La Deuda del Lobo Capítulo 4 La Gala
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Capítulo 4 La Gala

Tres días después, Dante me sacó de la mansión.

Había pasado esos setenta y dos horas encerrada, explorando las habitaciones vacías de la casa, intentando entender las reglas.

Albert, el mayordomo, me traía la comida y respondía a mis preguntas con monosílabos.

Dante había ido a "trabajar", o al menos eso había dicho antes de salir por la puerta con sus guardaespaldas, dejándome sola en su mundo de lujo y opresión.

Cuando volví a verlo, me trajo un vestido. Un traje largo de seda color sangre, sin tirantes, con una abertura que llegaba hasta la mitad del muslo.

—Póntelo —había ordenado, sin preámbulos.

Me lo puse en silencio. Al mirarme al espejo de cuerpo entero del vestidor, me di cuenta de que Dante había elegido deliberadamente ese color.

No era un vestido para una cena elegante; era un arma.

El rojo contrastaba con mi piel pálida y mi cabello oscuro, haciéndome lucir como una diosa de la guerra.

Me recogí el pelo en un moño alto y suelto, dejando algunos mechones cayendo sobre mi nuca. Cuando bajé, Dante me esperaba al pie de la escalera. Llevaba un esmoquin negro, impecable. Sus ojos se abrieron levemente al verme.

—Te ves perfecta —dijo, su voz ronca—. Vamos.

Fuimos a una gala benéfica en un hotel cinco estrellas en el centro de la ciudad. La sala de baile estaba llena de la alta sociedad de Chicago: políticos, empresarios y, por supuesto, la élite del crimen, todos mezclándose en una danza hipócrita de poder y dinero.

En cuanto entramos, sentí las miradas. Ojos curiosos, miradas inquisitivas, murmullos que cesaron abruptamente. El brazo de Dante se envolvió alrededor de mi cintura, apretando con una posesividad casi dolorosa.

—Sonríe —susurró en mi oído, sus labios rozando mi piel y enviando una corriente eléctrica por mi cuerpo—. Y mantén los ojos bajos. Nadie te habla sin mi permiso.

Asentí y obedecí. Nos mezclamos en la multitud. Dante me presentaba a sus "socios" con títulos vagos, dejándome en la ignorancia de los crímenes reales que se discutían a su alrededor.

Caminábamos por el salón cuando un hombre se acercó. Era alto, con una sonrisa arrogante y ojos fríos. Lo reconocí vagamente de las noticias: Lorenzo Moretti, un capo rival del sur de la ciudad.

—Vancetti —dijo Moretti, estrechando la mano de Dante con un apretón que no era amistoso.—Moretti —respondió Dante, su voz fría como el acero.La mirada de Moretti se desvió hacia mí. Me recorrió de arriba a abajo, una inspección descarada y sucia.

—Así que esta es la pequeña esposa —dijo Moretti, sonriendo maliciosamente—. ¿Le has dicho que lo que pasa en la mafia... no se queda en la mafia?

La sangre hirvió en mis venas. Me sentí humillada, un objeto en una subasta.

Antes de que pudiera responder, Dante se movió.

Fue un movimiento tan rápido que apenas lo vi.

En un instante, Dante había agarrado la muñeca de Moretti, retorciéndola hacia atrás con una fuerza brutal.

Moretti soltó un grito de dolor, cayendo de rodillas, mientras los guardaespaldas de Dante se abalanzaban sobre él.

—Nadie —gruñó Dante, inclinándose sobre el hombre arrodillado, su cara cerca de la de Moretti—, habla de lo que es mío.

Moretti palideció, el miedo reemplazando su arrogancia.—Perdón, Vancetti. No sabía...

—Ahora lo sabes —dijo Dante, soltándolo bruscamente. Moretti se alejó tambaleándose, limpiándose la muñeca, mirando a Dante con terror absoluto.

El "Slow Burn" de mi odio hacia Dante se agrió. Era un tirano. Un monstruo. Pero la forma en que había reaccionado ante la falta de respeto hacia mí... la forma en que había dejado claro que yo era territorio prohibido... encendió una chispa de admiración prohibida en mi interior.

Dante me tomó de la mano, sus dedos entrelazándose con los míos, y me guio fuera del salón, dejando a Moretti y a la multitud atrás.

—No vuelvas a hablarle a nadie —dijo, una vez que estuvimos en la privacidad de un pasillo oscuro.—¿Vas a protegerme de todos o a aislarme de todos? —le pregunté, mi valentía emergiendo de nuevo.

—Te protejo de los demás para que solo tengas que temerme a mí —respondió, acercándose a mí hasta que mi espalda chocó con la pared—. Y créeme, Catalina, yo soy lo único que necesitas temer.

Se inclinó, su rostro a milímetros del mío. Su respiración era cálida. La tensión sexual entre nosotros era un fuego lento, un yearning que nos estaba consumiendo a ambos. Él quería besarme, lo vi en la forma en que sus ojos bajaban a mis labios, pero se contuvo.

Se apartó, dejando un vacío frío.—Vamos a casa —dijo, girándose para caminar de nuevo.

Lo seguí. Mi corazón latía con fuerza, un ritmo caótico. Él era mi enemigo, mi captor, mi marido por contrato. Pero cada vez que me tocaba, cada vez que me protegía con esa violencia extrema, el contrato se sentía menos como una cadena y más como un enlace a la que no quería romper.