Capítulo 2 La Noche de Bodas (Forced Proximity)
El viaje a la mansión Vancetti duró apenas treinta minutos, pero me sintió como si hubiera viajado a otro país, a otro mundo.
El coche era un sedán negro impecable, con cristales tintados que bloqueaban cualquier intento de ver hacia afuera.
Los guardaespaldas de Dante, dos hombres con el cuello tan grueso como mi torso, habían escoltado a mi padre a otro vehículo, asegurando que llegaría a su destino a salvo, pero a mí me dejaron sola con él.
Dante no me habló durante el trayecto. Se limitó a enviar mensajes en su teléfono, su rostro iluminado ocasionalmente por la pantalla, revelando una expresión seria y centrada.
A veces, giraba la cabeza ligeramente para mirarme por el rabillo del ojo, observándome como quien observa a un animal salvaje recién capturado.
Su mirada era un peso físico sobre mi piel.
Cuando el coche se detuvo, lo primero que vi a través del parabrisas fue la imponente verja de hierro forjado que se abrió silenciosamente para dejarnos pasar.
Subimos por una larga avenida flanqueada por pinos altos y oscuros, hasta llegar a una mansión de piedra gris que parecía más un castillo fortificado que una casa.
Bajé del coche y el aire fresco de la noche golpeó mi rostro. Me sentí pequeña ante la estructura.—Sígueme —ordenó Dante, sin esperar respuesta.
Caminó con zancadas rápidas hacia la entrada principal.
Sus botas resonaban sobre los adoquines.
Lo seguí, apretando mi bolso contra mi pecho.
Entramos en un vestíbulo de mármol inmaculado, con una escalera de caracol en el centro y candelabros de cristal que colgaban del techo como estrellas caídas.
Un mayordomo anciano, con un uniforme impoluto, asintió levemente a Dante.
—Prepara la habitación principal, Albert —dijo Dante mientras se quitaba el saco y se lo entregaba al hombre.Albert me miró con una mezcla de piedad y resignación antes de desaparecer.Dante me miró, y la tensión en la habitación aumentó hasta volverse asfixiante.
—¿Qué pasa? —pregunté, retrocediendo un paso instintivamente.
—Has firmado el contrato, Catalina. Las reglas son simples. A partir de esta noche, esta es tu casa. No sales sin mi permiso. No hablas con nadie sin mi supervisión. Y duermes en mi cama —dijo, su voz bajando una octava, volviéndose ronca y cargada de una amenaza implícita.
—Esto es... esto es un matrimonio de papel —dije, intentando desesperadamente recordar por qué había firmado.
—Para mí, nada es de papel —respondió, acercándose un paso. El olor a sándalo, tabaco y a algo más primario que emanaba de él llenó mis pulmones—. Eres mi esposa. Y yo protejo lo que es mío. Pero también reclamo lo que es mío.
Me quedé paralizada. No sabía qué esperar de un hombre como Dante Vancetti. Los rumores decían que era brutal, despiadado. Y su mirada, fija en mi cuello, en mis labios, no hacía más que confirmarlos.
—Esta noche —continuó, cerrando la distancia hasta que pude sentir el calor de su cuerpo a solo unos centímetros del mío—, aprenderás las reglas de tu nueva vida. Empieza por obedecerme sin cuestionar.
Me temblaron las manos. Asentí lentamente, incapaz de sostenerle la mirada.Él sonrió de nuevo, esa misma sonrisa cruel que había visto en el despacho de mi padre.—Bien. Sube las escaleras, Catalina. Te esperaré arriba.
Miré hacia la escalera, hacia la oscuridad que se abría al final del pasillo, y supe que había cruzado un umbral del que no habría retorno. La puerta de mi nueva jaula se había cerrado, y yo era la única presa dentro.