Capítulo 9 El Fuego (Enemies to Lovers consummated)
El jardín olía a pólvora y a hierro. Los hombres de Moretti habían huido al ver a su jefe caído, y los guardaespaldas de Dante estaban asegurando el perímetro, limpiando el caos que habíamos dejado atrás.
Dante estaba de pie frente a mí, su pecho subiendo y bajando con cada respiración agitada.
Estaba cubierto de sangre, la mayoría de la cual no era suya.
Sus ojos oscuros estaban fijos en mí, brillando con una intensidad que me dejó sin aire.
La adrenalina de la batalla aún corría por mis venas, mezclándose con el miedo que se había transformado en algo mucho más profundo: deseo.
Él caminó hacia mí, ignorando a sus hombres, ignorando la casa destrozada a sus espaldas. Me tomó de la cara con sus manos, sus dedos manchados de rojo, y me miró como si yo fuera lo único que importaba en el mundo.
—Catalina —susurró, su voz ronca y cargada de una emoción que no podía ocultar—. Te dije que era un monstruo.
—Lo eres —respondí, mi voz temblando—. Pero eres mi monstruo.
Él me besó. No fue un beso suave, ni un beso de pregunta. Fue un beso de afirmación, de posesión absoluta. Sus labios se apoderaron de los míos, su lengua entrando en mi boca, reclamándome. Sentí sus manos bajando por mi espalda, agarrando mi cintura y tirando de mí contra su cuerpo duro.
La tensión sexual que había estado acumulándose durante tres días de slow burn, de miradas furtivas y toques accidentales, se desbordó. El yearning, el deseo contenido, se convirtió en un incendio.
Me aparté de él, respirando con dificultad, y lo miré a los ojos.—Llévame arriba —dije, mi voz firme—. Quiero que me muestres de qué estás hecho.
Dante sonrió, esa sonrisa oscura y peligrosa que me hacía temblar. Me tomó de la mano y me llevó de regreso a la mansión. Subimos las escaleras, entró en la habitación principal y cerró la puerta, cerrando el mundo exterior.
Me empujó suavemente contra la pared, su cuerpo cubriendo el mío. Sus manos recorrieron mi piel, arrancándome la ropa con una urgencia desesperada. Yo hice lo mismo con él, arañando su espalda, sintiendo sus músculos tensos bajo mi tacto.
Cuando finalmente nos encontramos piel con piel, la intimidad fue un shock.
No había ternura, no había suavidad. Había una necesidad cruda, primitiva.
Él me tomó con una ferocidad que me hizo gritar, sus manos agarrando mis caderas, sus labios mordiendo mi cuello, reclamando cada centímetro de mi cuerpo.
Era la consumación del "Enemies to Lovers". No era un acto de amor suave; era un acto de guerra, de rendición. Él me estaba mostrando su oscuridad, su brutalidad, y yo la estaba aceptando, abrazándola, devolviéndola.
Durante el acto, vi cómo su expresión cambiaba. La ferocidad del "Morally Grey Hero" se suavizaba, reemplazada por una devoción absoluta. Me miró a los ojos, y vi el dolor, el miedo a perderme, mezclado con un deseo incontrolable.
—Eres mía —gruñó, su voz ronca contra mi oído—. Eres mía, Catalina. No lo olvides.—Soy tuya —respondí, mis uñas clavándose en su espalda—. Y tú eres mío.
El clímax nos golpeó a ambos al mismo tiempo, un rugido de placer que nos dejó sin aliento. Nos derrumbamos juntos en la cama, nuestros cuerpos enredados, nuestras respiraciones mezclándose en el aire.
La intimidad había roto la última barrera entre nosotros. Ya no éramos prisionero y captor, ni enemigos. Éramos amantes, unidos por un contrato, por la sangre y por un fuego que no se apagaría nunca.
Dante me abrazó, su cabeza apoyada en mi pecho, sintiendo el latido de mi corazón.
—Te amo —susurró, su voz apenas audible, como si la frase le costara un pedazo de su alma—. Nunca pensé que diría esto. Nunca pensé que sentiría esto. Pero te amo.
Me sorprendió. El hombre que había matado por mí, que había quemado el mundo por mí, estaba diciendo esas palabras. Y supe que eran verdaderas.
—Te amo, Dante —respondí, acariciando su cabello—. Y no voy a dejar que nada ni nadie te haga daño.El fuego se había encendido. Y estábamos listos para quemar el mundo juntos.