La derrota del dragón XXIX #2
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XXIX #2

Gabriel reparó en los moratones que cubrían su rostro, en los labios partidos, el ojo semicerrado, el cuello con huellas violáceas. La ropa desgarrada, los antebrazos lacerados. ¿Qué clase de animal había hecho aquello? El gesto se le ensombreció.

—¿Dónde está mi hermana?

Yabama se quedó quieta. Sus dedos detuvieron la caricia y parecieron encogerse.

—Desembarcó en Peniche —dijo, con un hilo de voz. Y, al ver cómo se crispaban las mandíbulas de su hombre, se apresuró a añadir—: Está en buenas manos. Un soldado la sacó del barco, antes de que Michael pudiera hacerle daño.

—¿Qué soldado? ¿Qué Michael? —Gabriel no entendía nada.

Desde la cubierta llegaban sonidos cada vez más lejanos: algún tiro aislado, el entrechocar de aceros, voces roncas, indistinguibles, en varios idiomas.

—Michael Gardiner es el armador del barco —aclaró Yabama—. Esta es su cámara.

Laiseca dio al fin con el perno de las esposas y le liberó las manos. Bajo los grilletes, la carne estaba despellejada y asomaba el hueso blanquecino.

—¿Él te hizo esto? —preguntó Gabriel.

Yabama asintió con un leve movimiento de cabeza y Gabriel la tomó del brazo y tiró de ella hacia la claridad del combés.

La pelea había cesado. Mahagüini, dueño ya de la situación, había reunido junto al palo mayor a la docena larga de enemigos que aún seguían con vida.

Dos hombres recogían los cadáveres y los arrojaban sin ceremonia por la borda.

El mar los tragaba con un fúnebre chapoteo.

—La mitad son portugueses —anunció Mahagüini.

2

Islas Cíes

La tarde avanzaba. Pasó una nube más oscura, cargada de agua, que dejó caer un chaparrón antes de alejarse hacia la costa. Los ve ncidos estaban agotados, mojados, con la ropa sucia y las caras cubiertas de sangre, pero Gabriel no sintió ninguna lástima.

—¿Quién de vosotros es Michael Gardiner? —preguntó.

Los prisioneros se miraron unos a otros. Silencio. Gabriel repitió la pregunta en voz más alta, con el mismo resultado. Al fin se animó a hablar un hombre fornido, de barba recia.

—No está aquí. O ha saltado por la borda o se ha escondido en la bodega.

—No sabe nadar —apuntó otro, más joven.

La mención del salto desvió todas las miradas hacia tierra. La fuerza de las olas y la fuerte resaca hacían muy peligrosa aquella costa, pero dos hombres la habían alcanzado y trepaban por las peñas.

—¿Es alguno de esos? —preguntó Gabriel.

—No lo parece —respondió el de la barba recia.

—¿Quién sois vos?

—Diego Hernandes, cabo de estos soldados. Ella puede confirmarlo.

Gabriel miró a Yabama, que asintió. Laiseca le había echado una manta por los hombros, para cubrir sus harapos. La claridad gris de la tarde permitía apreciar los estragos en su cuerpo.

—El cabo sabe dónde está Isabel. —La voz de Yabama sonó más firme.

Hernandes fue a responder cuando Mahagüini lo cortó:

—¿Qué hacemos con estos hombres? —Sostenía en los brazos el arcabuz con la mecha encendida.

Gabriel se obligó a distanciarse del torbellino de nombres, heridas y preguntas y pensar con frialdad. No tenía ganas de cargar con los prisioneros, pero tampoco podía soltarlos.

—Los llevaremos a la fragata.

—¿Y el Relief?

Gabriel sonrió.

—Será nuestro botín.

Ordenó a cuatro hombres que registraran la bodega en busca del armador. A Mahagüini le encargó que organizase el traslado de los prisioneros, y a Laiseca que buscara una tripulación de presa y preparara la maniobra de separación. La armada inglesa estaba demasiado cerca para confiarse.

—Y ahora, señor Hernandes, podéis decirme dónde y con quién está Isabel.

El portugués sabía que sus próximas palabras podrían librarlo o condenarlo, y se esmeró en poner a Gabriel en antecedentes. Con voz baja, fue hilando la historia: la fuga irlandesa, la captura, el juramento de servir bajo las banderas del Prior y, por último, lo ocurrido con Isabel y Duarte.

—Cuando íbamos a reembarcar, huyeron juntos hacia Lisboa —concluyó.

—Mucha amabilidad para una prisionera, ¿no os parece?

Hernandes se encogió de hombros.

—¿Duarte, habéis dicho?

—Duarte Salazar.

—Es un buen hombre —susurró Yabama.

En ese instante, García saltó desde la fragata a la cubierta del Relief y corrió hacia ellos. Al ver a su madre, se detuvo de golpe.

—Madre —dijo.

—¡Hijo! ¡Oh, hijo! —Yabama fue a su encuentro y se agachó para abrazarlo.

El muchacho, aún sin habla, le pasó los dedos por el rostro maltrecho, con un gesto que no era de niño. El barco dio un bandazo. Madre e hijo sonreían, aferrados a un cabo, junto a la borda de babor. El viento soplaba con fuerza y agitaba la manta de Yabama como una bandera.

Mahagüini se aproximó a Gabriel, lo tocó en el hombro y señaló hacia el extremo de la isla Norte:

—El bajel que acompañaba al Relief.

Aquel barco había superado las Cíes por sotavento y ahora maniobraba para virar contra el viento. Tardaría lo suyo en conseguirlo.

Dos marineros sacaron de la cámara de popa un pesado arcón que depositaron a los pies de Gabriel.

—Abridlo —les dijo su capitán.

