La derrota del dragón XXIX #4
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XXIX #4

Los sentimientos de Duarte seguían siendo los mismos, si no se habían intensificado, y verla marchar, perderla para siempre, lo atormentaba. Pero nobleza obligaba, y, tras mucho buscar y negociar, contrató pasaje en una nao portuguesa que se dirigía hacia el Cantábrico.

Isabel aguardaba con impaciencia el momento de partir, de reencontrarse con los suyos —en especial con su hijo Santiago, a quien no había apartado de su pensamiento ni un solo día— y de volver a la rutina apacible del beaterío de Santa Bárbara.

El porvenir se le antojaba halagüeño. Sin embargo, las bondades de aquella ciudad donde la habían acogido con tanta amabilidad, y la natural inercia a todo cambio, hacían que una parte de su corazón se resistiera a marcharse.

La primavera se despedía entre brisas suaves y tardes eternas, con la misma placidez con que discurría la corriente del Tajo.

Duarte le compró, para el viaje, un hermoso vestido con verdugados que se llevó la mitad de los atrasos que le habían satisfecho.

—No era necesario, Duarte —le dijo Isabel. La confianza entre ambos le permitía ya tratarlo por su nombre.

—Me place que lo tengáis. Consideradlo un obsequio de despedida.

—¿Cuándo será la partida? —preguntó ella con viveza.

La repentina calidez que percibió en su voz hizo que a Duarte se le acelerase el pulso.

—Vuestro barco zarpará pasado mañana, con la primera marea. O eso me ha asegurado el capitán.

—¿Y vos?

—Buscaré plaza en el tercio de Francisco de Toledo. O quizá me marche a Santander, a sumarme a una nueva armada.

—En todo caso, os espera la guerra.

—Es el destino del soldado.

—El capitán de la nao ¿es de fiar?

—Estimo que sí. ¿Qué os inquieta? —Duarte la notó extraña.

—Volver a embarcarme. Otra vez entre hombres desconocidos. Una mujer sola…

—No os preocupéis. Me he asegurado de que no seáis la única dama a bordo.

—El mar siempre me ha causado temor.

—Puedo enseñaros la nao y presentaros al capitán, si eso os tranquiliza. ¿Qué decís?

—Que me place la idea.

—¿Mañana?

—Mañana.

Tras despedirse de Isabel, Duarte fue al encuentro de Tiago, a quien halló muy cambiado.

El joven le contó los combates en que había tomado parte durante el cerco de Lisboa.

Aunque su bandera permaneció la mayor parte del tiempo dentro del recinto amurallado, cuando el ejército de Norris emprendió la retirada lo persiguieron hasta Oeiras.

También le refirió la ventaja que le habían concedido por haber desbaratado un intento de traición.

—Gracias a un aviso de mi primo Mateo —explicó con orgullo—, logramos impedir que el capitán de mi compañía franqueara las puertas al enemigo.

—¿Y qué fue del capitán?

—Lo arrestaron —respondió Tiago—, pero juró ante los Evangelios que jamás tuvo intención de dejar pasar a los enemigos y la cosa se zanjó con una dispensa del servicio.

—Entonces os habéis ganado un enemigo.

—¿Y en qué consiste nuestro oficio sino en enfrentar enemigos? —le respondió el joven con presteza.

Al día siguiente, Duarte recogió a Isabel y la acompañó a los muelles.

La tarde, calurosa, no invitaba a esfuerzos.

Pero la frescura del río mitigaba el bochorno.

Un barquero los llevó hasta la nao, fondeada aguas arriba.

El capitán no se hallaba a bordo, y el maestre les enseñó las cubiertas y la cabina que Isabel compartiría con la familia de un escribano que viajaba a Santiago de Compostela.

El espacio era escaso, pero la travesía se preveía breve.

—Si el viento acompaña, en dos días estaremos en La Coruña.

—¿Y si no acompaña? —preguntó Isabel.

—¿Quién sabe, señora? La mar es caprichosa.

—Ese es el problema.

El maestre se comprometió a enviarle el esquife al muelle del carbón.

—Estad allí a la salida del sol, que la marea no espera.

De vuelta a tierra, recorrieron la ribera con pasos lentos, como si ambos quisieran saborear aquellos últimos momentos.

—¿No os agota la vida militar? —preguntó de pronto Isabel—. En el tiempo que he pasado a vuestro lado, he podido hacerme una idea de lo dura que es. Cambiar constantemente de campamento, comer a salto de mata, arriesgar la vida a cada paso. Sin afectos estables…

—Es una vida dura, como bien decís —respondió Duarte—, aunque uno se acostumbra.

—¿Y no imagináis otra?

La pregunta lo detuvo en seco. Isabel también se detuvo, se volvió hacia él y le sonrió.

—¿Qué os ocurre? ¿Os encontráis mal?

Duarte comprendió que había llegado su última oportunidad.

Que perdería a Isabel si le mostraba sus sentimientos, pero también si los callaba.

Temía hablar, le asustaba escuchar sus palabras y su rechazo, un rechazo del que le costaría rehacerse, bien lo sabía, como también sabía, con una lucidez meridiana, que sólo había una forma de no perderla.

—Claro que la imagino, Isabel. Y sueño con ella, con otra vida.

—¿Qué tipo de vida?

Duarte contuvo la respuesta unos instantes.

—Una vida al lado de la mujer que quiero. —Ya estaba dicho.

Isabel guardó silencio. Se hallaban cerca de la puerta de Santa Catalina, muy concurrida.

