13
La carta para Marga la escribía en fragmentos, nunca completa de una vez, porque escribirla de una vez requería una concentración sostenida que el castillo no siempre permitía y porque los fragmentos eran más fáciles de ocultar si alguien entraba sin avisar.
Un párrafo por la mañana, otro por la tarde, la hoja guardada en el dobladillo de la falda gris entre sesiones.
El décimo día, a media tarde, estaba en el tercer párrafo.
Le explicaba a Marga el estado de las variables principales sin usar nombres que pudieran identificar a nadie si la carta llegaba a manos equivocadas.
El hombre del castillo, que era Broc. El laird, que era Fergus.
La situación de los registros del sur, que era lo que Fergus había pedido cuatro días antes y que todavía no sabía cómo interpretar del todo.
La mujer del mercado, que seguía sin nombre aunque Donna estaba trabajando en eso con la discreción con que trabajaba todo.
Era una carta de actualización, no la señal de emergencia. La diferencia era importante: la señal activaba a Marga. La actualización la mantenía informada sin activar nada que yo no pudiera controlar todavía.
Estaba en la mitad del tercer párrafo cuando la puerta se abrió.
No llamaron. La puerta se abrió con el golpe previo de dos nudillos que Fergus usaba como aviso en lugar de petición de permiso. Dos golpes significaba llego, no ¿puedo entrar?, que era la distinción que había aprendido en los primeros días.
Cubrí la carta con el libro que tenía sobre la mesa antes de que terminara de procesarlo conscientemente.
El movimiento fue rápido y completamente controlado.
Demasiado controlado para alguien que no tiene nada que ocultar, pero eso no podía cambiarlo porque había ocurrido antes de que pudiera elegir no hacerlo.
Fergus entró. Vio el libro sobre la mesa. Vio que yo tenía la mano encima del libro de una manera que no correspondía a alguien que estaba leyendo.
No dijo nada sobre eso.
—Buscaba a Ealasaid —anunció, desde el umbral. —Pensé que podía estar aquí.
—No está.
Asintió. Miró brevemente la mesa, el libro, mi mano encima del libro, y luego la ventana que daba al patio. Todo en el espacio de dos segundos, sin que pareciera que miraba nada en particular.
—¿Tiene un momento?
No era una pregunta que esperaba respuesta negativa. Era la frase de alguien que ha decidido quedarse y lo enuncia con suficiente cortesía para que la otra persona sienta que ha tenido elección aunque no la haya tenido del todo.
—Sí.
Entró. Cerró la puerta. Se quedó de pie junto a la ventana porque era lo que hacía cuando pensaba en algo que había empezado antes de entrar en esta habitación.
Hablamos durante veinte minutos.
No sobre la carta. No sobre lo que había visto en la mesa.
Hablamos sobre el aprovisionamiento de madera para el invierno, que era una conversación real y necesaria que Fergus tenía pendiente con Ealasaid y que, en su ausencia, tuvo conmigo porque estaba ahí y porque era el tipo de conversación que la futura señora del clan necesitaba tener de todos modos.
Le pregunté sobre los proveedores habituales.
Me explicó la diferencia entre la madera del norte, más densa, y la del valle, más fácil de transportar pero que duraba menos en los hogares grandes.
Le pregunté cuánto tardaba el aprovisionamiento desde la orden hasta la entrega.
Me dio los números con la precisión de quien los sabe de memoria porque los ha gestionado suficientes años.
Era una conversación útil. Era también la conversación que dos personas tienen cuando una de ellas ha entrado en una habitación con una razón que no es Ealasaid y necesita el tiempo de una conversación real para decidir qué hace con lo que acaba de ver.
Durante los veinte minutos, la carta siguió debajo del libro.
Yo no moví la mano de encima más de lo necesario para gesticular en los momentos en que el gesto acompañaba la frase.
Fergus no miró la mesa más de lo que miraba la ventana o la puerta o cualquier otro punto de la habitación, que era lo que hacía cuando pensaba en voz alta: distribuir la mirada para que el pensamiento tuviera espacio.
Cuando la conversación sobre la madera llegó a su conclusión natural, Fergus se quedó un momento quieto junto a la ventana con la expresión de quien ha terminado algo y está calculando qué sigue.
—Dígale a Ealasaid que hable conmigo mañana antes del desayuno.
—De acuerdo.
Fue hacia la puerta. La abrió. Se detuvo en el umbral sin girarse del todo.
—La carta que estaba escribiendo. —Lo dijo al espacio del corredor, no hacia mí, con el tono de quien hace una observación sobre el tiempo. —Si necesita papel de mejor calidad, Donal tiene en el despacho de administración.
Y salió.
Me quedé con la mano sobre el libro y el corredor vacío al otro lado de la puerta abierta y la frase en el aire.
La carta que estaba escribiendo.
La había visto. No su contenido, porque el libro la cubría desde el momento en que entró.
Pero había visto que había algo debajo del libro y había calculado, con la precisión de quien lleva años leyendo situaciones antes de que terminen de ocurrir, que ese algo era una carta a medio escribir que yo había cubierto antes de que pudiera verla.
No había preguntado qué era. No había pedido verla. Había hecho la observación sobre el papel de mejor calidad, que era la frase de alguien que sabe que sabe algo y elige decirlo de una manera que no obliga a la otra persona a responder, pero que deja claro que sabe.
