La derrota del dragón Epílogo #2
99%

Epílogo #2

Joao marchó, con Fátima, a París, donde los servicios prestados en Inglaterra no pasaron desapercibidos al buen ojo y mejor instinto del embajador Mendoza, siempre necesitado de buenos corresponsales.

El advenimiento al trono francés del hugonote Enrique IV, tras convertirse al catolicismo con la pragmática sentencia de que «París bien vale una misa», y recibir la absolución del papado, dio un vuelco a las relaciones entre ambas naciones, y Francia no tardó en declararle la guerra a España.

El eje de las prioridades diplomáticas y militares hispanas giró de Londres a París, donde la intervención del joven agente fue tan activa y eficaz que logró hacerse un nombre en los reservados círculos de la inteligencia, un nombre que por ningún motivo conviene revelar.

El señor Zarco, cansado quizá de operar en primera línea, prefirió un destino menos expuesto, y, en lugar de París, marchó a Lisboa.

Pese al malogro de las pretensiones de Crato, la calma estaba lejos de afirmarse en aquel reino, cuyas delicadas circunstancias requerían de hombres curtidos que supieran moverse entre nobles, fidalgos y prelados, en un ambiente de lealtades difusas, ambiciones personales, mercedes y favores.

En alguna ocasión, aprovechando sus desplazamientos, dio el señor Zarco en visitar en La Coruña a Gabriel y a Marcia, por quienes sentía una debilidad casi paternal, y a quienes gustaba de encargar discretos trabajillos con los que seguía cultivando viejas complicidades.

La petición de auxilio de Richard Tyrrell no fue la única que recibió el Rey Católico, que llevaba tiempo alentando una política de acercamiento y alianza con los clanes irlandeses en su doble empeño de sostener la causa del catolicismo y abrir un frente que debilitara a su rival.

Mas la guerra con Francia, junto con otras urgencias de la Monarquía, desviaron la atención y, sobre todo, los recursos necesarios para convertir aquellos contactos en una empresa decidida.

Hubo que esperar a que prendiera con fuerza la gran rebelión de los Nueve Años para que se enviara socorro militar directo a Irlanda, ya en tiempos de Felipe III.

El novicio Callum, en cambio, demoró menos tiempo en cumplir su anhelo de viajar a España y entrar en el Real Colegio de San Albano, de Valladolid, donde jóvenes católicos ingleses e irlandeses, privados de seminarios en sus islas, se formaban de la mano de los jesuitas.

Durante varios años se aplicó al estudio de la teología y las letras sagradas, aprendió la lengua castellana y se acostumbró a los usos de una tierra extraña que, sin embargo, lo acogió como propia.

Ordenado sacerdote y fortalecido en su vocación, regresó a Irlanda cuando los vientos de la guerra comenzaron a soplar con más fuerza.

Entre quienes se vieron zarandeados por aquellos vientos estuvo, fiel a sus lealtades, Shannon FitzGerald, que perdió las escasas propiedades que aún conservaba y, al cabo, consumida por una lucha interminable, también la propia vida. Nunca olvidó dedicar en sus rezos una oración por Duarte.

John Trenton, resignado al fin a dar por perdidos a Isabel y a su hijo, se volcó de lleno en el mar. El brazo que conservaba le bastaba para gobernar una nave —y, llegado el caso, una escuadrilla—, y su experiencia en combate valía más que cualquier miembro cercenado.

Aunque no contara con el apoyo de su antiguo valedor, Inglaterra seguía necesitada de buenos capitanes. La guerra con España se había vuelto larga, costosa y a menudo adversa, y Trenton tomó parte en diversas campañas, algunas más cercanas al corso que a una operación militar.

Pero las armas inglesas atravesaban horas poco propicias y la reina volvió los ojos, una vez más, hacia su más afamado marino, el temido sir Francis Drake, a quien puso al mando de una nueva y ambiciosa expedición contra las plazas españolas del Caribe.

El Dragón del mar se acordó de Trenton y este acudió a su llamada.

La empresa, concebida para devolver golpes y vengar agravios, no encadenó sino reveses: primero en Gran Canaria, luego en Puerto Rico y por último en el istmo de Panamá.

A las derrotas, se sumaron las fiebres y la disentería.

La estrella de Drake, que tanto había brillado, se apagó en aquellas aguas cálidas: quebrantado de cuerpo y ánimo, murió a bordo de su galeón y fue lanzado al mar sin muchos honores.

Irónico destino para el hombre que soñó con capturar toda una flota.

El calamitoso balance de aquella jornada —de las veintiocho velas que zarparon apenas ocho regresaron— hizo germinar en Trenton el deseo de cambiar el rumbo de su vida.

Abandonó las empresas de la Corona y las cubiertas de los barcos y se retiró a Saint James.

Muerto su hermano y achacoso sir Humphrey, tomó sobre sí el gobierno de la heredad, atendió sus negocios y participó, ya sólo como armador, en alguna esporádica correría corsaria.

Su madre, la señora Gardiner, no cejó en su propósito de buscarle una esposa que fuera inglesa y devota de la Reforma. Pero en esto, como en otras cosas, Trenton no se dejó guiar y nunca volvió a casarse.

En Lisboa, la recuperación del alférez Jaque fue larga y en apariencia favorable. Branca no se apartaba de su lado, lo asistía en las curas, velaba su sueño, le prodigaba su afecto, y pronto quedó encinta.

Mas la mejoría de Jaque resultó engañosa.

El tósigo oculto en la herida ganó terreno sin que nadie acertara a remediarlo, y en pocos días el alférez se agravó, perdió fuerzas y falleció.

Branca, que al principio tuvo dudas de su amor, comprendió demasiado tarde las firmes raíces que había echado en su pecho.

La embargó una melancolía pesada y durante un tiempo se abandonó a ella.

Pero la savia de la juventud es pujante y poco a poco halló el modo de rehacerse.

El hijo que llevaba en el vientre la anclaba al mundo, y también la presencia de su primo Tiago, que no había olvidado la inclinación que sentía por ella.

Con tiento y paciencia, sin violentar el luto, volvió a cortejarla.

Mes tras mes, su constancia fue tornando favorable el ánimo de la joven, hasta que, casi sin advertirlo, se descubrió de nuevo enamorada.

No era ya la pasión adolescente que sintiera por Duarte, ni el amor florido que había compartido con Rodrigo Jaque, sino un afecto más sereno, probado por el dolor y asentado en la confianza.

Tiago aguardó sin impaciencia la dispensa necesaria y aceptó como propio al hijo del alférez, al que dio su apellido y trató desde el primer día con la naturalidad y el orgullo de un padre.