Capítulo 6 El Enfrentamiento
El silencio después de la tormenta fue más aterrador que la propia tormenta. Los paramédicos y los limpiadores del sindicato de Dante ya se habían llevado los cuerpos, y la casa estaba siendo reparada en tiempo récord, como si la violencia nunca hubiera pasado.
Pero la violencia sí había pasado. Y me había marcado.
Dante me había llevado a un estudio privado en el ala oeste de la mansión. Era una habitación oscura, llena de libros antiguos y una chimenea de mármol. Me había dado una taza de té caliente y se había sentado frente a mí, mirándome con una intensidad que me hacía imposible respirar.
—No debiste haberte quedado —dijo, su voz baja y grave—. Moretti te habría hecho daño. Te habría llevado, Catalina. Y no habría habido nada que yo pudiera hacer para recuperarte.
—Me dijiste que te protegieras a ti mismo —respondí, mirando mis manos—. Me dejaste una nota y te fuiste. Pensé que me habías abandonado.
Dante suspiró, pasándose una mano por el pelo. Por primera vez desde que lo conocí, pareció cansado. El "Morally Grey Hero" parecía vulnerable.
—Nunca te abandonaría —dijo, inclinándose hacia adelante—. Pero no puedo tener una debilidad. Y tú, pequeña, eres mi debilidad más grande.
Su frase se quedó suspendida en el aire. El yearning, la tensión no dicha, se hizo insoportable. Me miraba como si yo fuera un misterio que no podía resolver, como si yo fuera algo que deseaba desesperadamente pero temía romper.
—¿Por qué te importaba tanto una desconocida? — pregunté, mi voz apenas un susurro—. Dijiste que me has estado observando durante tres años. ¿Por qué yo?
Dante se levantó del sillón y caminó hacia la chimenea, dándome la espalda.
—Porque vi a una chica que huía de la lluvia, con una maleta rota, buscando refugio en una cafetería de mala muerte.
Vi a alguien que no se rendía. Vi a alguien que no se quebraba ante el caos de su padre —dijo, girándose de nuevo hacia mí—.
Los hombres como yo, Catalina, no buscamos mujeres perfectas.
Buscamos mujeres que puedan sobrevivir a nosotros. Y tú sobrevivirías.
La admisión me golpeó. No era solo deseo. No era solo una posesión. Era reconocimiento. Él me veía.
—Eres un monstruo, Dante —dije, levantándome y caminando hacia él. La adrenalina de la noche anterior me hacía valiente—. Eres un tirano que controla cada movimiento. Pero me miras como si yo fuera la única luz en tu oscuridad.
Dante me miró con los ojos entrecerrados. La tensión entre nosotros se volvió eléctrica.
—No soy tu salvador, Catalina —admitió, su voz ronca—. No soy el hombre bueno de tu historia. Soy el hombre que te va a corromper.
—No necesito ser salvada —respondí, deteniéndome a pocos centímetros de él, mirándolo a los ojos—. Necesito ser vista. Y tú me ves.
La mano de Dante se levantó lentamente, rozando mi mejilla. El contacto fue una descarga. Sus dedos bajaron por mi cuello, deteniéndose sobre mi pulso, sintiendo cómo latía.
—Voy a romper cada regla que te he impuesto — susurró, su rostro acercándose al mío—. Voy a arrastrarte a las sombras conmigo, y no vas a querer salir.
—Muéstrame —dije, cerrando los ojos, esperando el beso que había estado quemándome durante tres días.
Él se inclinó, sus labios rozando los míos. Fue un beso suave al principio, una pregunta, una súplica. Luego, la contención se rompió. Su boca se apoderó de la mía, sus manos agarrando mi cintura y tirando de mí contra su cuerpo duro.
Fue un beso oscuro, desesperado, cargado de tres años de observación oculta y tres días de tensión acumulada. Era la consumación del Slow Burn, el momento en que el yearning se convertía en fuego.
Me aferré a su camisa, respondiendo con la misma intensidad. No había miedo en ese beso, solo una necesidad primitiva. Era el momento en que el "Enemies to Lovers" se transformó en algo más profundo, algo que no tenía nombre.
Cuando se separó, ambos estábamos sin aliento. Sus ojos oscuros brillaban con una pasión que me hizo temblar.—Catalina —susurró, mi nombre sonando como una oración en sus labios—. No hay vuelta atrás.—No quiero volver atrás —respondí.
El enfrentamiento había terminado. No había vencedores ni vencidos. Solo dos almas rotas que se habían encontrado en la oscuridad.