XXIX #3
—Así tiene que ser.
Gabriel no entendía aquella petición, pero no podía rehusarse. Se levantó, tomó a Gardiner por el pelo, lo miró a los ojos y con una puñalada certera acabó con su vida.
García se allegó junto a su madre.
—Madre —dijo. Su madre le dedicó una sonrisa gastada y le acarició la mejilla, dibujando en ella un rastro rojizo y húmedo.
—Sé fuerte, hijo —le dijo Gabriel—. Ve a la fragata y dile al barbero que se prepare. Vamos a llevarla a la cámara.
El chico salió disparado, y Gabriel trató de alzar a Yabama en vilo, pero ella gimió, negó con la cabeza y le suplicó que la dejara.
—No hay esperanza —murmuró.
—Siempre la hay —respondió él.
Y, sin atender protestas ni ruegos, la cogió en brazos. Mahagüini soltó el arcabuz con que había derribado a Michael y lo ayudó a franquear las bordas y transportarla hasta la cámara de popa. El barbero, al verla, frunció el ceño.
—No me gusta —masculló.
Laiseca irrumpió en la cámara con el anuncio de que el navío inglés había terminado la virada y se dirigía hacia ellos. Gabriel juró por lo bajo.
—El peligro no ha pasado —insistió Laiseca.
Tenía razón. Aunque el alma se le desgarrase, debía pensar como capitán.
—Aguanta, mujer, aguanta —le dijo a Yabama.
Ella quiso aferrarse a su mano, pero los músculos apenas le respondían y el gesto se quedó en una caricia.
Gabriel le pasó los dedos por las líneas de las cejas, la besó en la frente y salió a cubierta.
A la luz moribunda del crepúsculo, vio que el barco inglés, tratando de alejarse de la isla Norte, se abría con dificultad hacia barlovento.
—No viene contra nosotros, Pascual.
—¿Cómo que no?
—Fíjate bien. Intentan ganar el viento para entrar en la ría.
—No sé yo…
Pero Gabriel estaba bastante seguro. En todo caso, había que moverse. El enemigo merodeaba por todas partes. Ordenó a Ballesteros que se pasara al Relief con la tripulación de presa. Había que retirar los garfios, cazar escotas y salir de allí.
—Seguimos en zafarrancho —avisó a sus hombres.
—¿A dónde vamos? —preguntó Laiseca.
—A La Coruña. Ya es hora de volver a casa.
Tal como había predicho Gabriel, el navío inglés acabó por dar un rodeo y embocar la ría de Vigo. En su aproximación llegó a situarse a tres cables, lo bastante cerca para soltar una andanada inofensiva. No buscaban el combate.
Gabriel volvió junto a Yabama, que yacía inmóvil sobre el jergón, con los ojos cerrados y la respiración muy tenue.
El barbero había detenido la sangría y le había vendado el pecho.
Gabriel le cogió la mano. Estaba flácida, no respondía a su contacto ni le devolvía la presión.
Al cerrar la noche prendió una bujía, que se balanceaba con el movimiento de la nave.
A su luz, la piel se veía descolorida, sin lustre.
Así pasaron varias horas. El viento soplaba con furia, la Portuguesa cortaba las olas, incansable, en su viaje hacia el norte. Y Yabama no mejoraba. Gabriel unió las manos y rezó por ella. Pero la muerte era sorda a ruegos, llantos ni razones.
Antes de fallecer, se despejó.
—¿L’Avide?
—Aquí estoy, mujer.
Yabama giró la cabeza hacia él, o más bien la dejó caer en su dirección. En sus ojos castaños brilló una chispa de reconocimiento.
—No abandones a mi hijo. —La voz era poco más que un susurro.
Gabriel asintió. Ella continuó mirándolo en silencio. Sus labios se movían en lo que parecía una plegaria.
—Madre —exclamó. Abrió mucho los ojos, dio un suspiro profundo y la muerte la sorprendió en mitad de un parpadeo. Las pupilas se volvieron opacas y el rostro se paralizó. Tenía una expresión embelesada, como una santa ante una revelación.
Gabriel no quiso llevar su cuerpo a La Coruña, ni confiarlo al huerto recogido de un convento ni a la tierra anónima de un camposanto.
Ignoraba cuál habría sido su deseo, pero le desagradaba imaginarla bajo una losa fría en una ciudad extraña.
Yabama había sido una mujer pirata, hecha al mar y a sus azares, había vivido de él y en él era donde debía hallar reposo.
Mandó botar el esquife. Lo cargaron con leña seca, bien embreada, y sobre aquel lecho dispusieron el cuerpo envuelto en una lona. No hubo salmos ni oraciones.
Gabriel tomó una antorcha, vaciló un instante —apenas un pensamiento— y acercó la llama. La brea prendió y el fuego creció, rojo y dorado, trepando por la madera. Cuando la pira ardía con firmeza, cortó el cabo que unía el esquife a la fragata y lo dejó a merced de la corriente.
El fuego refulgía en la oscuridad como un faro encendido. Durante un largo trecho se distinguió su resplandor, avivado por el viento. Después se desdibujó con la bruma, se convirtió en un puntito incandescente y se perdió en la noche.
3
Lisboa
Duarte llevó a Isabel con los Queiroz.
