Capítulo 1 La Firma
El aire en el despacho de mi padre olía a cigarros baratos y desesperación.
Las ventanas estaban cerradas a pesar del calor sofocante de julio, y las persianas bajadas apenas dejaban pasar un hilo de luz que iluminaba el polvo suspendido en el aire.
Me senté frente a él, apretando mi bolso contra mi regazo, sintiendo cómo el latido de mi corazón retumbaba en mis oídos.
—Catalina, no hay otra opción —dijo mi padre, sin mirarme a los ojos. Sus manos temblaban sobre los papeles que había esparcido sobre el escritorio. Eran facturas, avisos de embargo, un desastre financiero en papel timbrado.
—Papá, no puedo casarme con un desconocido solo porque le debes dinero a la mafia —susurré, aunque mi voz se quebró. Llevábamos meses huyendo de algo, mudándonos de un barrio a otro, escondiéndonos de sombras que mi padre juraba que eran solo productos de su imaginación paranoica.
—No es cualquier desconocido —interrumpió una voz profunda, grave como el arrastrar de piedras en el fondo de un abismo.
Me giré en la silla. La puerta del despacho se abrió y, tras ella, entró él.
Dante Vancetti. Lo había visto antes, de lejos, en galas benéficas en la prensa o en los informes del FBI que mi padre, en sus momentos de lucidez, tenía la osadía de dejar sobre la mesa.
El hombre que gobernaba el sindicato del crimen más grande de Chicago.
Lo llamaban "El Lobo" porque, decían, una vez que te tenía en la mira, no te soltaba hasta devorarte por completo.
Él era más alto que en las fotografías, más ancho de hombros bajo su traje italiano de tres piezas color carbón.
Su rostro era angular, perfecto y cruel, con una mandíbula tensa y ojos del color del hielo que me recorrieron de arriba a abajo con una indiferencia heladora.
No había lustre en ellos, solo una evaluación fría.
—Señorita Rossi —dijo, dando un paso hacia el escritorio. No extendió la mano. No saludó. Simplemente se quedó de pie, exudando una autoridad que hacía que las paredes de la oficina parecieran contraerse.
—Catalina —corrigió mi padre rápidamente, con la voz temblorosa—. Y usted es el Sr. Vancetti. Gracias por venir.
Dante ignoró a mi padre y clavó su mirada en mí. El silencio en la habitación se volvió pesado, casi insostenible. Me sentí expuesta, como un ciervo atrapado en los faros de un coche.
—Tu padre te ha dicho por qué estoy aquí —no fue una pregunta.
—Me ha dicho que le debes un millón de dólares y que solo aceptará ese matrimonio de conveniencia para que olvide la deuda —respondí, intentando que mi voz sonara más firme de lo que realmente me sentía.
Dante sonrió. Fue un gesto mínimo, apenas una curvatura en la comisura de sus labios, pero envió un escalofrío por mi columna vertebral. Se acercó al escritorio y, con movimientos lentos, sacó un bolígrafo de tinta negra de su bolsillo.
—No es un matrimonio de conveniencia, señorita Rossi —dijo, deslizando un documento grueso hacia el centro de la mesa—. Es una adquisición. Tu padre ha firmado. Ahora te toca a ti.
Miré el papel. Las cláusulas eran simples pero draconianas. Renunciaba a mi vida anterior, a mi carrera, a mi libertad de movimiento, a cambio de que mi padre sobreviviera al mes siguiente.
—¿Y si me niego? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Entonces tu padre dejará de respirar antes de que salgamos de esta calle —contestó Dante con una calma absoluta, como si estuviera comentando el clima—. No hay negociación.
Mi padre sollozó suavemente, un sonido patético que me hizo cerrar los ojos. No tenía familia, no tenía amigos, solo tenía a mi padre, un hombre que había fallado a todos a su alrededor, incluido a sí mismo.
Suspiré y tomé el bolígrafo. Mis dedos rozaron la mesa mientras firmaba. La tinta se secó casi al instante.
—Excelente —dijo Dante, tomando el documento y guardándolo en su saco. Luego, giró en redondo hacia la puerta y me miró por encima del hombro—. Bienvenida a casa, Catalina.
Sentí que el suelo se hundía bajo mis pies. Había firmado. Y por el destello en los ojos de Dante Vancetti, supe que no había firmado solo mi vida. Había firmado mi alma.