LA DESAPARECIDA DEL HIGHLANDER (ROMANCE HIGHLANDER nº 9)
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1
El castillo aparece primero como sombra en la cresta de la colina. Luego como piedra. Luego como algo que no tiene nombre exacto en ningún idioma que yo conozca, que es la sensación específica de ver el lugar donde va a ocurrir algo que no puede deshacerse.
Llevo tres horas a caballo y la rodilla izquierda lleva tres horas recordándomelo.
No con dolor agudo sino con ese aviso sordo y constante que aprendí a leer este invierno, cuando la rodilla era lo de menos y aun así era lo único sobre lo que podía hacer algo concreto: moverla despacio, no forzarla, dejar que el tiempo hiciera lo que el tiempo hace cuando se lo permites.
Los huesos sueldan. Las otras cosas tardan más.
Las manos están quietas sobre las riendas.
He decidido que van a estar quietas y hasta ahora la decisión funciona.
Es una técnica que descubrí por necesidad: decidir primero cómo va a estar el cuerpo y dejar que el resto se organice alrededor de esa decisión.
Las manos quietas. La espalda recta. La respiración en cuatro tiempos, dentro, fuera, sin prisa.
El castillo que crece con cada curva del camino puede crecer.
Yo sigo aquí, encima de este caballo, con las manos sobre las riendas, y eso es suficiente por ahora.
El vestido es azul. No es mío.
El mío se perdió en el río hace siete meses y este me lo prestó Marga sin preguntas porque Marga es el tipo de mujer que entiende cuándo las preguntas no cambian nada.
Lana gruesa, color honesto, el dobladillo alterado dos veces hasta que quedó razonablemente cerca de donde tiene que estar.
En los hombros gana un dedo, quizás dos.
Si alguien mira desde lejos parece correcto.
Si alguien mira de cerca, con atención, con el ojo de quien sabe cómo viste una mujer de clan frente a cómo viste una mujer de costa, va a notar que este vestido tiene una historia que no empieza conmigo.
Nadie va a mirar de cerca. Eso es lo que me digo.
Detrás de mí, doce hombres. Los conozco desde antes de saber que los conocía: Tam con su caballo ruano y su costumbre de silbar cuando está nervioso, aunque ahora no silba porque no está nervioso, está contento, o lo que en hombres de escolta pasa por contento.
Donal el joven con la cicatriz en la barbilla de una caída de la infancia que mi padre presenció y que cuenta cada vez que Donal hace algo bien.
Ewen, que es el mayor de todos y que mira el horizonte antes de mirar el camino porque lleva cuarenta años aprendiendo que el peligro no viene del suelo.
Están contentos. Misión clara, buen tiempo, sin amenaza visible. Llevan a la hija del laird Cairn al castillo de su futuro marido para sellar un tratado que los dos clanes necesitan. Eso es lo que creen que es este viaje.
Yo sé lo que es este viaje.
La distancia entre esas dos versiones tiene un peso que he aprendido a cargar como se carga cualquier cosa demasiado pesada para sostenerse con los brazos: distribuyéndola, moviéndola, dejando que ocupe el espacio sin que aplaste.
Siete meses de práctica. Soy razonablemente buena en eso.
No buena del todo, que eso no existe, pero razonablemente.
El camino sube. El castillo MacAran crece con cada curva, piedra gris sobre cielo gris, torres que no buscan ser hermosas sino durar.
Hay una lógica en esa arquitectura que reconozco aunque no me guste: construir para resistir, no para impresionar.
Los muros son anchos. Las ventanas, estrechas.
Alguien pensaba en flechas cuando diseñó esto, en asedios, en la diferencia entre sobrevivir y no sobrevivir durante el tiempo suficiente para que llegara ayuda o para que el enemigo se cansara primero.
No es un castillo que invite. Es un castillo que advierte.
Llevo semanas imaginando este momento. La curva exacta del camino, el punto donde el destino deja de ser abstracción y se convierte en piedra y estandarte y puertas de madera reforzada con hierro.
Lo he imaginado de noche, en la cama de Marga, con el sonido del mar afuera y la certeza quieta de que tomar esta decisión era o lo más valiente o lo más estúpido que había hecho en mi vida.
Sigo sin saber cuál de las dos. Quizás las dos.
Quizás en las Highlands esas dos cosas son la misma cosa y nadie ha tenido la honestidad de decirlo en voz alta.
Lo que no calculé bien fue la escala. Los muros son más altos de lo que imaginé.
El estandarte MacAran, azul y negro, chasquea en el viento con una autoridad que no necesita auditorío.
Esto pertenece a alguien. Ese alguien gobierna aquí.