La familia no tuvo reparo en acogerla en su casa, que habían recuperado casi intacta tras la marcha del ejército de Norris.
Hacía más de un año que Duarte no los veía, y Natalia lo puso al tanto, entre muchas otras novedades, del matrimonio de Branca con un oficial español que convalecía de una grave herida en el hospital de Todos los Santos.
—Habríamos preferido casarla con un ricohombre de la Baixa —comentó la mujer—, pero su tío estaba comprometido con el Prior, y fue arrestado y ejecutado. Así que, al fin, el matrimonio no ha resultado tan desventajoso.
El cambio de parecer de los Queiroz permitió a Branca regresar a casa mientras su esposo se recuperaba.
El reencuentro con Duarte fue mejor de lo que este había anticipado.
La muchacha se había espabilado, y aunque al principio se mostró algo azorada, pronto lo superó y lo trató con la naturalidad, y hasta la complicidad, de viejos amigos.
Branca hizo buenas migas con Isabel, pese a la diferencia de edad. Con su buen ánimo y su alegría contagiosa, la entretenía y la hacía sentirse como en casa, le contaba chismes locales, anécdotas de regatera y le preguntaba, a su vez, detalles sobre la vida de casada.
—Porque vos estuvisteis casada, ¿verdad?
—Lo estuve —respondió Isabel—. Pero ahora la casada sois vos.
—Cierto —reconoció, con un deje soñador.
—Espero que vuestro alférez se reponga pronto.
—Se repone, que no es poco.
Duarte no había olvidado la promesa de buscarle un navío que la devolviese a La Coruña. Pero, con la diáspora de la Contra Armada y la consiguiente inseguridad de las rutas navales, consideró prudente dejar pasar un tiempo. Un tiempo que aprovechó para cumplir otra promesa.
Una mañana se presentó en el castillo de San Jorge con la intención de hablar con el conde de Fuentes, ardua tarea en la que perdió dos completos e infructuosos días. Mas al fin, tras varias gestiones con oficiales y secretarios, consiguió ser recibido por el maestre de campo Francisco de Toledo.
—Os recibo en honor a nuestra mutua participación en la jornada de Inglaterra —le dijo el maestre.
El militar había navegado en el galeón San Felipe, que, desarbolado y sin gobierno, llegó a las costas de Flandes y fue capturado por los rebeldes holandeses.
Por fortuna, el maestre y unos cuantos soldados pudieron embarcar en un bote y ponerse a salvo en Nieupoort, donde fueron acogidos por Alejandro de Farnesio.
Más adelante retornó a España para hacerse cargo de uno de los tercios estacionados en Lisboa.
—Agradezco a vuestra señoría la deferencia.
Don Francisco cabeceó y Duarte le explicó la larga odisea vivida desde que la Santa Bárbara naufragó en Irlanda hasta su regreso a Lisboa.
—Toda una aventura —comentó el maestre cuando hubo terminado, y se ofreció a mediar con el conde de Fuentes.
—En realidad, nada deseo para mí —prosiguió Duarte—. El motivo de esta entrevista es trasladaros el mensaje que uno de los nobles irlandeses me entregó para Su Majestad, y que me vi obligado a destruir al caer en manos de los ingleses.
Y a continuación le refirió el contenido de la carta de Richard Tyrrell, señor de Fartullagh.
Francisco de Toledo se mesó la barba, muy negra pese a su edad.
—Una lástima que se perdiera —se lamentó—. Las palabras, como sabéis, se las lleva el viento, por eso os ruego que pongáis por escrito lo que me habéis contado, señor Salazar, que yo me comprometo a hacérselo llegar a Su Majestad, o a alguno de sus consejeros, con una nota mía.
Duarte le aseguró que la redactaría sin demora.
—Entregádsela a mi secretario cuando esté lista —dijo Toledo, antes de cambiar de tema—. ¿Sargento, habéis dicho?
—Así es, señoría. Fui asistente de don Álvaro de Bazán, y después del duque de Medina Sidonia, a bordo del San Martín.
Silbó Francisco de Toledo.
—Con vuestra hoja de servicios no me importaría incorporaros en alguna de mis compañías. Necesito hombres capaces.
Duarte agradeció la oferta, pero necesitaba tiempo para resolver unos asuntos personales que lo retenían en Lisboa y pensar en su futuro.
—Sea como decís —asintió el maestre—. Ya sabéis dónde encontrarme.
Antes de despedirlo, le entregó un billete para el pagador, con la indicación de que se le abonase un anticipo por las soldadas devengadas durante su ausencia.
—Aunque prisionero, no habéis dejado de servir al rey —le recordó.
Duarte le dio algunas vueltas a la invitación del maestre, sin terminar de decidirse.
Llegaron entonces a Lisboa noticias de la retirada definitiva de la Contra Armada.
Era hora de buscarle a Isabel un barco que la devolviese con los suyos, una tarea que había demorado más de la cuenta a causa de la inseguridad, pero lo cierto era que no deseaba separarse de ella.
En aquellos días la había visto a menudo. Gracias a la comida abundante, al sosiego del hogar de los Queiroz y a la buena compañía, Isabel se recuperó con rapidez de los estragos sufridos. Branca le prestó alguna ropa para sustituir las suyas, viejas y deslucidas, y el cambio fue asombroso.