Uno de ellos hizo saltar el candado con la culata del arcabuz y levantó la tapa. Mahagüini alzó las cejas al contemplar la cantidad de objetos de plata y oro que había en él.

—Buen pillaje hicieron estos —comentó Gabriel—. Llevadlo a la fragata y que el señor maestre se haga cargo.

Los marineros se dieron prisa en obedecer. De la bodega subían voces, rumor de pasos y ruidos de arrastrar cajas y tumbar bultos. Un hombre asomó por la escotilla y se encaminó con tranquilidad a la tolda.

—Eh, deteneos —le ordenó Gabriel.

El hombre, descubierto, dio la vuelta y corrió hacia la escala que subía a la cubierta del alcázar.

—Es Michael —avisó Yabama con voz aguda.

Michael, al oírla, cambió nuevamente de dirección y se abalanzó sobre ella. Con el brazo izquierdo la rodeó por la cintura; con el derecho le apretó un afilado cuchillo contra el cuello. Su movimiento fue tan rápido que nadie tuvo tiempo de impedírselo.

—Apártate, García —dijo Yabama, serena.

El niño retrocedió unos pasos y quedó en mitad del combés.

—Dejad ese cuchillo —dijo Gabriel, contagiado por la calma de ella.

El hombre negó con la cabeza.

—No os acerquéis. Botad el esquife y apartaos. Cuando esté lejos, la soltaré.

—¿Y si no lo hacemos?

—La mataré.

—Mátala de una vez —replicó Gabriel con frialdad—. Esa mujer me importa un comino.

Gardiner dudó un instante, pero una sonrisa le barrió las dudas.

—Sé que te importa —dijo—. Y también el chico.

Gabriel alzó las manos con las palmas hacia arriba, como un niño pillado en una travesura. Temía que Gardiner cumpliera la amenaza. Un hombre acorralado era tan imprevisible como una bestia. Y no quería arriesgar la vida de Yabama.

El sol acababa de ocultarse. En la isla, los dos hombres que habían logrado escapar alcanzaron una cresta y se perdieron tras ella. Gabriel se desprendió del sable. Luego, con la mano izquierda, desenvainó la daga. Mahagüini se apartó hacia un lado.

—Atiende, Gardiner. Eres el armador de este buque y nada tengo contra ti.

Le mostró la daga y también la dejó caer. Gabriel dio dos pasos hacia delante, hasta colocarse junto a García. Lo tomó del brazo y lo colocó detrás de sí.

—Ve con el señor Martínez.

Cuando el niño se hizo a un lado, avanzó otro paso.

—No puedo permitir que te vayas, pero si la sueltas, te prometo un trato justo.

—Le hablaba en inglés, para asegurarse de que lo entendiera—.

Te llevaré a La Coruña, te pondré bajo custodia en una casa particular y negociaremos un rescate hacedero.

En cambio, si la matas… ¡Ah!, si la matas, añorarás el infierno.

Michael parecía hechizado por la voz de Gabriel, como una víbora ante la chirimía de un encantador.

—¿Qué garantías tengo? —preguntó.

—Mi palabra. —Gabriel quiso mostrarse firme y a la vez cordial.

—No le prometas nada a este bastardo —le advirtió Yabama. La voz baja, helada—. Está condenado.

—¿Me lo juras? —insistió el armador, con un destello de esperanza.

Gabriel asintió.

—Maquetaire lo espera en los corredores oscuros. —Los ojos de ella buscaron con furia los de Gabriel—. Tiene que morir.

Michael no comprendió lo que decía Yabama, pero se tensó y la apretó más fuerte.

—Lo juro —repitió Gabriel, despacio—. Nada te ocurrirá… si la dejas vivir.

Se hizo un silencio pesado. El viento hacía restallar la jarcia y flamear las velas sueltas.

Los cascos entrechocaban con el balanceo y las olas rompían con fuerza contra las peñas.

Gardiner vacilaba. Había una salida, pero pasaba por fiarse de aquel hombre.

El filo del cuchillo temblaba sobre la piel de Yabama.

Ella ladeó la cabeza, como si fuera a apoyar la mejilla en el brazo de su captor.

El gesto tenía una ternura extraña, casi incongruente.

Y entonces, con una rapidez inesperada, se volvió y le mordió la mano con todas sus fuerzas.

—¡Puta! —rugió Gardiner, y el instinto reflejo le hizo apartar el cuchillo.

Yabama se deshizo de su abrazo, dejó caer la manta y dio una zancada hacia Gabriel. El armador alargó con velocidad el brazo izquierdo, como el ataque de una serpiente, e hizo presa en la saya. Tiró con fuerza hacia sí, la hizo rotar y le descargó una puñalada en el pecho.

—¡Nooo! —gritó Gabriel, y se agachó para recuperar su daga. Pero el estampido seco de un disparo retumbó a su espalda.

Gardiner abrió los ojos con asombro, como si no comprendiera, dio un paso adelante, otro más, se tambaleó y cayó de rodillas sobre las tablas, con un agujero en las tripas. Intentó levantarse, pero sus fuerzas le fallaron y se desplomó de lado junto al cabillero del árbol mayor.

Gabriel corrió hacia Yabama, que estaba sentada, recostada contra la borda. La sangre, espesa y negra, le empapaba la saya y se escurría entre los dedos. Se acuclilló, le sostuvo la cabeza y le apartó los cabellos del rostro.

—¿Ha muerto el gran bastardo? —preguntó ella con un hilo de voz.

Gabriel giró la cabeza. El cuerpo de Gardiner temblaba con los últimos estertores de la vida.

—Está en ello —respondió.

—Remátalo —le pidió Yabama con voz débil, pero firme.

—¿Por qué?