La Deuda del Lobo Capítulo 3 El Contrato
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Capítulo 3 El Contrato

La habitación principal era inmensa. Las paredes estaban cubiertas de papel tapiz de un tono azul noche, y una gran chimenea de piedra oscura dominaba el extremo opuesto.

Una cama de cuatro postes, con sábanas de seda negra y edredón de plumas, ocupaba el centro.

Las ventanas, altas y arqueadas, daban a un jardín oscuro y descuidado.

Dante estaba de pie junto a la chimenea, encendiendo un cigarro. La llama de su encendedor iluminó su rostro por un segundo, destacando la cicatriz fina que tenía sobre la ceja izquierda. Me había quedado en el marco de la puerta, sintiéndome una intrusa en su mundo de sombras.

Él exhaló una columna de humo y me miró.—¿Por qué estás tan quieta? —preguntó.

—Estoy intentando procesar que me acabas de ordenar ir a tu habitación —respondí, forzándome a cruzar el umbral y cerrar la puerta detrás de mí. El sonido del pestillo al cerrar resonó como un disparo.

Dante se sentó en un sillón de cuero oscuro frente a la chimenea, cruzando una pierna sobre la otra. Me indicó con un gesto de su mano libre que me sentara en el borde de la cama.

—Siéntate, Catalina. Tenemos que hablar del contrato.

Me senté, apretando mi bolso. —Firmé el papel. Ya te he dado mi vida. ¿Qué más quieres? —pregunté, mi voz temblaba un poco, pero me obligué a mantener la barbilla alta. No iba a llorar. No iba a darle el gusto.

Él se inclinó hacia adelante, entrecerrando los ojos.

—No te di tiempo a leerlo —dijo, como si fuera algo normal—.

Las cláusulas que no entendiste: la infidelidad no es una opción, ni para mí, ni para ti.

Si alguien te toca, yo lo resuelvo. Si intentas huir, yo te traeré de vuelta.

Y nunca, bajo ninguna circunstancia, le haces daño a mi familia o a la mía.

—¿Tu familia? —pregunté. Pensé en los dos guardaespaldas, en el mayordomo Albert.

—Mi famiglia —corrigió, con un acento italiano casi imperceptible—. Los que trabajan para mí. A partir de ahora, tú eres parte de ella. Eso significa que eres intocable. Si alguien te mira mal, pierde el ojo.

La frase me golpeó. No era una amenaza para mí; era una advertencia para el mundo. La mentalidad de un "Morally Grey Hero" en su máxima expresión: la violencia contra todos, excepto para ella.

—¿Por qué yo? —pregunté finalmente, la pregunta que había estado quemándome las entrañas desde el despacho —. Tienes millones de dólares. Podrías haber pagado la deuda de mi padre sin necesidad de arrastrarme a tu mundo.

Dante se levantó del sillón y caminó lentamente hacia mí. Dejó el cigarro en un cenicero de cristal y se arrodilló frente a la cama, a mi nivel. Su proximidad hizo que mi respiración se acelerara. Su aroma era embriagador y peligroso.

—Porque te quiero —susurró, su voz ronca llenando el espacio entre nosotros.Parpadeé, confundida.—¿Me quieres? Apenas nos conocemos.

—No te conoces a ti misma, Catalina —dijo, levantando una mano y rozando suavemente mi mejilla con el pulgar.

El contacto me quemó—. Pero yo sí. Llevo observándote tres años.

Sé que llevas una vida gris, trabajando en esa cafetería, escondiéndote de un padre que solo te usa cuando le conviene.

Sé que sueñas con escapar, pero no sabes a dónde.

Sus dedos se deslizaron hacia mi cuello, sentí el pulso latiendo allí, rápido, frenético.

—Firmé el contrato con tu padre no por la deuda — admitió, su mirada clavada en la mía, intensa, casi feroz—. La deuda era solo la excusa. Te he querido desde el momento en que te vi huir de la lluvia. Te hice mía con este contrato porque no te iba a dejar elegir a nadie más.

El "Enemies to Lovers" comenzaba aquí. No con odio, sino con un acoso obsesivo, con un secuestro legalizado.

Él era el villano de mi historia, el hombre que me había quitado la libertad, pero en ese momento, bajo la luz tenue de la luna que entraba por la ventana, su devoción absoluta era la cosa más aterradora y seductora que había sentido nunca.

Me aparté ligeramente de su mano, intentando mantener la cordura.—Eres un monstruo, Dante —susurré.Él sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero encendía una llama oscura en los míos.—Sí, pequeña. Soy un monstruo. Pero ahora, ese monstruo es tuyo.

Me levanté de la cama, incapaz de soportar su peso. Caminé hacia la ventana, mirando el jardín oscuro. Él no me persiguió. Me dejó espacio, pero su presencia en la habitación seguía siendo absoluta.

La línea entre el miedo y el deseo había comenzado a desdibujarse. Y sabía, con una certeza aterradora, que iba a perder el control.