LA DESAPARECIDA DEL HIGHLANDER (ROMANCE HIGHLANDER nº 9) 10
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El séptimo día Fergus organizó la visita al mercado del pueblo con la misma economía con que organizaba todo: una frase en el desayuno, sin preámbulo ni explicación de más.

La futura señora del clan necesitaba conocer a los comerciantes habituales.

El mercado de los jueves era donde eso ocurría.

Donna iría conmigo. Dos hombres de escolta. Salida después del desayuno.

Asentí. Era exactamente lo que habría pedido si hubiera podido pedirlo sin que pareciera lo que era.

El camino al pueblo de Duncraig tardaba cuarenta minutos a caballo por el camino principal.

Lo estudié durante el trayecto con la atención que merece un camino que puede necesitarse en condiciones distintas a las de una mañana tranquila de jueves con escolta y sin prisa.

Las curvas donde la visibilidad se cerraba.

Los tramos donde el bosque llegaba hasta el borde del camino.

El punto donde la bifurcación hacia el este aparecía entre dos álamos, sin señal, y que llevaba hacia la costa según el ángulo del terreno.

Donna cabalgaba a mi lado sin preguntar por qué miraba el camino con esa atención. Llevaba una semana aprendiendo cuándo preguntar y cuándo no era lo que se necesitaba.

El mercado de Duncraig ocupaba la plaza central y dos calles en ángulo.

Tamaño medio, comerciantes fijos con algún mercader ocasional de paso.

Telas, especias básicas, herramientas, ganado en el extremo norte donde el olor tenía espacio para disolverse.

Pan y quesos bajo el porche de la posada que cerraba la plaza por el sur.

Desmontamos junto a la posada. Los hombres de escolta se quedaron con los caballos con la discreción de quien sabe que su trabajo es estar sin estorbar.

Lo primero que construí fueron las salidas.

No el mapa de los puestos, que era lo que se suponía que estaba construyendo.

La calle del este que llevaba al camino de la costa.

El callejón entre la posada y la casa del herrero que salía a una huerta.

La salida trasera de la posada, que existía porque las posadas siempre tienen salida trasera para el aprovisionamiento.

Lo construí mientras miraba telas con Donna y hacía las preguntas correctas sobre calidad y precio, que era lo que alguien en mi posición hacía en un mercado por primera vez.

En el puesto de herramientas, el comerciante que las vendía me reconoció como la prometida del laird antes de que Donna dijera nada, con la mezcla de respeto y curiosidad que tienen las personas de los pueblos cuando ven a alguien del castillo en su territorio cotidiano.

Respondí a sus preguntas sobre el castillo con la amabilidad correcta y pregunté sobre los precios del hierro porque era el tipo de pregunta que hacía la futura señora de una herrería propia.

En el puesto de especias, el mercader era un hombre de mediana edad con acento del sur que vendía lo que tenía con la convicción de quien sabe que su mercancía es buena y no necesita exagerar para venderla.

Acordé una compra menor de pimienta y de la especia amarilla que Ealasaid había mencionado que escaseaba en la despensa.

Fue en el puesto de especias, mientras cerraba esa transacción, cuando noté la mirada.

Venía del lado este de la plaza. No tenía el carácter de la curiosidad ordinaria de un mercado, que toca y sigue. Tenía el carácter de algo que se detiene. Que se queda con una fijeza que no es hostilidad sino otra cosa que tardé dos segundos en nombrar: reconocimiento de algo específico.

Terminé la conversación con el mercader de especias con la calma de quien ha concluido una transacción satisfactoria. Me giré con la naturalidad de quien quiere ver qué sigue en el recorrido del mercado.

La mujer estaba junto al puesto de telas del extremo este.

Mayor, sesenta años o cerca, con la ropa de trabajo bien cuidada de alguien que cuida lo que tiene porque sabe lo que cuesta.

Las manos grandes, las de quien ha trabajado con ellas durante décadas sin pausa, y la postura ligeramente inclinada hacia delante que deja ese tipo de trabajo en los hombros con el tiempo.

Me miraba.

La miré de vuelta. Sin apartar los ojos. Sin el gesto de quien ha notado que la miran y decide que no ha notado nada. La miré directamente, como lo que era: alguien que ha visto algo en mí y yo quiero saber qué ha visto.

La mujer bajó los ojos. Se giró hacia las telas del puesto con el movimiento de quien lleva la mirada a otro sitio porque el sitio donde estaba ya no puede sostenerse.

Dos segundos después recogió su cesto y se fue por la calle del este con el paso de quien se marcha porque ha terminado lo que vino a hacer, sin prisa aparente, sin mirar atrás.

Donna estaba a mi lado.

—¿La conoces?

Donna miró hacia donde había estado la mujer. Negó con la cabeza despacio.

—Yo tampoco —respondí.

Era mentira. No la conocía de haberla visto antes. Pero ese tipo de mirada, el reconocimiento que baja los ojos antes de irse, era el comportamiento de alguien que ha visto algo específico y ha calculado en el acto que reconocerlo en público tiene un coste que no puede pagar hoy.

