nuestro romance celestial podía convertirse en un infierno en un abrir y cerrar de ojos. Cuando el rey y la reina discutían, los peones eran sacrificados.

Esta vez no. Esta vez tenía que ser diferente.

Primero pasé despacito por delante de la casa de los padres de Manson, escudriñando el patio cubierto de basura en busca de su Bronco tuneado.

Me alegró no verlo allí. Si avisarlo significaba acercarme a esa gran casa en ruinas y ver a uno de sus padres, no creía que pudiera hacerlo. Su padre me daba escalofríos.

Esperaba que mi próximo destino fuera el correcto.

Los neumáticos de mi coche crujieron entre la maleza cuando aparqué junto al terreno vacío, situado al final de un camino de tierra oculto por los árboles.

La casa que una vez ocupó ese terreno se había quemado hacía años, dejando solo una estructura carbonizada y unos cimientos de hormigón.

La esperanza se mezcló con la ansiedad que sentía en el pecho cuando vi dos vehículos allí aparcados: un Ford Bronco gris sucio de neumáticos enormes y un Chevrolet El Camino negro azabache.

Respiré hondo y despacio. El Bronco significaba que Manson estaba allí, lo cual era un alivio. Pero el Chevrolet El Camino indicaba que Lucas estaba con él, lo que probablemente significaba que Vincent y Jason también estaban allí.

El grupo de raritos al completo y yo, la chica que los había atormentado a conciencia todos los años que llevábamos en el instituto.

Rebusqué en mi bolso hasta que encontré un chicle y lo mastiqué con fuerza.

Quizá eso me ayudara a controlar mi lengua cuando subiera hasta allí.

No me llevaba bien con ninguno de esos chicos.

Era sencillo: ellos me odiaban y yo los despreciaba.

Esa era la jerarquía. Sí, me había liado con Manson y había tenido algunos encuentros muy cercanos con los otros, pero eso no significaba que nos lleváramos bien.

Tampoco significaba que quisiera que Manson cayera directo en la emboscada que le esperaba mañana.

Cerré la puerta del coche de un portazo y me metí las manos en los bolsillos de la sudadera mientras caminaba por la maleza hacia la parte de atrás de la casa calcinada.

El aire nocturno olía a humo de hoguera y a marihuana agria.

El ruido de los monopatines golpeando el cemento resonó en mis oídos cuando rodeé la casa y vi la piscina vacía en la que a los chicos les gustaba patinar.

Las paredes de hormigón estaban cubiertas de grafitis y la zona solo estaba iluminada por las hogueras que habían encendido en dos grandes bidones de metal.

Vincent Volkov fue el primero en verme. Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre los ladrillos grises de un viejo muro. El porro se le cayó de la boca cuando me vio. No dijo nada mientras el humo se enroscaba lentamente en sus labios, envolviendo su rostro y su pelo largo y revuelto.

Fue Jason Roth quien delató mi llegada. Siempre había sido el chico tranquilo, el bueno.

Pero su vida se había derrumbado ese verano, cuando corrió el rumor de que Vincent y él estaban saliendo.

No debería haberle importado a nadie, pero, por desgracia, en Wickeston había mucha gente estirada que se escandalizaba solo de pensar que dos hombres pudieran estar juntos. Incluida la familia del propio Jason.