Capítulo 5 La Traición (o lo que parece)
El ataque llegó al amanecer.
No fue un asalto frontal a la mansión, sino un golpe calculado y frío. Los cristales de las ventanas del segundo piso estallaron hacia adentro, y los gritos de los guardaespaldas se mezclaron con el sonido de disparos amortiguados por los silenciadores.
Me desperté de golpe en la gran cama de seda. Dante ya no estaba a mi lado, pero la oscuridad en la habitación me decía que aún era temprano. Mis ojos se adaptaron a la penumbra y vi a dos hombres vestidos de negro, con máscaras, asomándose por la puerta entreabierta.
—La encontramos —susurró uno de ellos.
Grité y me lancé hacia la ventana, pero el segundo hombre ya estaba en la habitación. Me agarró por el brazo con una fuerza brutal, arrancándome de la cama y tirándome al suelo. El dolor se disparó por mi hombro.
—No te muevas, pequeña perra —gruñó el hombre, cubriéndome la boca con una mano enguantada.
El pánico llenó mi pecho. Me estaban secuestrando.
Dante me había dicho que yo era intocable, que él resolvería cualquier problema, pero ahí estaba yo, en el suelo de su propia casa, siendo arrastrada por desconocidos.
La traición era la única explicación: Dante había fallado, o peor aún, me había vendido.
Luché contra él, golpeando sus piernas, arañando sus brazos, pero era inútil. Me levantó en el aire y me llevó hacia la ventana rota. Me agarró por la cintura y me sacó al exterior, hacia una escalera de incendios oxidada.
El aire frío de la mañana golpeó mi rostro. Abajo, en los jardines, vi a los guardaespaldas de Dante caídos, y a Lorenzo Moretti observando la escena con una sonrisa sádica. Había sido él. Moretti.
Dante apareció en el umbral de la habitación rota, con una pistola en la mano. Su rostro era una máscara de furia absoluta. Sus ojos encontraron los míos, y el dolor que vi en ellos fue tan intenso que me detuvo el corazón.
—¡Catalina! —gritó, su voz desgarrada.
El hombre que me tenía intentó apuntar a Dante, pero un disparo resonó desde la escalera de incendios inferior. El hombre que me sostenía soltó un grito y me dejó caer.
Me encontré en el suelo, aturdida, mientras Dante se lanzaba sobre el segundo atacante, disparando con una precisión letal. El hombre cayó. Dante se agachó sobre mí, cubriéndome con su cuerpo.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz ronca y temblorosa.
—¿Por qué... por qué me vendiste a Moretti?
—pregunté, el miedo y la rabia mezclándose en mis palabras.Dante se quedó congelado.
Me miró con una incredulidad salvaje.—¿Qué?
—preguntó, agarrando mi mandíbula y obligándome a mirarlo—.
¿Crees que yo te vendería?—¡Me sacaron de tu casa, Dante!
¡Moretti sabía exactamente dónde estaba!
Dante me besó. Fue un beso desesperado, duro, cargado de una ira y un alivio que me dejó sin aire. No fue el beso de un hombre que había traicionado a una mujer; fue el beso de un hombre que había estado a punto de perder su mundo.
—Moretti no te sacó de mi casa por mi culpa, pequeña —dijo, apartándose ligeramente, sus ojos oscuros clavados en los míos—.
Lo hizo porque tú no obedeciste mis reglas.
Te dije que no salieras de la habitación esta noche, que teníamos una reunión en otro lugar.
¿Por qué te quedaste dormida en mi cama?
—¡Tú no me lo dijiste! ¡Llegaste de madrugada y te metiste en la cama sin decir una palabra!Dante exhaló, pasándose una mano por el pelo oscuro.
—Me desperté antes de ti. Tenía que revisar el perímetro. Te dejé una nota en la mesita de noche. ¿Dónde está?
Miré hacia la mesita de noche, donde el jarrón de flores había caído, rompiéndose. Entre los pedazos de cerámica, vi un papel doblado, manchado con el agua del jarrón.
Dante se inclinó y lo recogió. Me lo entregó. Estaba mojado, pero aún se podía leer: "Quédate en la habitación. No abras a nadie. Llego pronto."
La culpa me golpeó con la fuerza de un tren. Él había intentado protegerme. Había intentado advertirme. Y mi paranoia, mi odio inicial hacia él, me había hecho ignorar la única regla que me salvaría.
—Dante... yo... —comencé, las lágrimas llenando mis ojos.
Él me envolvió en sus brazos, apretándome contra su pecho. Sentí su corazón latiendo rápidamente, su respiración agitada.
—No importa —murmuró contra mi pelo—. Estoy aquí. Estás a salvo.
Pero Moretti seguía en el jardín. Dante se separó de mí, su expresión endureciéndose de nuevo. Sacó una radio de su bolsillo.
—Luis, trae el coche a la puerta trasera. Y trae un equipo de contención. Moretti está en el jardín —dijo, su voz volviendo a ser la de "El Lobo", fría y calculadora.
Me miró de nuevo.—Catalina, esto va a ser feo. No quiero que lo veas.
—No me vas a esconder de nuevo —dije, mi voz temblando pero firme—. Si voy a vivir en tu mundo, necesito aprender a sobrevivir en él.
Dante sonrió, esa sonrisa peligrosa que me estaba volviendo adicta.—Está bien, esposa mía. Quédate detrás de mí. Y no te apartes ni un milímetro.
Bajamos al jardín. La noche se había convertido en un infierno de violencia controlada. Moretti, al darse cuenta de que su equipo había sido neutralizado, intentó huir hacia la verja, pero Dante lo interceptó.
La lucha fue brutal. Dante no usó armas, solo sus puños y su rabia. Golpeó a Moretti hasta dejarlo contra la verja, sin aire, sin capacidad para moverse.
—Te dije que si la tocabas, perdías el ojo —gruñó Dante, agarrando a Moretti por el cuello—. Hoy perdí el control. Mañana te despertarás sin el ojo.
Moretti asintió frenéticamente, suplicando por su vida.
Dante lo soltó, dejándolo caer en un charco de agua y sangre. Se giró hacia mí, limpiándose la sangre de los nudillos.
—Te he dicho que soy un monstruo —dijo, mirándome fijamente—. Y voy a demostrártelo cada día. ¿Todavía te quieres quedar?
Miré al hombre roto contra la verja, miré a Dante, cubierto de sangre, con los ojos llenos de una posesividad que me hacía sentir la mujer más importante del mundo.
—Sí —susurré—. Me quedo.
La barrera del miedo se había roto. El "Slow Burn" se estaba convirtiendo en un incendio. Había entrado en este contrato como una víctima, pero estaba saliendo de esa noche como su igual.