Dentro de esos muros viven sus reglas y su historia y su versión de lo que ocurrió hace ocho meses en un camino al sur de aquí, cuando la hija del laird Cairn no llegó a casa.
La mía también vive aquí ahora. Eso es lo que he venido a hacer.
Tam adelanta su caballo hasta ponerse a mi altura.
Lo hace despacio, sin urgencia, como si fuera casualidad aunque no lo es.
Tam lleva veinte años al servicio de mi padre y me enseñó a montar cuando yo tenía seis años y él tenía la paciencia de alguien que todavía creía que las cosas buenas se conseguían enseñando despacio.
Me conoce suficiente para saber cuándo la cara que muestro es la cara que tengo y cuándo es la cara que he decidido mostrar.
—Ya se ve el estandarte.
—Lo veo.
Cabalga a mi altura durante un momento sin decir nada más. Mira hacia delante. Mira hacia mí. Tiene una pregunta en la cara que no sabe si hacerse.
—¿Está bien, señorita?
No viene del protocolo. Viene de veinte años de conocerme y de algo que ha visto en los últimos meses, desde que llegó la noticia de que yo había muerto y luego llegó la noticia de que no, de que estaba viva y que volvía y que iba a casarse con el laird MacAran como si los siete meses intermedios fueran un paréntesis que se cierra y listo.
Tam no cree que sea un paréntesis. Tam no hace preguntas porque mi padre le ha pedido que no las haga y porque él también entiende cuándo las preguntas no ayudan. Pero tiene ojos y lleva tres horas mirándome con ellos.
—Estoy bien.
Me observa un momento más. Asiente con la cabeza y vuelve a su posición.
Ocho meses atrás le habría dicho la verdad.
O parte de ella. Tam era de las personas a las que se le podía decir parte de la verdad y que construía el resto solo, sin preguntar, y que luego actuaba en consecuencia sin que nadie tuviera que pedírselo.
Pero parte de la verdad ahora mismo movería a Tam a actuar en consecuencia y las consecuencias de que Tam actúe en consecuencia son exactamente lo que no puedo permitir todavía.
Así que le digo que estoy bien y él asiente y los dos sabemos que la conversación ha tenido dos niveles y ninguno de los dos lo menciona.
El viento baja de las colinas con ese frío de las Highlands en otoño que no es el frío del invierno todavía pero ya negocia con él. El vestido de Marga es más abrigado que el mío habría sido. En eso, al menos, el río tuvo una lógica que no pedí.
No pienso en el río. Me permito el tiempo que tarda la imagen en formarse antes de cortarla, que es menos de un segundo ya, siete meses han servido para algo, y luego la corto y vuelvo al castillo que se acerca y a la rodilla que avisa y a las manos que están quietas porque he decidido que lo estén.
Puedo ver movimiento en los muros. Figuras pequeñas que se reorganizan con la eficiencia tranquila de quien ha visto llegar comitivas antes y conoce los pasos que siguen.
Nos han visto. Probablemente nos veían desde hace veinte minutos, desde que doblamos la última colina y quedamos visibles desde esa altura.
Allá arriba se ve todo lo que se acerca con tiempo suficiente para prepararse.
Me pregunto si él está en los muros ahora mismo.
Fergus MacAran. El laird. El hombre que mi padre eligió para mí creyendo que me elegía una memoria, un nombre en un tratado, un gesto de respeto hacia una hija que ya no podía rechazarlo ni aceptarlo.
No sé qué es. No sé si es el hombre de la carta que encontré entre los documentos del tratado, el que le escribió a mi padre antes de la boda diciéndole que esperaba que su hija supiera que el tratado no la obligaba a nada más allá de lo que ella eligiera.
No sé si esa carta es el hombre o si el hombre es otra cosa y la carta fue un gesto calculado de alguien que sabe que los padres guardan lo que los tranquiliza.
Lo sabré pronto.
Eso es lo único que sé con certeza ahora mismo: que voy a saber cosas que no sé todavía, y que algunas de esas cosas van a ser difíciles de cargar, y que las voy a cargar igualmente porque no hay alternativa que no implique dejar que alguien que no debería ganar gane.
Eso no lo voy a hacer.
El camino hace la última curva. Los muros del castillo MacAran llenan el horizonte de una manera que no deja espacio para nada más, ni para el cielo ni para las colinas ni para la versión de mí misma que existía antes del río.
Solo piedra y estandarte y el sonido de los cascos de doce caballos detrás de mí sobre el suelo frío.
Enderezo la espalda. Las manos, quietas.
Las puertas del castillo MacAran se abren.