Ese cálculo no se hace por casualidad. Se hace cuando hay una razón concreta para hacerlo.

Archivé la cara. La postura. Las manos con sus décadas de trabajo encima. La calle del este por la que había desaparecido.

Seguimos por el mercado veinte minutos más. Hice las compras que correspondían, hablé con los comerciantes que Donna fue señalando como los habituales del castillo, construí el mapa de quién suministraba qué y en qué términos. Era información útil para lo que se suponía que era.

Era también tiempo para que la cara de la mujer se fijara con la claridad suficiente para no perderla.

En el camino de vuelta, Donna y yo cabalgamos en silencio la mayor parte del trayecto. Los hombres de escolta detrás con la misma discreción de siempre. El viento bajaba de las colinas con más intención que por la mañana y las nubes del norte tenían el color de las que cumplen lo que prometen.

Al cruzar la bifurcación de los álamos, Donna dijo sin preámbulo:

—La mujer del mercado. La del puesto de telas. Creo que es de las tierras del sur.

La miré.

—¿Por qué lo crees?

—El acento. Lo escuché cuando le preguntó al mercader de telas por el precio de una pieza. Las tierras del sur tienen una manera de alargar las vocales que no tienen los del valle.

Lo archivé. Las tierras del sur eran el territorio de los arrendatarios de los que Craig había llevado el informe a Fergus dos días atrás. El informe que había requerido treinta minutos en el despacho del laird.

Llegamos al castillo antes de la hora de comer. Caballos, establos, el camino al ala este. En mi habitación, con el pestillo echado, me quité el chal y me senté en la silla.

Donna llamó diez minutos después. Entró con el agua caliente habitual y algo más: la cara de quien ha procesado algo durante el camino de vuelta y ha decidido que el momento de decirlo es ahora.

—Fergus ha pedido esta mañana los registros de arrendamiento de los últimos tres años. Los del sur específicamente. Ealasaid lo sabe porque el escribano tuvo que interrumpir el inventario de la despensa para buscarlos.

Me quedé quieta.

—¿A qué hora?

—Antes del desayuno. Craig estuvo en el despacho. Cuando salió, el escribano recibió la instrucción.

Antes del desayuno. Mientras yo todavía estaba en mi habitación preparando la salida al mercado. Fergus había convocado a Craig antes del desayuno del séptimo día y al salir Craig había dejado una instrucción al escribano que requería los registros de arrendamiento del sur de los últimos tres años.

Tres años era el tiempo exacto en que Craig llevaba archivando cosas sobre Broc. Lo sabía porque había observado a Craig observar a Broc con la atención específica de quien tiene historia acumulada, no curiosidad reciente.

No podía saber lo que se había dicho en ese despacho. Podía saber que los registros del sur y los últimos tres años no eran una coincidencia administrativa.

—¿Algo más?

Donna consideró.

—Cuando Craig salió del despacho, Broc estaba en el corredor del ala de administración. Se cruzaron. Craig no dijo nada. Broc tampoco. Pero Broc fue directamente a sus habitaciones después de eso y no bajó hasta la hora de comer.

Un hombre que se va a sus habitaciones después de cruzarse con Craig saliendo del despacho de Fergus con instrucciones sobre los registros del sur.

Un hombre que calcula lo que esa combinación de hechos puede significar y decide que necesita tiempo con esa información antes de volver a la vida común del castillo.

Broc sabía que algo había ocurrido en ese despacho. No sabía qué exactamente. Eso lo situaba exactamente en el mismo punto en que yo estaba: calculando con información parcial.

La diferencia era que yo tenía la cara de la mujer del mercado y el acento de las tierras del sur que Donna había reconocido. Y tenía la instrucción de los registros de arrendamiento de los tres últimos años.

Y tenía la memoria de los ojos de esa mujer bajando antes de irse, con el peso específico de quien ha visto algo que reconoce y que no puede costar lo que costaría reconocerlo en público.

—Donna. —Esperé a que me mirara. —La próxima vez que vayamos al mercado, necesito encontrar a esa mujer otra vez.

Donna no preguntó por qué.

—De acuerdo.

Salió. La puerta se cerró.

Me quedé con la silla y la ventana y el patio que se veía desde arriba con la tarde avanzando sobre él.

Treinta y cuatro días. Fergus con los registros del sur en el despacho.

Craig con lo que hubiera dicho en ese despacho antes del desayuno.

Broc en sus habitaciones procesando lo que había visto en el corredor.

Y en el mercado del pueblo de Duncraig, una mujer con acento de las tierras del sur y manos de trabajo y un reconocimiento que había bajado los ojos antes de irse por la calle que llevaba a la costa.

No sabía todavía quién era. Sabía que era alguien que me había reconocido con una especificidad que no venía de saber que era la prometida del laird, porque eso lo sabía todo el pueblo y ese tipo de reconocimiento no baja los ojos.

El otro tipo sí.

El tipo que viene de saber algo sobre ti que tú no sabes que saben.