A su lado pasaban aguadoras con los cántaros sobre los rodetes, arrieros que guiaban las acémilas, pescadores cargando nasas, soldados, criados con libreas, familias paseando con la fresca, mozas de partido, alcoholadas y provocativas, alguna silla de manos, algún jinete.

—Parece un proyecto hermoso, si ella os quisiera.

—Tengo miedo de preguntárselo.

—¿Un soldado como vos? —dijo Isabel con ligereza.

—Un soldado como yo —repitió él, con un hilo de esperanza.

—Habéis sobrevivido a la batalla, al naufragio, al más terrible de los cautiverios. Marchasteis entre vuestros enemigos, respetasteis a una prisionera, salvasteis su honor arriesgando vuestra vida. ¿Y os da miedo hacer una pregunta?

—¿Creéis que tengo alguna posibilidad?

—Tendréis que hacer la prueba.

Duarte tomó aire. ¿En verdad lo quería, o jugaba con sus sentimientos? ¿Podía alguien ser tan cruel?

—¿Qué clase de trampa me estáis tendiendo?

—Amor que no arriesga no merece su nombre, señor Salazar.

—Isabel —dijo.

—No tengo todo el tiempo del mundo.

—Isabel —repitió.

—Vais a desgastarme el nombre.

—¿Querréis casaros conmigo?

—¿Por qué?

La pregunta lo desconcertó. Ya había lanzado los dados y sólo aguardaba la sentencia: un sí o un no, rápido, como un disparo. Pero aquellas preguntas prolongaban el suplicio.

—Porque os amo, Isabel, como nunca he amado a nadie.

Porque os tengo siempre en el pensamiento, cuando hablo, cuando camino, cuando trabajo, cuando descanso, cuando combato y cuando huyo; porque veo vuestro rostro en todos los rostros, en todos los momentos: si cierro los ojos, si los tengo abiertos, si velo, si duermo o si sueño.

Porque me hacéis sentirme príncipe y villano, desprendido y miserable, dudoso y confiado, humilde y altivo, rendido a veces, a veces temerario, desenvuelto, vergonzoso.

Y confundo por vos el día con la noche, el pesar con la alegría, la ventaja con el quebranto.

Porque no tendré paz, Isabel, ni sosiego ni reposo hasta que no me digáis de una dichosa, o de una condenada vez, si mis sentimientos son correspondidos.

—Basta, basta, caballero. Parecéis un clérigo en una boda —rio Isabel.

Una risa que a Duarte le supo a gloria. A voluntad que cede, a corazón que aprueba. Aun así, necesitaba oírselo.

—Entonces… ¿me aceptáis?

—Os acepto. Pero soy una mujer recién enviudada y necesito un tiempo de luto.

—Tomaos todo el que necesitéis.

—Lo tomaré. Mas no será eterno.

—Eso espero. ¿Me permitís besaros?

—No —dijo ella con firmeza—. Es decir, aquí no. Me haríais parecer una meretriz.

Miró Isabel a su alrededor. Aunque el trajín había disminuido, seguía siendo abundante: regateras, vendedores, lacayos, marineros.

—Y ahora, señor Salazar, ¿vendréis por fin conmigo a La Coruña?

—¡Oh, cielos! —se lamentó Duarte—. ¿Todo este lío era sólo para hacer que os acompañara?

—No, bobo. Ha sido porque también yo os quiero. No lo supe hasta hace poco. Aunque, en realidad, eso no es exacto. Lo sabía desde antes, sólo que el enojo por que me hubieseis capturado …

—¡Pero si no he dejado de protegeros!

—La inquina que, injustamente, os dediqué —continuó ella—, y las desventuras de la guerra, y mis propios temores no me permitían verlo. Hasta que vuestra gentileza, vuestro coraje y vuestro ingenio me abrieron los ojos.

Más adelante, cuando se extendieron las sombras, en un recodo de la calleja que conducía a la casa de los Queiroz, le permitió Isabel que la besara.

Y aquel soldado de ventura, aquel náufrago, prisionero, reo, fugado, perjuro, huido, le recorrió el rostro a besos, los ojos, las mejillas, la boca, la barbilla, las orejas y nuevamente la boca hasta que Isabel protestó y lo apartó sofocada.

—Tendréis que raparos esa barba de salvaje si queréis volver a probar mis labios.

—Tendré que hacerlo —respondió él antes de reemprender el paseo.

La repentina decisión de Duarte de acompañar a Isabel hasta La Coruña sorprendió a Natalia y a Filipe. Incluso a Tiago. Branca, en cambio, sonrió con picardía cuando Isabel se lo confesó aquella noche.

—Lo conocíais bien, ¿verdad?

—Vivió unos años con mi madre —dijo Branca, más seria—, hasta que murió. Ella lo quiso mucho. Y yo también —añadió.

Isabel no se sorprendió. Algún vínculo profundo debía de unirlo con la familia Queiroz.

—No somos niños, Branca. Ninguno de los dos —respondió—. La vida nos ha dejado cicatrices profundas.

—Y jugosas historias.

—También.

Isabel sonrió. La travesía a La Coruña prometía ser pródiga en revelaciones.

4

La Coruña

La Portuguesa arribó a La Coruña tras batallar contra unos incómodos nortes que dificultaron la travesía.

Gabriel entregó los cautivos del Relief al marqués de Cerralbo, que los cargó de cadenas y los mandó a prisión.

Los portugueses serían devueltos al cabo de unos meses a su tierra.

Los ingleses, en cambio, servirían para rescatar a los náufragos de la Gran Armada que aún perma necían en las prisiones de Irlanda, Inglaterra y Flandes.