11
La lluvia llegó sin aviso a media mañana del octavo día, del tipo que no negocia: de golpe, vertical, con la determinación de quien lleva tiempo esperando el momento y ha decidido que es ahora.
Estaba en el ala oeste buscando a Ealasaid para una pregunta sobre el aprovisionamiento de velas para el invierno, que era una pregunta genuina y también una excusa para conocer mejor esa parte del castillo que todavía tenía menos mapeada que el resto.
Ealasaid no estaba donde debía estar. La lluvia empezó antes de que pudiera volver al ala este sin quedarme empapada, y la sala pequeña al final del corredor del ala oeste tenía la puerta entreabierta y era la única opción razonable.
Entré. Había una mesa, cuatro sillas, una ventana que daba al patio oeste. El tipo de sala que existe en todos los castillos sin función específica declarada, que acaba siendo el lugar donde ocurren las conversaciones que no caben en ninguna otra parte.
Cerré la puerta. Me quedé junto a la ventana mirando la lluvia golpear el patio con la intensidad de quien ha llegado para quedarse.
Dos minutos después se abrió la puerta.
Fergus entró con la misma expresión con que hacía todo, que era ninguna expresión particular porque su cara en reposo era simplemente su cara, sin el esfuerzo de composición que tenían las caras de la mayoría de la gente cuando no sabían que las miraban.
Llevaba el cabo de un documento en la mano, papel doblado, de los que se llevan de un lugar a otro para trabajar en ellos en cualquier sitio disponible.
Me vio. Miró la lluvia por la ventana. Entró del todo y cerró la puerta.
No había protocolo para esto. Dos personas atrapadas por la lluvia en la sala pequeña del ala oeste sin agenda previa ni razón declarada para estar en el mismo espacio. El protocolo existe para cubrir los espacios que tienen forma conocida. Este no la tenía.
Fergus puso el documento en la mesa y se sentó en la silla más cercana a la ventana, que era la misma en la que yo había pensado sentarme pero que él alcanzó primero sin que ninguno de los dos dijera nada sobre ello. Me quedé en la silla junto a la puerta, que era la segunda mejor opción.
Fuera, la lluvia organizaba el ruido del patio de una manera diferente a como lo organizaba el tiempo seco. Los sonidos rebotaban de otra forma. Todo quedaba más cerca.
Fergus miró el documento durante un momento y lo dejó sin abrirlo, lo cual decía que la lluvia había interrumpido algo pero que ese algo podía esperar.
—¿Encontró a Ealasaid?
Lo miré.
—No. Por eso estoy aquí.
Asintió con la levedad de quien registra una información sin necesitar hacer nada con ella. Miró la ventana. La lluvia seguía con la misma convicción del principio.
Estuvimos en silencio durante el tiempo que tarda el silencio en dejar de ser incómodo y convertirse en otra cosa. No sé exactamente cuánto fue. Lo suficiente para que la lluvia pasara a ser ruido de fondo en lugar de evento principal.
—¿Cómo va la rodilla con el frío?
La pregunta llegó sin preámbulo, en el mismo tono con que me había preguntado sobre los hombres de mi padre el primer día en la torre: información que quiere, directamente.
—Es vieja —respondí.
—No lo es.
—Depende de lo que midas.
Me miró entonces. No con la evaluación de los primeros días, que era la mirada de alguien que construye un juicio.
Con algo diferente que no pude nombrar del todo en el segundo que duró y que decidí no intentar nombrar porque nombrarlo requería más atención de la que podía permitirme destinar a eso ahora mismo.
—¿Qué mide usted? —preguntó.
—Lo que tarda en dejar de doler cuando cambia el tiempo.
—¿Y tarda mucho?
—Menos que antes.
Fergus asintió. Volvió a la ventana. La lluvia había bajado un grado de intensidad, todavía suficiente para justificar quedarse, insuficiente para parecer que iba a durar indefinidamente.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
Era una pregunta sobre la rodilla. Era también una pregunta sobre el tiempo que había pasado desde el río, aunque él no lo sabía. Respondí la pregunta sobre la rodilla.
—Desde el invierno pasado. Una caída. Sanó mal porque no pude quedarme quieta el tiempo suficiente.
—¿Por qué no pudo quedarse quieta?
—Había cosas que hacer.
Fergus me miró de nuevo. Esta vez la mirada duró más y yo la sostuve porque apartar los ojos era información que tampoco quería darle.
—¿Siempre hay cosas que hacer?
—Cuando se es el único que puede hacerlas, sí.
Algo en su cara hizo un movimiento pequeño que no era exactamente una sonrisa pero que estaba en la misma dirección.
—Eso lo entiendo.
Lo creí. Era el tipo de frase que dicen las personas que lo entienden de verdad, sin el tono de quien busca identificación sino con el tono de quien reconoce algo porque lo ha vivido desde dentro.
La lluvia siguió. Fuera, alguien cruzó el patio corriendo con algo sobre la cabeza que no era suficiente para el agua que caía. El ruido de las botas sobre el adoquín mojado llegó hasta la ventana y se fue.
