XXIX #6
Gracias a ello, la causa, finalmente, se sobreseyó. La furia de Marcia tardaría más en disiparse. Puso a su delatora cual no digan dueñas. Hipócrita, bruja o mosquita muerta fueron los epítetos más suaves que le dedicó. Por fortuna, un acontecimiento la ayudó a olvidar aquel trago.
Una mañana de mediados de julio fondeó frente a la Marina una nao de pequeño tamaño que a nadie llamó la atención. Horas después, Isabel y Duarte se presentaban en la plazuela de Santa Bárbara, cansados de la travesía, pero sonrientes.
El reencuentro fue una fiesta íntima que colmó la alegría de todos.
La increíble aventura de Isabel mereció una larga y concurrida velada en la casa de los Del Puerto. Acudieron tíos, hijos, primos y sobrinos; nadie quiso perderse un momento tan especial.
Para Isabel, sin embargo, supuso un mazazo enterarse de la muerte de Yabama. No hallaba consuelo. Le debía la vida y no había sido capaz de devolverle el socorro.
—No te censures, Isabel —le dijo su hermano—. No estuvo en tu mano liberarla.
—Pero me siento culpable, y cobarde, por no haberlo intentado —respondió, con la voz entrecortada y lágrimas en los ojos.
—El único culpable de su muerte fue Michael Gardiner. Y ya ha pagado por ello.
Asintió Isabel, pero sabía que el luto por su amiga la acompañaría toda la vida.
Cenaron en el patio, aprovechando la tibieza de la tarde. Y cuando sobrevino la oscuridad, encendieron candelabros, colgaron candiles y prolongaron la reunión hasta bien entrada la noche.
—Ya iba a lanzarme de nuevo a buscarte por los puertos de media Europa —le dijo después Gabriel.
—Y yo me resignaba a criar a mi hija sin padre —siguió Marcia la broma.
—En realidad, nunca estuve en verdadero peligro —respondió Isabel—. Gracias a él.
Si el regreso de su cuñada había cogido desprevenida a Marcia, la aparición de Duarte la dejó petrificada. Jamás imaginó que lo volvería a ver. Y menos, después de tantos años. Lo abrazó como a un hermano largo tiempo perdido.
—Duarte, Duarte, Duarte —decía mientras observaba los cambios, las arrugas nuevas, la formalidad de aquel rostro. La vida de soldado y las desgracias le habían pasado una buena factura. No llegaba a los treinta y cinco años, pero ya tenía blancos los aladares.
—Querida amiga —la llamó él, que no quiso ensombrecer el momento con la noticia de la muerte de Geraldo.
Gabriel le estrechó la mano.
—¿Tú sabías algo? —le preguntó Marcia.
—Algo barruntaba.
—¿Barruntabas?
Gabriel se hizo el despistado y su esposa le dedicó una dura mirada.
También a Isabel le disgustó que Duarte no le hubiera contado una palabra sobre Marcia.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Cielos, mujer. Recelabas tanto de mí que si te lo hubiera contado —se defendió él—, más que calmarte, te habría espantado.
—Me robáis a una hermana, señor Salazar —dijo Gabriel, para aligerar el ambiente.
—Os devuelvo la gentileza, señor Del Puerto —respondió Duarte—. Vos me robasteis a una novia.
Los dos se rieron con la ocurrencia y la calidez de sus risas contagió a las mujeres.
La familia se había ido retirando y sólo quedaban ellos.
Hacía una noche muy estrellada. Se habían consumido las velas de los candelabros y las tímidas llamas de los candiles apenas iluminaban el patio.
Un grillo más osado que sus congéneres cantaba escondido en su rincón.
La brisa que soplaba del mar acariciaba sus pieles y llevaba hasta ellos el suave olor de una madreselva cercana.
Los hombres compartieron algunas de sus aventuras, se admiraron de lo cerca que habían estado de encontrarse en más de una ocasión y se enfrascaron, al cabo, en una charla sobre barcos, travesías, asedios y batallas que aburría a sus compañeras. Isabel no tardó en retirarse.
La siguió Duarte, a quien Froilán le había preparado una habitación aparte. No era apropiado que, estando prometidos, durmieran en la misma casa.
—Bien está lo que bien acaba —suspiró Marcia. La pequeña Teresa, saciada, dormía plácidamente en sus brazos.
—Disfrutemos la noche, querida. Quién sabe lo que nos depara el mañana.
—No seas ave de mal agüero.
Gabriel abrió la boca para responder, pero se lo pensó mejor y la cerró.
¿Para qué preocuparla? La humanidad lo maravillaba y le espantaba a partes iguales.
Fuera del remanso que habían levantado juntos, campaban la codicia, la violencia y la miseria, pero también la bondad, la inocencia y la compasión.
Gentes de toda clase, humildes y poderosos, nobles, villanos y pecheros, con sus anhelos, sus miedos, sus días iguales y sus sueños desmesurados.
No era un hombre temeroso, pero por un instante sintió el peso del porvenir, con sus tempestades, sus guerras, sus pérdidas.
El mañana no estaba escrito, y el pasado era ya una brisa leve que no movía ni velas ni bajeles.
Le quedaba sólo aquel rincón de realidad: ese patio, aquella mujer, sus hijos, sus amigos, todo lo que de veras contaba.
Cálido como el fuego, frágil como el cristal.
Por eso respiró hondo y, en lugar de decir palabra, alzó la mano y le acarició la mejilla.
Sus manos —y su voluntad— eran cuanto tenía para resguardar aquel instante de luz frente a la vasta incertidumbre de la vida.