Me levanté. Cerré la puerta que Fergus había dejado abierta. Saqué la carta de debajo del libro, la guardé en el dobladillo de la falda gris junto al documento falsificado.
No podía seguir escribiéndola hoy. Necesitaba un día antes de volver a ella, para que lo que escribiera no llevara encima el peso de los últimos veinte minutos de una manera que Marga pudiera leer entre líneas.
Marga leía entre líneas con la misma eficiencia con que hacía todo lo demás.
La noche llegó con la cena habitual y el protocolo habitual y Broc en su sitio perfecto de siempre.
No ocurrió nada notable durante la cena, que era en sí mismo un dato: Broc sin nada notable era Broc en modo gestión tranquila, lo cual significaba que no había recibido ninguna información nueva que requiriera ajuste visible de comportamiento.
Después de la cena, desde mi ventana, vi la luz del despacho de Fergus encenderse antes de que los pasos en el corredor se apagaran del todo.
Luego, veinte minutos después, vi a Craig cruzar el patio desde los cuarteles hacia el ala de administración con el paso de quien va porque lo han llamado y no porque vaya por iniciativa propia.
Craig en el despacho de Fergus a esa hora no era rutina. Los asuntos de administración no requerían al capitán de guardia después de la cena a menos que hubiera una instrucción que no podía esperar a la mañana siguiente.
Craig estuvo dentro durante quince minutos. Salió sin la pausa en el corredor que había tenido el sexto día. Esta vez caminó directamente hacia el patio norte y desapareció en el ala de los cuarteles con el paso de alguien que tiene una instrucción nueva y va a ejecutarla.
Eso era diferente a la pausa del sexto día, que era la pausa de alguien que procesa algo inesperado. Era el paso de alguien que ya ha procesado y tiene un destino claro.
Lo archivé con el peso que merecía: Fergus había visto la carta. Fergus había ido a Craig esa noche. Craig había salido con el paso de quien tiene una instrucción y sabe exactamente qué hacer con ella.
La pregunta que no podía responder todavía era si esa instrucción era sobre mí o sobre algo diferente.
Donna llegó con el agua caliente de la noche y la cara de quien tiene algo y está evaluando si es el momento.
—¿Qué? —pregunté, antes de que dejara la jarra.
—Craig ha hablado esta tarde con dos de sus hombres. Los de la guardia del ala norte. Les ha cambiado el turno de mañana. —Dejó la jarra. —Es el turno que cubre el corredor que conecta las habitaciones del ala principal con el ala de Broc.
Me quedé quieta.
El corredor que conectaba las habitaciones del ala principal con el ala de Broc. El turno de mañana. Dos hombres de Craig con instrucciones nuevas para ese punto específico del castillo.
No era vigilancia sobre mí.
Era vigilancia sobre Broc.
Eso cambiaba la geometría de todo lo que había construido en diez días.
No de golpe. No de una manera que pudiera usar todavía de forma activa.
Pero la cambiaba de fondo porque significaba que Fergus, después de estar en mi habitación y ver la carta que no llegó a leer, había ido a Craig no para preguntarle sobre mí sino para cerrar el perímetro alrededor de su hermano.
Lo que había visto en mi habitación lo había llevado hacia Broc, no hacia mí.
Eso era o la mejor noticia que tenía en diez días o era algo que Broc también iba a notar antes de que yo pudiera usarlo.
Un hombre que ha pasado años estudiando la distribución de las guardias de su propio castillo iba a detectar un cambio de turno en el corredor de su ala con la misma velocidad con que yo lo había detectado desde una ventana.
Y un hombre que detecta que han movido una guardia hacia su corredor sabe que el tiempo para actuar se ha reducido.
—¿Hay algo más? —le pregunté a Donna.
—Sine estuvo esta tarde en el jardín del ala este durante su hora libre. Sola. Cuarenta minutos en el banco del fondo sin hacer nada.
Una muchacha de dieciséis años que pasa su hora libre sentada sola en un jardín durante cuarenta minutos sin hacer nada no está descansando. Está evitando algo en el interior del castillo.
—¿La viste salir?
—Sí. Entró al ala de servicio cuando Ealasaid empezó a organizar el servicio de cena. Tenía la cara de siempre.
La cara de siempre. Donna quería decir la cara que Sine ponía cuando quería que todo pareciera normal, que era diferente a la cara normal de verdad y que Donna podía distinguir porque llevaba once años aprendiendo caras en este castillo.
—La cocinera mayor. Morag. Cuando puedas hablar con ella sin que parezca que es por esto, hazlo. No le preguntes sobre Sine directamente. Pregúntale sobre el castillo en general. Déjala llegar sola.
Donna asintió. Salió.
Me quedé con la ventana y el patio y la luz apagada ya en el despacho de Fergus y el corredor del ala de Broc con su guardia nueva que empezaba mañana.
Treinta y un días.
Broc en la cena sin nada notable, que era exactamente la quietud que tienen los hombres que ya han tomado una decisión y están esperando el momento de ejecutarla. No la quietud de quien no tiene nada que hacer. La quietud de quien sabe exactamente lo que va a hacer y ha calculado cuándo.
La guardia nueva en su corredor iba a llegar a sus oídos antes del desayuno de mañana.
Cuando llegara, Broc sabría que el tiempo que él había calculado acababa de reducirse sin que él lo hubiera reducido.
Y los hombres que se quedan sin el tiempo que habían calculado tener no esperan. Aceleran.