—¿Por qué gobierna solo desde hace seis años?
La pregunta salió antes de que terminara de decidir si hacerla. Fergus no reaccionó a la directness de ella, lo cual era consistente con todo lo que había visto de él: que la directness no lo perturbaba, que probablemente la prefería.
—Gobernar en compañía requiere confiar en alguien lo suficiente.
—¿Y no ha encontrado a nadie?
Tardó. No la tardanza de quien busca la respuesta sino la de quien ya la tiene y está decidiendo si darla.
—Todavía no.
El todavía quedó en el aire entre los dos con el peso específico de las palabras que dicen más de lo que dicen. Ninguno lo recogió. Ninguno lo descartó tampoco. Simplemente quedó ahí, con la lluvia de fondo, ocupando el espacio que ocupaba.
Gobernar en compañía. Confiar en alguien lo suficiente. Todavía no.
Seis años de laird. Seis años de un castillo que funcionaba porque él lo hacía funcionar, con Craig y con Donal y con Ealasaid y con los cuarenta hombres que conocían su nombre porque él conocía el suyo.
Pero sin alguien al lado de una manera diferente a esa.
Sin el tipo de compañía que requería el otro tipo de confianza.
Lo entendía desde un lugar que no había esperado entenderlo.
—Es más difícil de lo que parece desde fuera —respondí, porque era la respuesta verdadera y porque en esta sala sin protocolo la respuesta verdadera parecía la única que tenía sentido.
Fergus me miró.
—¿Lo ha intentado?
—Confiar en alguien lo suficiente. —Una pausa. —Sí. Con resultados mixtos.
—¿Mixtos en qué dirección?
—En la dirección de que aprendí qué tipo de confianza funciona y qué tipo no.
—¿Y qué tipo funciona?
Pensé en Marga. En la aldea de pescadores y el invierno y el agua caliente sin preguntas.
—La que no pide que la otra persona sea algo que no es.
Fergus procesó eso durante un momento que tenía la calidad de los momentos en que alguien recibe algo que no esperaba recibir y que resulta ser exactamente correcto.
—Es una definición austera.
—Es la que tengo.
La lluvia empezó a ceder. No de golpe sino con la gradualidad de las lluvias que han dicho lo que tenían que decir y empiezan a recogerse. El patio fue recuperando sus sonidos habituales por debajo del agua, primero como fondo y luego como lo principal.
Fergus miró la ventana. Miró el documento en la mesa que seguía sin abrir. Se levantó con el movimiento directo de quien ha tomado una decisión sobre el ritmo de lo que sigue.
Recogió el documento. Fue hacia la puerta. La abrió.
En el marco se giró. No del todo. Lo suficiente para que la frase llegara hacia dentro de la sala sin que requiriera que nos miráramos directamente.
—La rodilla. Si Ailís puede hacer algo, dígalo. Es buena aunque parezca joven para serlo.
Y salió.
Me quedé sola en la sala pequeña del ala oeste con la lluvia que terminaba de irse y el patio que volvía a ser el patio y la frase todavía en el aire.
Ailís era la curandera. La que había visto el primer día con cara de no haber dormido suficiente. Fergus la conocía lo suficiente para saber que era buena aunque pareciera joven.
Eso no era lo que me había quedado.
Lo que me había quedado era el todavía. La manera en que había aterrizando en la sala sin que nadie lo hubiera recogido ni descartado.
La manera en que Fergus había mirado cuando le dije que depende de lo que midas, con algo en la cara que yo había decidido no interpretar y que no había podido dejar de registrar aunque hubiera decidido no interpretarlo.
Esto es un problema, pensé.
No porque fuera peligroso en el sentido inmediato.
Sino porque hacía más complicado algo que necesitaba ser lo más simple posible: Fergus MacAran era la persona cuya confianza necesitaba ganar para que lo que iba a contarle tuviera el peso legal suficiente para sobrevivir a lo que Broc construiría en su defensa.
Eso requería que yo lo leyera con precisión.
Que cada interacción fuera información útil sobre quién era y cómo funcionaba.
Lo que no requería era que hubiera conversaciones en salas pequeñas sin protocolo donde el todavía quedaba en el aire y yo me quedaba sola después pensando en él.
Eso complicaba la lectura. No porque cambiara lo que era. Sino porque añadía una variable que no había calculado y las variables no calculadas son las que crean los errores.
Me levanté. El patio estaba casi seco ya, con el brillo específico del adoquín después de la lluvia cuando el sol empieza a volver.
Encontraría a Ealasaid para la pregunta sobre las velas, que era la razón por la que había venido al ala oeste y seguía siendo la razón aunque hubiera dejado de ser lo único que había pasado aquí esta mañana.
Salí de la sala.
El corredor del ala oeste tenía el olor de la piedra húmeda que siempre tiene después de la lluvia, ese olor específico de los lugares viejos que absorben el agua y la guardan en la memoria de las paredes. Caminé hacia el ala central con el paso correcto y las manos quietas.
Treinta y tres días.
El todavía en algún lugar donde las cosas se guardan cuando no hay todavía un sitio mejor para ponerlas.