Epílogo
«Dejando de las na ves la gran suma un largo rastro de salada espuma». Lope de Vega , La Dragontea
En su travesía de regreso a Inglaterra, Drake entró en la más meridional de las rías gallegas y atacó Vigo, donde había sido rechazado cuatro años atrás y con la que tenía una cuenta pendiente. Aun así, un trofeo menor después de haber renunciado a las Azores.
Pero también en Vigo le fue esquiva la fortuna.
Ante el tamaño del desembarco —pese a lo mucho que había mermado, el potencial de la Contra Armada todavía era grande—, los vecinos y soldados abandonaron sus casas y, sin apenas oponer resistencia, se retiraron a los cerros y campos de los alrededores.
Los ingleses incendiaron los barcos que había en el puerto, entraron a saco en la villa, mataron y ultrajaron a quienes tuvieron la desdicha de quedarse y arramblaron con todo lo que de valor y utilidad hallaron en las moradas, desde viandas hasta animales.
Se apoderaron de las riquezas de iglesias, ermitas y conventos; acuchillaron cuadros religiosos, destruyeron imágenes y esculturas y profanaron los sagrarios; les prendieron fuego y dejaron que ardieran hasta los cimientos.
No contentos con ello, hicieron lo mismo con la mitad de las casas de la villa, incluido el hospital de la Magdalena.
De Vigo pasaron a Teis y a Bouzas. Y, envalentonados por la facilidad con que se habían apoderado de sus riquezas, continuaron la rapiña por las aldeas y parroquias de la comarca, sin caer en la cuenta de que, dispersos en pequeños grupos, sin orden ni concierto, resultaban más vulnerables.
La guarnición de Vigo y las milicias vecinales, recuperadas de la sorpresa inicial y reforzadas con paisanaje de otras parroquias y con las mesnadas del señor de Salvatierra, comenzaron a escaramuzar con los ingleses y portugueses y a emboscarlos.
Una escuadra aquí, un pelotón ahí, un destacamento completo allá, hasta causarles, en poco tiempo, más de quinientas bajas y tomarles un centenar prisioneros.
El vigor e intensidad de aquellas acciones fue tal que obligaron a las tropas a reembarcarse y zarpar apresuradamente.
Primero Drake y el día siguiente Norris.
Pero no acabaron ahí las penalidades de la Contra Armada.
Como se componía en buena p arte de naves mercantes para el transporte de tropas y bastimentos, numerosas zabras y embarcaciones ligeras gallegas, conocedoras de la costa y armadas para el corso, la persiguieron en su retirada.
Al amparo de la noche, caían sobre las unidades más rezagadas para abordarlas, hundirlas o incendiarlas en una cacería que desgajó por completo la retaguardia.
El regreso a Inglaterra se convirtió así en un penoso viacrucis.
Al acoso de los gallegos se sumó la hostilidad de los elementos: soplaron de nuevo vientos contrarios que no sólo retrasaron la travesía, sino que obligaron a los ya maltrechos barcos y a sus agotadas tripulaciones a navegar de bolina y trabajar duramente por cada grado que ganaban en altura.
Las vituallas, siempre escasas, se redujeron a niveles críticos, y el hambre volvió a instalarse entre las cubiertas.
En este escenario de miseria y debilidad, el tabardillo y el mal de cámaras, ya presentes desde Lisboa, se propagaron sin control y causaron gran número de fallecimientos.
Un constante y lúgubre reguero de cadáveres era arrojado cada día al océano.
La situación llegó a s er tan dramática que muchos barcos, sin hombres útiles para gobernarlos, hubieron de ser abandonados a la deriva.
Sus dotaciones, extenuadas y enfermas, fueron repartidas entre otras naves para poder, al menos, proseguir la travesía.
En aquella flota, ya completamente desmandada, imperaba la ley del «sálvese quien pueda».
Finalmente, un rosario de naves sueltas y pequeñas agrupaciones fue arribando a diversos puertos de Cornualles y del canal de la Mancha.
Los hombres que alcanzaron tierra fueron recibidos con recelo y desagrado, vistos más como una plaga y un amargo recordatorio de la derrota que como soldados que regresaban de una durísima campaña.
En Londres, lejos del olor a muerte de los puertos del sur, Norris y Drake competían en descargar sus responsabilidades ante la reina. Achacaba cada uno el fracaso a los errores del otro, a la cobardía ajena o a la furia de los elementos, nunca a la soberbia, la imprevisión o la desunión propias.
El trágico saldo final de la expedición resultó imposible de fijar con exactitud.
La dispersión de la armada, la pérdida de naves y la muerte de millares de hombres en el mar o en los puertos de regreso dejaron tras de sí un balance confuso y fragmentario.
Esa misma confusión, paradójicamente, permitió minimizar entre silencios, excusas y relatos interesados la magnitud del desastre y desdibujarlo de la memoria de aquel reino y de sus gentes.
