La Deuda del Lobo Capítulo 8 El Rescate
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Capítulo 8 El Rescate

Moretti atacó dos días después.

Esta vez no fue un asalto nocturno. Fue un ataque directo, audaz y calculado. Dante y yo estábamos en su oficina, revisando documentos de su sindicato, cuando los cristales de la fachada de la mansión estallaron.

El caos se desató en un instante. Los guardaespaldas de Dante, Luis y Marco, sacaron armas y comenzaron a disparar hacia el jardín. Los hombres de Moretti habían cercado la casa.

—¡Vete a la bóveda! —gruñó Dante, sacando su propia pistola de la cintura.—¡No! —grité, aferrándome a su brazo—. Dijiste que no me apartarías.

Dante me miró, sus ojos oscuros ardiendo con una mezcla de furia y desesperación. Sabía que estaba arriesgándolo todo, pero también sabía que no podía irse sin mí.

—Bien —dijo, agarrándome de la mano—. Quédate detrás de mí. Y no te muevas.

Salimos al pasillo, disparando contra los intrusos que entraban por la puerta principal. Era una guerra. El sonido de los disparos, los gritos y el olor a pólvora llenaron la casa. Dante se movía con una precisión letal, disparando sin fallar, cubriéndose tras las paredes y arrastrándome con él.

Llegamos a la escalera, y ahí fue donde el infierno se desató.

Uno de los hombres de Moretti, un gigante con una cicatriz en la cara, emergió de las sombras y apuntó a Dante. Dante disparó primero, pero el gigante siguió avanzando, como si no le doliera.

Antes de que Dante pudiera disparar de nuevo, el gigante me agarró por el cabello, tirando de mí hacia atrás.

—¡Dante! —grité.Dante se detuvo en seco, sus ojos clavados en el hombre que me tenía.

—Suelta a mi esposa —ordenó, su voz tan baja que apenas se escuchaba sobre el caos.El gigante sonrió y me apretó el cuello con un cuchillo.

—O te mato a ella, Vancetti. Baja la pistola.

Dante bajó la pistola lentamente. El terror me paralizó. Estaba a punto de morir, a punto de ser asesinada por la paranoia de Moretti.

Pero Dante no bajó los brazos. Lentamente, con una calma inhumana, dejó caer la pistola al suelo.—Bien —dijo el gigante, acercando el cuchillo más a mi garganta—. Ahora, arróydate.Dante se arrodilló.Y en ese momento, cometieron su último error. Subestimaron la violencia de "El Lobo".

En un movimiento que apenas pude seguir con la vista, Dante sacó un cuchillo de su bota. Antes de que el gigante pudiera reaccionar, Dante se lanzó hacia él, clavando el cuchillo en su cuello y arrancando el arma de su mano. El gigante cayó al suelo, sofocándose en su propia sangre.

Dante se puso de pie, cubierto de sangre, y me envolvió en sus brazos.

—Te dije que no te apartaras —susurró, su voz ronca y temblorosa—.

Te dije que no te apartaras, maldita sea.

—Estoy bien —dije, aferrándome a él, sintiendo el latido frenético de su corazón—.

Estoy bien, Dante.Él me besó, un beso desesperado, manchado de sangre y sudor.

—No vamos a perder —dijo, separándose de mí y levantando su pistola del suelo—. Vamos a terminar esto.

Fuimos al jardín. Moretti estaba allí, de pie sobre una camioneta, rodeado de sus hombres. Al vernos, sonrió, pensando que había ganado.

Pero no había contado con mi ayuda.

Durante la pelea, me había dado cuenta de que Moretti era arrogante, pero no era inteligente. Había dejado a sus hombres en posiciones expuestas.

—¡Dante! ¡A la izquierda! —grité, señalando a dos hombres que intentaban flanquearnos.

Dante disparó, neutralizándolos al instante. Moretti me miró, sorprendido, y Dante aprovechó la distracción para dispararle en la pierna. Moretti cayó de la camioneta, gritando.

Dante caminó hacia él, su figura una silueta oscura contra el sol de la mañana.—Te dije que si la tocaba, perdería el ojo —dijo Dante, apuntando a la cara de Moretti.Moretti suplicó, llorando, pero Dante no se detuvo. Disparó.

El silencio volvió a la mansión. La batalla había terminado. Dante se giró hacia mí, su rostro cubierto de sangre, sus ojos oscuros brillando con una victoria absoluta.

—Te protegí —dijo, caminando hacia mí—. Como te prometí.—Me protegiste —respondí, caminando hacia él y tomándolo de la mano—. Y yo te protegí a ti.

El rescate había sido mutuo. Habíamos luchado juntos, sangrado juntos, y sobrevivido. El contrato de papel se había roto, reemplazado por un vínculo de sangre y traición compartida.