La Deuda del Lobo
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Prólogo
Dicen que en Chicago, el viento no solo quema la piel, sino que también se lleva los secretos de la ciudad.
Dante Vancetti era uno de esos secretos.
Un nombre que se susurraba en las salas de juntas de las corporaciones más ricas y en los callejones más oscuros.
Lo llamaban "El Lobo", no por su apariencia, sino por su naturaleza.
No era un hombre que cazara por placer; cazaba por necesidad.
Era un depredador que había ascendido a la cima de una cadena alimenticia brutal, matando, traicionando y devorando a cualquiera que se interpusiera en su camino.
Yo lo había visto de lejos, en la televisión, en los titulares de los periódicos que mi padre escondía en el sótano. Sabía quién era. Sabía que su mirada helada podía detener el corazón de un hombre. Sabía que su silencio era más aterrador que cualquier grito.
Pero no sabía que, esa misma noche, él vendría a buscarme.
No venía por mi dinero. No venía por venganza. Venía porque, en algún momento de su vida oscura y sangrienta, se había cansado de estar solo. Y cuando un lobo solitario decide que necesita una compañera, no pide permiso. No hace cortesías. Simplemente te toma.
Y cuando las garras de un lobo se clavan en tu garganta, no hay forma de escapar. Solo puedes decidir si mueres o si aprendes a aullar junto a él.
Mi padre firmó mi sentencia de muerte sin saberlo. Yo firmé mi contrato de matrimonio sin saberlo. Y Dante... Dante firmó mi destino con tinta negra y una sonrisa cruel.
Pero lo que ninguno de los tres sabía es que el contrato de papel sería lo último que atara nuestras almas. Lo que nos uniría a partir de esa noche sería mucho más peligroso, mucho más oscuridad... y mucho más ardiente.