XXIX #5
El Relief fue declarado «buena presa».
—Buena presa, pero mal barco —comentó Laiseca.
Gabriel estuvo de acuerdo con su maestre, por una vez, y decidió deshacerse de él y subastarlo. Las ganancias las compartió con la dotación que tan buenos servicios le había prestado a lo largo de aquella campaña.
El reencuentro con su familia fue emotivo. Todos lamentaron la muerte de Yabama, a cuyas extrañas costumbres se habían ido acostumbrando, y la desaparición de Isabel, cuyo paradero suscitó todo tipo de especulaciones.
—Al menos, sabemos que no ha muerto —resumió su primo.
Cuando estuvo a solas con Gabriel, Marcia le besó la mano con una ternura y calidez que lo decían todo.
—Tu hijo será mi hijo —le aseguró entre lágrimas.
Su embarazo parecía haber estado esperando el arribo de Gabriel para llegar a término. El parto fue difícil, pero feliz. Tras varias horas de sufrimiento, la mujer dio a luz una niña que pesó sus buenas siete libras.
—La llamaremos Isabel —dijo el flamante padre.
—No me gusta que se repitan los nombres en la familia —respondió ella—. Después uno no sabe a quién está llamando. Prefiero llamarla Teresa.
—¿Por qué Teresa?
—Es un nombre que siempre me ha gustado. ¿Te alegras de que haya sido niña?
—Me alegro tanto como lo temo. Si sale a ti, no sé cómo podré lidiar con las dos.
Marcia le lanzó una almohada a la cabeza. Su marido podía ser muy tonto cuando se lo proponía.
San cho del Puerto les ofreció un ala de su morada para que vivieran en ella, pero Gabriel no quiso aceptarlo. Tenía intención de trasladarse a la Pescadería en cuanto la casa estuviera en condiciones de ser habitada. Los daños durante la ocupación inglesa no habían sido tan severos.
—Aquí hay espacio suficiente para dos familias —insistió Sancho—. Además, cuando se concrete lo de Lisboa, tendréis que trasladaros allá.
Gabriel dudaba en conseguir algún día autorización para establecer aquella delegación comercial, pero veía tan ilusionado a su tío que no quiso desengañarlo.
—Vos lleváis aquí toda la vida —le respondió—. La ciudad vieja es la ciudad de la raigambre, de las familias de rancio abolengo. Y mira al pasado. La Pescadería, en cambio, mira hacia el futuro.
—¿Me estás llamando viejo?
—Dios me libre, tío.
La Coruña comenzaba a reponerse de los estragos del asedio.
Las puertas se destapiaron y los lienzos y torreones de la muralla se repararon gradualmente.
Se concluyeron las obras del castillo de San Antón, se proyectó un nuevo fuerte al otro lado de la bahía y una batería en Oza.
El puerto recobraba lentamente su actividad: en lugar de buques erizados de cañones, se llenaba con mercantes venidos de distintas partes de la península y de Europa, siempre al albur de los vaivenes de la guerra.
Los pescadores y pequeños armadores, cuyas naves habían sido pasto de las llamas, fueron los que enfrentaron una recuperación más difícil.
Los vecinos de la Pescadería iban reconstruyendo sus hogares con tesón y diligencia, sin depositar demasiadas esperanzas en la ayuda que las hermandades y cofradías habían solicitado al obispo de Santiago y al rey don Felipe.
La alegría por el retorno de Gabriel y el advenimiento de Teresa se veía empañada por los cargos que aún pesaban sobre Marcia.
Pese a las gestiones de Sancho ante el marqués de Cerralbo, las de Froilán con el oidor Luis de Padilla, a cuyo lado había combatido durante el asedio, y al apoyo incondicional de María Mayor Fernández da Cámara y Pita, flamante heroína de la villa, que estaba dispuesta a jurar sobre los evangelios su inocencia, el proceso seguía abierto, a la espera de que se dictaminase la sentencia definitiva.
Descartado Luján e interrogada Genara, que se conocía la vida y milagros de todo el vecindario, a Marcia no se le ocurría quién podía haberla denunciado.
—Ni lo sabré —le dijo a Gabriel—, mientras la justicia no acceda a revelar su nombre.
Pero se equivocaba.
Martín Robledo se presentó en la Pescadería una fresca mañana en la que Gabriel ayudaba a unos peones de albañil a limpiar de escombros el corral de la casa.
—Ya no t e acuerdas de los amigos —le espetó de golpe, fiel a su estilo. Estaba más seco y renqueante que nunca.
—Eso mismo digo yo. Acabo de ser padre y aún no me has felicitado.
—Esta jodida pierna me tiene encerrado en la fragua —se excusó Martín.
—Las viejas heridas, que nunca terminan de sanar.
Después de renegar un rato de la fragua, de su ayudante y de las autoridades, y de contarle que se había pasado antes a conocer a su hija y a darle la enhorabuena a la feliz madre, el herrero se removió inquieto, miró a los lados, para ver si alguien los escuchaba, y le preguntó por el proceso contra Marcia.
—¿Se puede saber qué te pasa, herrero del diablo?
—Nada, condenado corsario.
—¿Entonces?
—Entonces, entonces. El asunto es delicado. —Martín volvió a toser—. Mi esposa es una mujer muy suya, algo huraña y desconfiada
—No hace falta que lo jures.
—Pero es buena.
—A su manera.
Luego de unos cuantos circunloquios, y no pocas toses, su amigo le reveló que había sido Antoñita quien señaló a Marcia.
—Algunos comentarios y quejas suyas me hicieron recelar.
—¿Qué quejas? —quiso saber un boquiabierto Gabriel.
—De las suyas: sobre los extranjeros, sobre los enemigos soterrados, sobre el mal que nos causaban y lo mucho que nos confiábamos.
Antonia protesta por casi todo y yo no le hago mucho caso.
Si no, la vida podría volverse un infierno.
Pero un día incluyó también a Marcia, y eso confirmó mis sospechas.
—¿Qué dijo de ella?
—No quieras saberlo, Gabriel. El caso es que me decidí a enfrentarla.
—Menos mal.
—Después de una discusión que casi me cuesta el matrimonio, logré que confesara que había denunciado a Marcia. —Martín hizo un alto para tomar aire.
—Tú no tienes una mujer, sino una arpía —lo cortó Gabriel.
Martín tragó grueso. Por muy amigo suyo que fuera Gabriel, más le valía que midiera sus palabras.
—Cuidado, que estás hablando de mi señora esposa.
—Porque es tu señora me contengo, Martín —replicó Gabriel—. Le ha hecho pasar a Marcia, y a toda mi familia, muy malos ratos. Y nos ha obligado a pedirle, y deberle, a Cerralbo un favor que se cobrará cuando mejor le convenga, no te quepa duda.
Agachó el herrero la cabeza ante aquella ristra de verdades. La sincera contrición de aquel hizo que Gabriel se diera por satisfecho. ¿Qué culpa tenía el hombre de tener la mujer que tenía?
—En fin, pelillos a la mar —prosiguió, entre enfadado y divertido—. Y después de que te lo confesara, ¿qué hiciste?
—Le afeé su conducta, como podrás suponer, le exigí que escribiera una carta retirando la acusación y la acompañé a casa del oidor Padilla para que se la entregara en propia mano.