De los entresijos de este asunto informó puntualmente el señor Aranda al embajador Mendoza en una de sus cartas.
2
«De Manuel de Aranda a Bernardino de Mendoza. Cifrada.
Espero que esta misiva, que envío por la vía segura de unos mercaderes de lana de Caláis, encuentre a Vuestra Señoría con salud para lidiar con las intrigas de esa corte.
En esta, en cambio, se acumulan noticias y rumores, menudean informaciones y desinformaciones, se exigen responsabilidades, las disculpas van de la mano con los reproches, vuelan las acusaciones y, sobre todo, las mentiras se disfrazan de verdades en un teatro más ridículo que cómico.
Los generales Norris y Drake, tras su ignominiosa huida, han comparecido ante su graciosa majestad con enorme desvergüenza.
En lugar de reconocer su descalabro, le han presentado un relato de hazañas fantásticas que omite cualquier referencia a la derrota, resta importancia a sus propias pérdidas y exagera el éxito de los ataques y escaramuzas, de las presas capturadas en el mar y de la confusión causada en las costas peninsulares.
La reina, sagaz y desconfiada como una zorra, no se ha creído el cuento.
Son muchos sus oídos, y la verdad de las naves abandonadas, de los hombres diezmados por el hambre y la peste y de la contumaz desobediencia a sus órdenes ha llegado a ella por otros cauces.
Su ira, me aseguran, es fría y terrible.
Drake, ese ídolo plebeyo, ha caído de su elevado pedestal y ha perdido, al igual que Norris, la estima de su soberana y el favor de la corte. El castigo no será público, pero será.
Sin embargo, la farsa que pretendieron llevar a cabo sus generales se ha tornado ahora en operación de estado. La reina y sus ministros, temerosos de que el verdadero alcance de este revés altere a su pueblo y aliente a sus enemigos, han maquinado una campaña de desinformación muy bien urdida.
La idea partió del magín de un tal capitán Anthony Wingfield, que ha hecho circular por la ciudad una Relación verdadera de la expedición a Portugal.
Una palabra, “verdadera”, que, por el mero hecho de mencionarse, ya arroja sombras sobre su contenido.
Me he hecho con un ejemplar y sus líneas son un rosario de patrióticas falsedades: las derrotas se convierten en hábiles retiradas, los caídos en héroes y el desastre en un éxito que ha dejado, según proclama, “a la España entera temblando”.
Su objetivo no es sólo engañar a su propio pueblo —que también—, sino salvar la reputación del reino y vender a las cortes europeas, a las amigas y en especial a las enemigas, la idea de que Inglaterra sigue siendo un león de brazo fuerte, sin rival sobre las olas.
Les aterra que el verdadero tamaño de su debilidad aliente una represalia más contundente por nuestra parte o, peor todavía, una pérdida de respeto entre sus vecinos.
Por burdo que parezca este intento de tapar el sol con un dedo, no conviene subestimar su eficacia, pues una mentira repetida —e impresa— puede con el tiempo tomar el aspecto de una verdad incuestionable.
Y aunque las victorias decisivas se obtienen por la fuerza de las armas, no son menores las que se logran por medio de la opinión o de la diplomacia, como bien sabe V.
S. Me atrevo, por ello, a sugeriros, si lo consideráis oportuno, que trasladéis a Su Católica Majestad la ventaja y utilidad de responder con tinta a la guerra de la tinta.
También interesará saber a V. S. que la ruina definitiva del Prior do Crato es un hecho cierto.
Tras demostrarse vanas sus promesas, ha dejado de ser una baza útil y ha caído en el más absoluto ostracismo.
Peor aún. El pueblo llano lo culpa —hábilmente conducido, no me cabe duda— del desastre de la campaña y de la muerte de tantos nobles y capitanes, hasta el punto de abuchearlo e injuriarlo en las calles de Londres.
Los rumores dicen que prepara su partida a Francia, con sus hijos e incondicionales, para mendigar la protección del rey Enrique.
No en calidad de pretendiente, sino de suplicante.
A la espera de vuestras instrucciones, sigo atento a los movimientos de este reino. Dios guarde a Vuestra Señoría muchos años y lo mantenga en su santa gracia.
Post Scriptum: La amargura entre los soldados y marineros que regresaron es tan profunda que ha provocado motines y algaradas reprimidos con una dureza que la pluma de Wingfield olvida».
3
Joao y el señor Zarco continuaron proporcionando, desde el corazón de Londres, información crucial al embajador Mendoza en París.
Sus despachos detallaban no sólo los menguantes avatares del Prior de Crato y su desmoralizado séquito, sino también las profundas repercusiones, más allá de la farsa oficial, del fracaso de la Contra Armada y de los nuevos planes bélicos —más cautelosos— que se debatían en los consejos privados de la reina Isabel.
Sin embargo, con la continuación de la guerra, la atmósfera se enrareció en Londres, la caza de espías y la desconfianza se intensificaron y su situación llegó a un punto de riesgo insostenible que los obligó a partir.